Esteban Mira Caballos

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CRISTÓBAL COLÓN, EL MEJOR MARINO DE SU TIEMPO

12:05 por administrador1 Dejar un comentario

Pese a tener una escasa formación reglada no le faltaban ingenio y una extraordinaria capacidad de improvisación, pues, como escribió Francisco López de Gómara, «no era docto, más sí bien entendido». En parecidas palabras se expresa su amigo el cura de los Palacios: era «de muy alto ingenio, sin saber muchas letras», una idea que desde entonces ha apoyado toda la historiografía. En ese mismo sentido, su compatriota Michele Cuneo sostuvo que hasta su tiempo no había habido nadie que supiese más en cuestiones prácticas de navegación, porque solo con ver una nube o una estrella en la noche sabía el tiempo que iba a hacer. En los Pleitos colombinos, también salieron a relucir sus grandes conocimientos náuticos, aunque fuesen parte interesada. Por no insistir demasiado, destacaré un par de declaraciones, la de su camarero Pedro Salcedo, que dijo que fue «uno de los mayores hombres del mundo en el arte de marear», y la de Gonzalo Alonso, que aseveró que fue «un sabio en las cosas de la mar». Sus conocimientos se fundamentaban en la observación minuciosa del mar y de las estrellas, lo que le llevó a predecir huracanes y tormentas y, por supuesto, a conocer la dirección de los vientos y de las corrientes marinas. A ello hay que sumar una formidable capacidad intuitiva, un talento que, a decir de Emilio Castelar, es uno de los signos distintivos de todo genio. Así, por ejemplo, al regreso de su primera aventura, observó que laNiña se balanceaba en exceso por falta de lastre y dispuso que se llenaran los barriles de agua salada para proporcionarle más estabilidad. La situación mejoró sensiblemente y logró entrar en el estuario del Tajo. Asimismo, a sabiendas de que se iba a producir un eclipse lunar, les dijo a los naturales de Jamaica que su dios estaba enojado con ellos, como podían comprobar al día siguiente mirando al firmamento. Así lo hicieron y, tras observar el oscurecimiento, no dejaron de llevarle alimento y ayudarlo en todo lo que les demandaba. Igualmente, en un banquete demostró a todos los presentes que un huevo podía mantenerse en vertical sobre la mesa, aunque no tenemos la certeza de que fuese el autor de esa anécdota. Pero cierta o no, nadie puede negar su intuición, su espíritu visionario y milagrero y su arrojo, ya que él y sus hombres se echaron a la mar en fragilísimos navíos, en una aventura incierta donde se jugaron la vida. Sus lecturas, su experiencia, su curiosidad y su extraordinaria capacidad de observación lo convirtieron, como dijo uno de sus grandes admiradores, el padre Las Casas, en una persona «doctísima» en el arte de navegar.

No hay que olvidar que el aprendizaje náutico en aquellos tiempos seguía siendo eminentemente práctico, pues no existía una escuela de pilotos ni nada parecido a lo que después será la sevillana Universidad de Mareantes. Había aprendido de manera práctica a usar lo mismo el timón de codaste que la brújula —entonces llamada aguja de marear—, instrumentos esenciales para lo que ellos llamaban engolfarse, es decir, adentrarse en el océano. La brújula es uno de los grandes inventos de la Historia y ha sido fundamental para la navegación prácticamente hasta la Edad Contemporánea. Se trata de una aguja imantada, suspendida sobre un círculo graduado que señala al polo magnético, que no coincide exactamente con el norte, como pudo comprobar el propio Colón. La brújula es un invento chino introducido en el siglo xi en el Mediterráneo por los islámicos, que pasó al Atlántico tres siglos después, aunque su uso en ese tiempo fue muy limitado, entre otras cosas porque la navegación que se solía hacer era de cabotaje. Todavía a finales del siglo xvi, el padre José de Acosta se sorprendía de que un pequeño imán «mande en la mar y obligue al abismo inmenso a obedecer y estar a suorden». Pero era esencial para emprender cualquier periplo ultramarino pues, como escribió López de Gómara, sin ella «las naos se perderían en el océano». Él la usaba con una rosa de los vientos sobrepuesta en la que se indicaban treinta y dos rumbos posibles, que eran puntos cardinales intermedios, y presuponemos que también lo hacían los capitanes de laPinta y de laNiña. Además, disponía de otros instrumentos náuticos, como el compás, los mapas, la ampolleta, el cuadrante, y quizá también el astrolabio.

El astrolabio era un aparato usado por los marinos musulmanes desde el siglo viii de nuestra era, pero hasta el siglo xv no lo utilizaron los portugueses, aunque la latitud no se midió con precisión hasta bien entrada la centuria siguiente. La ampolleta o reloj de arena que se usaba en tiempos del Descubrimiento estaba compuesto de dos conos de cristal desde donde la arena caía de uno a otro, en períodos de media hora. Había que estar continuamente pendiente para girarlo cada vez que trascurrían esos treinta minutos, porque resultaba esencial para estimar la distancia recorrida. El descuido que cometían los pajes al darle la vuelta antes o después de caer la arena provocaba notables errores de cálculo. La profundidad se controlaba con una sonda, que era una simple cuerda con nudos y un pequeño lastre en la punta.

