Esteban Mira Caballos

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EL PENSAMIENTO JUDAIZANTE DE COLÓN

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Colón poseía una personalidad muy contradictoria, a medio camino entre cruzado místico y usurero. Se consideró un elegido por la providencia, porque su objetivo vital, como ha escrito Tzvetan Todorov, era la victoria universal del cristianismo, la expansión de la fe. Así, tras regresar de su último viaje terminó de redactar, con la ayuda de fray Gaspar Gorricio, el citado Libro de las Profecías, evidenciando unos conocimientos que no estaban a alcance de todos. En esa obra hizo acopio de un buen número de citas bíblicas con el objetivo de relacionar su descubrimiento con la preconización que ya hicieron las Sagradas Escrituras. Un pensamiento de raigambre judaica, pues estaba siempre atento a las señales de una obra cuyos hilos movía la providencia y que culminarían con el fin de los tiempos y el retorno del Mesías. En ese mismo texto se planteó por qué había sido él el elegido, y su respuesta no pudo ser más elocuente: porque Dios siempre hacía sus grandes revelaciones a los humildes e inocentes antes que a los sabios y poderosos; se llegó a comparar con los apóstoles, que fueron personas sencillas y de baja extracción social. Incluso cuando aludía reiteradamente al metal dorado, lo hacía para captar el interés de los reyes y de los colonos con la idea de que se sumasen a su visionario proyecto. Es más, en el prólogo de su obra profética escribió que para la consumación de su empresa no le aprovecharon ni las matemáticas, ni la razón, ni la cartografía, sino solo la voluntad de Dios y su fe. De hecho, siempre alude a su hallazgo como una gracia concedida por el Señor o por la Santísima Trinidad, de ahí que, al menos desde 1493, se plantease devolver esos favores financiando la reconquista de Tierra Santa, una idea que tuvo un largo y profundo calado en su pensamiento. Por ello, en más de una ocasión manifestó su intención de invertir una parte sustancial de lo que obtuviese en la recuperación de los Santos Lugares. En la carta que redactó a los Reyes Católicos el 4 de marzo de 1493 les dijo que en siete años se comprometía a financiar cinco mil jinetes y cincuenta mil de a pie para reconquistar Jerusalén, y que cinco años después aportaría otros tantos. Tras su liberación, se procedería a la reconstrucción del templo, que no se haría de cualquier manera porque su idea era que fuese más suntuoso que el antiguo, construido con madera y oro de Ofir. Así, en su escritura de mayorazgo manifestó su esperanza de que pronto el virreinato proporcionase grandes réditos y parte de esas ganancias se enviasen al banco de San Giorgio de Génova para destinarlas, entre otros fines, a la conquista del Santo Sepulcro. Es una de las ideas que más interiorizó y que repitió en numerosas ocasiones, aunque no dejaba de resultar oportunista, teniendo en cuenta que entre las intitulaciones que manifestaba Fernando el Católico estaba la de rey de Tierra Santa. Ahora bien, tampoco en esta ocasión era una idea exclusivamente suya, pues en aquella misma época el rey de Francia decía que, tras conquistar Nápoles, emprendería, con el favor de Dios, la toma de Jerusalén.

Es indudable, pues, el carácter mesiánico de su empresa, que, a juicio de Claudio Sánchez Albornoz, supuso la prolongación de la cruzada que los reinos cristianos de la península Ibérica llevaban a cabo contra el islam desde hacía ocho siglos. Una hipótesis compartida por el historiador mexicano Silvio Zavala, quien la juzgó como «la última aventura religiosa que cierra el cielo de las cruzadas medievales». Otros muchos historiadores, como William Prescott, Carlos Pereyra, A. Rubio y Muñoz-Bocanegra, Salvador de Madariaga o Francisco Morales Padrón, han defendido este mismo planteamiento de corte casticista según el cual el espíritu de cruzada impregnó todo el proceso. También Georg Friederici defendió este espíritu de cruzada de la conquista, incluyendo ahí tanto la ambición divina como la humana.

Y en este mismo sentido, historiadores como Alain Milhou han abundado en este iluminismo que caracterizó todo su ideario, ya que no tenía nada de particular que una persona tan creyente y visionaria como él interpretase que fue Dios quien puso aquellas regiones en su camino. Uno de los principales objetivos de su Libro de las Profecías fue demostrar que el Descubrimiento ya había sido vaticinado en las Sagradas Escrituras y que él sencillamente había sido el instrumento para darlo a conocer.

PARA SABER MÁS:

Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2026, pp. 48-50.

ESTEBAN MIRA CABALLOS


Archivado en:Historia de America Etiquetado con:Cristóbal Colón, El Libro de las profecías

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