
Como todos los grandes personajes de la historia, Cristóbal Colón no ha podido escapar al relativismo con el que se le ha mirado en cada época. El genovés ha sido siempre el mismo, sigue siendo el mismo desde hace más de cinco siglos, lo que ha cambiado ha sido la forma en la que las distintas generaciones lo han contemplado. Ya sus propios contemporáneos fueron conscientes de que se iniciaba una nueva era en el devenir histórico. Gonzalo Fernández de Oviedo en el Sumario de la Natural Historia de las Indias, dice que el servicio prestado a la Corona por Colón era de tal magnitud que yo no tengo por castellano ni buen español al hombre que esto desconociese. Por su parte, Francisco López de Gómara ponderó su gesta escribiendo aquella repetida y memorable frase de que el descubrimiento de América fue lo más grande ocurrido en el mundo desde su creación, salvando «la encarnación y muerte de Jesucristo». Y, además, sostuvo que su hazaña fue tan gloriosa «que nunca se olvidará su nombre», una frase que, aunque pueda parecer exagerada, fue en realidad premonitoria, pues su memoria ha traspasado los tiempos, a través de sus defensores y de sus detractores. No menos laudatorio se mostró Bartolomé de Las Casas, para quien fue Dios quien le dio las llaves de este espantosísimo mar, y no quiso que otro abriese sus cerraduras oscuras y, por tanto, solo a él se le debía la más egregia obra que hombre jamás, en millares de años atrás, hizo. Por su parte, el jurista Alonso de Zuazo afirmó en 1519 que, gracias a él, el rey de Castilla poseía el más extenso imperio de la historia, pues Alejandro Magno nunca se alejó mucho de Macedonia y el Imperio Romano nunca sobrepasó las setecientas leguas.
Todos ellos exageraban, sugestionados por las sorprendentes noticias que circulaban, pero era la sensación que muchos tenían en la vieja Europa en los albores de la Edad Moderna, pensando que vivían en un planeta fascinante, mucho mayor de lo que habían pensado y con muchos secretos por descubrir.
En los siglos xvii y xviii su figura pasó bastante desapercibida, y fue a partir de mediados del siglo xix cuando el auge de los nacionalismos resucitó un inusitado interés por el hombre y su proeza. En la centuria decimonónica tuvo un extraordinario impacto el texto de Washington Irving, que fue la primera biografía completa y documentada, aunque tamizada por un perfil romántico, al presentarlo como un gran cosmonauta frente a los oscurantistas miembros de la junta de Salamanca. Traducido al castellano en 1892 por José García de Villalta, la obra combinaba una excelente prosa con un exhaustivo uso de las fuentes disponibles en su tiempo, lo que llevó a Marcelino Menéndez Pelayo a decir que era la mejor biografía que se había escrito del personaje. Para Irving, este personaje representaba el mejor ejemplo del sueño americano, de su eterna aspiración de ampliar los horizontes hacia el oeste, lo mismo que protagonizó su país, Estados Unidos, a lo largo del siglo xix. Su biografía ejerció una extraordinaria influencia, y posteriormente aparecieron otras muchas que seguían ese mismo paradigma idealizado, mientras que las obras críticas fueron minoritarias, entre ellas las de los norteamericanos Aarón Goodrich (1879) y María A. Brown (1888). El primero ponderó la avaricia y la crueldad de una persona que no dudó en esclavizar a los naturales, mientras que la segunda destacó el papel en el Descubrimiento de los islandeses, al tiempo que tildaba a Colón de «usurpador, infame y pirata».
A mediados del siglo xix, hubo un gran interés en Huelva por recuperar los lugares colombinos y poner en valor la importancia de esta tierra en los descubrimientos. Se restauró el monasterio de La Rábida, que se reabrió el 15 de abril de 1855, mientas que un cuarto de siglo después se creó la Sociedad Colombina Onubense, que desde esa fecha a la actualidad ha mantenido la actividad y potenciado la investigación. Por su parte, el conde Roselly de Lorgues publicó una famosa semblanza sobre el personaje en 1856, traducida al castellano dos años después, insistiendo en su santidad, que tuvo una considerable repercusión en toda Europa. A raíz de esa idea, en 1866 el papa Pio IX encargó al arzobispo de Burdeos que abriese una causa para su posible beatificación, que continuó su sucesor León III, pues lo veían como un elegido para expandir las fronteras de la cristiandad. En 1892 se volvió a impulsar la causa, aunque finalmente nunca se terminaría de sustanciar, en parte porque se encontraron ciertas máculas en su vida privada y también por los nuevos aires de la historiografía positivista, que trataba de dejar atrás las visiones hagiográficas.