Colón cometió considerables deslices en los cálculos de la latitud pues, además de lo rudimentario del cuadrante, con el que medía la altura de la Estrella Polar -que sepamos nunca la midió con el Sol-, el movimiento de la nao no le permitía utilizarlo adecuadamente. Se ha demostrado que la medía usando una tabla inserta en la Imago Mundi, que se conocía desde tiempos de Ptolomeo, calculando las latitudes en función de la declinación solar. Equivocó la latitud en siete de las ocho ocasiones en que la estimó, quizá por el descuido de los pajes en dar la vuelta a la ampolleta, pero sobre todo por el movimiento del barco, lo que impedía calcular exactamente la variación del ángulo solar en relación a la hora. De hecho, siempre situó el área caribeña en la misma latitud que las islas Canarias, cuando estaban bastante más al sur. Pero hay que tener en cuenta que, a finales del siglo xv, eran pocos los marinos que usaban correctamente esos instrumentos.

Por tanto, podía conocer con mucha inexactitud la latitud, usando el cuadrante o el astrolabio, y midiendo la altura de la polar, pero no tenía medios para averiguar la longitud más allá de la simple estimación, ya que aún no se usaba la corredera. De hecho, la primera vez que sabemos que se usó fue en el viaje de Magallanes-Elcano de 1519-1521, aunque la medición de la longitud no fue precisa hasta el siglo xviii. Pese a todo, como escribió Antonio de Herrera, calculaba mejor que nadie las leguas recorridas y, por tanto, la longitud, siempre y cuando no se estuviese navegando a la bolina. Eso explica que, al regreso del primer viaje, al divisar unas islas, supiese que estaba ante las Azores, frente a la opinión del resto de la tripulación, que afirmaba estar ante las islas Madeiras o ante la Roca de Sintra, junto a Lisboa.

En los peores momentos, cuando nadie lo apoyaba, se ganó la vida elaborando cartas náuticas que, a decir de Las Casas, «sabía muy bien hacer». Y verdaderamente no era un mal negocio, puesto que estos mapas cartográficos requerían una gran especialización y se vendían a muy buen precio. Hay muchas referencias sobre las esferas y mapamundis que envió, lo mismo a Paolo del Pozo Toscanelli que a los Reyes Católicos, antes y después de sus descubrimientos. Así, por ejemplo, el padre Las Casas refirió que a través de Lorenzo Biardo, un florentino que vivía en Lisboa, remitió a Paolo Toscanelli una esfera en la que le explicaba el viaje que estaba proyectando. Y el 5 de septiembre de 1493, poco antes de zarpar, los soberanos le recordaron que no se olvidase de dejarles la carta de marear que estaba confeccionando. Igualmente, en su relación del segundo viaje, fechada en La Isabela, el 20 de enero de 1494, manifestó que «con harto trabajo» tenía bastante avanzado un mapa cartográfico con todas las islas descubiertas y que lo quería remitir junto a otras «pinturas»que había hecho el año anterior. Tras su tercera travesía, volvió a confeccionar un mapamundi y una esfera, que entregó a Juan Vizcaíno con el encargo de que sacara un traslado, y lo mismo hizo en relación a lo descubierto en su cuarta jornada. Y es que, como afirmó Juan Ferrán de Posada, que las vio personalmente, levantaba cartas de todas las tierras que descubría con mucha facilidad. Por desgracia, pese a esa amplia labor cartográfica, apenas se ha conservado un rudimentario mapa de 1492, custodiado en el Archivo Ducal de Alba, donde aparecen la costa norte de La Española y la isla Tortuga. Por cierto, también su hermano Bartolomé fue un excelente cartógrafo, pues según su sobrino Hernando, aunque no era latino, «sabía muy bien hacer cartas de navegación, esferas y otros instrumentos náuticos». De hecho, en 1513 hizo llegar a Fernando el Católico una carta y una pintura que había elaborado en las que se representaban los territorios hallados hasta la fecha.

Por lo tanto, combinaba ciertos conocimientos teóricos con una larga experiencia práctica, lo que sumado a su agudeza le convirtió en uno de los grandes marinos de su época. Parece obvio, como escribió Julio Guillén Tato, que llegó a tener conocimientos muy por encima del resto de pilotos y marinos de su generación. De las decenas de barcos que capitaneo solo naufragó, debido a un accidente, uno de ellos, la Santa María, por un descuido suyo que se concatenó con otros errores que llevaron a la irreparable pérdida. Los que naufragaron en su cuarta travesía no lo hicieron debido a ningún error, sino simplemente al pésimo estado en el que llegaron, incompatible con su flotabilidad. Y ello a pesar de que los siniestros en estos primeros años fueron muy frecuentes, dado que aún no estaban cartografiadas las costas y tampoco se conocían los bajíos y roquedos. Por poner un solo ejemplo, Vicente Yáñez Pinzón, en julio de 1500, perdió en la costa norte de La Española dos de las cuatro carabelas que comandaba.

PARA SABER MÁS:

Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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