
Cristóbal Colón, después de su cuarto viaje, terminó de componer, con la ayuda de su amigo fray Gaspar Gorricio, el Libro de las Profecías. Sin embargo, lo esencial de la obra lo tenía preparado en 1502, cuando predijo el fin del mundo, basándose en San Agustín. Según el santo de Hipona, el fin del mundo llegaría siete milenios después del nacimiento de los sacros teólogos.
Según los cálculos de Colón, hasta la llegada de Jesús al mundo habían pasado 5.343 años y faltaban 155 años para el cumplimiento de los siete mil. Haciendo una simple suma, desde 1502, fecha de la anotación de su profecía, más los 155 años que faltaban, situó el fin del mundo y el advenimiento de Dios a la tierra en el año 1657.
Colón se consideraba a sí mismo un elegido por la providencia para abrir la puerta de la cristiandad a millones de personas. Un personaje peculiar mitad marino experimentado, y mitad profeta, aunque huelga decir que se le dio mucho mejor lo primero que lo segundo. Pasa por ser uno de los mejores marinos de su tiempo, pero como profeta o como adivino no le llega a Nostradamus ni a la suela del zapato.

He echado un vistazo a lo ocurrido en ese año, que no fue para nada halagüeño, pero tampoco supuso el fin del mundo. Un terremoto en la costa de la ciudad de Concepción en Chile provocó un tsunami que ahogó a más de cuarenta personas. Mucho más luctuoso fue el incendio ocurrido en las inmediaciones de Tokio que calcinó a unas cien mil personas, que bien pudieron pensar que llegaba el fin del mundo. Aquí, en España, el almirante inglés Robert Blake asaltó con una formidable escuadra el puerto de Santa Cruz de Tenerife, perdiendo la vida unas 300 personas por el bando local y medio centenar más por el inglés. Por lo demás, a diferencia de 1659, no fue un mal año agrícola por lo que la gente, al menos en España, no padeció especialmente la hambruna.
ESTEBAN MIRA CABALLOS
Interesante apunte.