Esteban Mira Caballos

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SE CUMPLE EL 520 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE CRISTOBAL COLÓN (20 DE MAYO DE 1506)

12:49 por administrador1 Dejar un comentario

Un día después de dictar su codicilo, en la madrugada del miércoles 20 al 21 de mayo de 1506, víspera de la festividad de la Ascensión, falleció en Valladolid, rodeado de los suyos. Poco antes había pedido recibir el sacramento de la extremaunción, que le proporcionaron los franciscanos. Su hijo Hernando, presente en tan luctuoso momento, fue testigo de sus últimas palabras, pronunciadas en latín: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Una prueba más de su profunda espiritualidad, emulando la frase del propio Jesús antes de morir en el Gólgota y recogida por el evangelista san Lucas. En sus últimos instantes estuvo rodeado de su círculo más íntimo: sus dos vástagos; su hermano Diego —Bartolomé estaba en la corte y no llegó a tiempo—; su leal amigo Diego Méndez; el genovés Bartolomé Fieschi; el bachiller Miruela; el escribano Pedro de Inoxedo; el ayudante de este, Gaspar de la Misericordia; siete criados de su servicio y los franciscanos que le asistieron espiritualmente en sus últimas horas. Solo se hizo eco de la noticia, con un breve obituario, Rodrigo de Verdesoto, que, además de regidor del concejo y procurador en Cortes, era una especie de cronista local. Pero no hay que olvidar que, salvo en el caso de los reyes, el tránsito a la otra vida era algo tan común que no solía considerarse una efeméride.

Se desconoce el domicilio exacto donde ocurrió; según la tradición, fue en el número dos de la calle Ancha, junto a la iglesia de la Magdalena, donde actualmente está su casa museo. Sin embargo, es solo una teoría, al igual que las que señalan que fue en el claustro del convento de mínimos observantes de San Francisco, en el palacete de su amigo Luis de la Cerda o, incluso, en una humilde posada de las que daban alojamiento a los que se hallaban temporalmente en la corte. Como en otros aspectos de su vida, la incógnita es irresoluble, salvo que aparezca alguna fuente nueva. Tampoco está clara la causa exacta de su deceso, aunque parece que se debió a la conjunción de todas las afecciones que padecía y que le habían afligido desde hacía varios lustros. Algunos contemporáneos, como Andrés Bernáldez, sostuvieron simplemente que murió de viejo, in senectune bona, una idea que ha mantenido una buena parte de la historiografía. Bien es cierto que el cura sevillano le atribuía erróneamente una edad en el momento de su defunción de setenta años.

Las exequias fúnebres se celebraron en la iglesia de Santa María de la Antigua de Valladolid, tras lo cual su cuerpo fue trasladado a la capilla de Luis de la Cerda, en la iglesia conventual de San Francisco de la ciudad del Pisuerga. A través del regidor Alonso de Montemayor se consiguió que el guardián del cenobio cediese un espacio en dicho oratorio privado, aunque no tenía poder ni autorización de la familia de la Cerda para hacer tal cosa. Al parecer, antes de ser inhumado se le practicó un proceso de descarnado para conservar mejor su osamenta y luego se le amortajó, según su propio deseo, con un hábito de San Francisco.

No murió olvidado, ni tampoco pobre, pese a sus reiteradas quejas, pues disponía en esos momentos de más de ocho mil pesos de oro de renta anual. El problema es que los oficiales de La Española no se las remitían con regularidad. Desde la llegada de Nicolás de Ovando como gobernador de las Indias, comenzaba a ser una cuantía muy estimable. De hecho, sus apoderados insistieron a los oficiales de la Casa de la Contratación que le abonasen el diezmo de los beneficios, cumpliendo con lo establecido en sus privilegios y con lo ordenado por la Corona. Sin embargo, incumplieron la orden alegando, en agosto de 1504, que no debían hacerlo porque ya se lo pagaban los oficiales de La Española. Pero no era exactamente así, pues el 18 de septiembre de 1505, en una carta que le remitió a su primogénito, Colón se lamentaba de que habían llegado varios barcos con mucho oro y ninguna partida asignada a él. Y de nuevo, en su propio codicilo, dictado un día antes de su fallecimiento, se lamentó de que hasta la fecha no había recibido ninguna cuantía en concepto de diezmo, a pesar de lo cual dispuso la distribución de las rentas futuras. Lo único que se embolsó, aunque siempre con retrasos, fueron los salarios que tenía asignados como capitán de cada una de las cuatro expediciones que encabezó.

PARA SABER MÁS:

Esteban Mira Caballos: Colón. El converso que cambió el mundo. Barcelona, Editorial Crítica, 2025.

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