La admiración por su gesta alcanzó su punto culminante en 1892, con motivo del IV centenario del Descubrimiento, en el que España consiguió darle al evento una proyección internacional, al tiempo que declaraba el 12 de octubre fiesta nacional. El gobierno de Antonio Cánovas del Castillo trataba así de apuntalar los lazos culturales y económicos con Hispanoamérica, ante un rival cada vez más omnipresente como era Estados Unidos. El auge de la II Revolución Industrial y el resurgimiento del imperialismo favorecieron el reconocimiento a lo que en la época se entendía que era un hito en el proceso civilizatorio. Intelectuales de la talla de Emilio Castelar, que había sido presidente de la I República española, lo ensalzaron como un personaje asombroso que prestó grandes servicios a España y al mundo. Incluso el revolucionario cubano José Martí se declaró un gran admirador suyo, calificándolo de marino profético y batallador, en cuya persona cabía un nuevo mundo. En ese cuarto centenario se publicaron numerosas obras y se organizaron incontables eventos, ponderando la gesta de aquellos hombres que forjaron el imperio. Solo en España se celebraron once congresos americanistas, siendo el más destacado el inaugurado el 7 de octubre en La Rábida. Las celebraciones, como ocurre siempre, tuvieron un trasfondo político, de manera que se conmemoró de distinta forma en España que en otros países de Europa o de América. España se centró en la gesta descubridora, destacando no solo al marino italiano, sino también a la reina Isabel, a los hermanos Pinzón y a otros descubridores españoles. Se trataba de hispanizar la gesta, ponderando, como dijera en 1892 Cesáreo Fernández Duro, la grandeza de miras del país que aceptó el patrocinio de tal empresa, frente a otros soberanos que se negaron. En pleno auge de los nacionalismos, hubo piques entre españoles e italianos, pues los primeros entendían que la gloria había sido de la España de los Reyes Católicos, que pusieron las condiciones para que la proeza se cumpliese, mientras que los segundos defendían que esta fue protagonizada fundamentalmente por un italiano y su entorno. Asimismo, trataban de focalizar su interés en la biografía del personaje, destacando su mérito y minusvalorando el papel de los españoles. Hubo algunos críticos que cargaron las tintas contra la conquista, pero evitaron aludir a él en particular, por lo que su estima fue casi generalizada hasta bien entrado el siglo siguiente.
Desde el siglo xx no existe unanimidad en torno a su figura, no solo a pie de calle sino también entre los intelectuales. Oswald Spengler lo comparó con su contemporáneo Leonardo da Vinci. Ambos, a su juicio, «hicieron posible la victoria del infinito sobre la limitación material de lo presente y palpable». Y más adelante añadió que él y Vasco de Gama dilataron el horizonte geográfico hasta el infinito, relacionando el mar con la tierra. Por su parte, el argentino Enrique de Gandía dijo que dio al ser humano la completa posesión del planeta, haciendo más por la expansión de la fe que los santos mártires. Igualmente, el gran antropólogo y etnólogo Belga Claude Lévi-Strauss esgrimió que su proeza fue más meritoria que la llegada del hombre a la Luna, pues comparativamente para su época estaba tan lejos como el satélite y la riqueza de lo encontrado en el Nuevo Mundo fue mucho mayor. En España, uno de sus principales biógrafos, Manuel Ballesteros Beretta, escribió que fue «una de las individualidades más poderosas de la historia». En el lado opuesto se situaron autores como el alemán Georg Friederici, quien, en 1925, lo describió como una mala persona ávara y cruelque desencadenó un infame trato a la población aborigen.
Desde los años sesenta y setenta se produjo un auge de los movimientos de liberación nacional, en los que se plantearon grandes críticas al colonialismo pasado y presente, situándolo en la diana. En esta línea, en buena parte indigenista, muchos lo han visto como un exponente del eurocentrismo, que terminó provocando la destrucción de las civilizaciones originarias. Para ellos, más que un descubrimiento lo que se produjo fue un encubrimiento que terminó por situar a Europa en el centro de la historia, excluyendo a los indígenas, que fueron obligados a integrarse en la civilización occidental.
Durante el V Centenario se trató de buscar un consenso, titulando el proceso como el encuentro de dos mundos y evitando usar la palabra descubrimiento. Un encuentro —o encontronazo— no exento de conflictos entre dos mundos que colisionaron, pero tras el cual se sentaron las bases de la expansión de una civilización interconectada a través de flujos bidireccionales. En general, la acogida fue aceptable, y prueba de ello fue la exitosa celebración en Sevilla de la Expo 92, aunque no faltaron voces críticas que muy significativamente hablaron de des-celebración. Se trataba de posiciones minoritarias, pero muy ruidosas, de miembros de una corriente que despreciaba el inicio de un colonialismo que, a su juicio, seguía vigente a través de un comercio asimétrico y que mantenía el desprecio hacía los pueblos originarios. Ellos pusieron de actualidad una frase que todavía se esgrime: que el 12 de octubre no hay nada que festejar. Entre esas voces críticas no solo había extranjeros, sino también españoles como Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los intelectuales que con más empeño se opuso a los fastos de la efeméride. De hecho, ridiculizó a la Expo del 92, tildándola de ser una Disneylandia sevillana que trataba de dulcificar lo que había sido una colisión feroz entre dos mundos. A su juicio, toda conmemoración es apologética y bajo ningún concepto se debía celebrar lo que fue la victoria del mal, por lo que mostraba su disgusto y disconformidad con la glorificación de lo que él entendía que fue una espantosa tragedia. Para Ferlosio, todo el proceso estuvo animado por un deseo de dominación, una empresa que tildó de «pavorosa, arrolladora y tenebrosamente eurocéntrica», en la cual estuvo implicada la Iglesia, bendiciendo las brutalidades cometidas en el proceso con la excusa de ensanchar sus fronteras. La otrora gesta descubridora se había convertido a finales del siglo xx en una empresa invasora y Colón en un vulgar y oscurantista ladrón.
Ya en el siglo xxi, en países como Venezuela, Argentina, Chile, Bolivia o México han sido vandalizados y/o retirados los monumentos de Colón de la vía pública. También algunas ciudades estadounidenses han desmantelado sus estatuas, como Los Ángeles, que en el año 2018 ordenó su retirada del centro histórico. Asimismo, muchos países han cuestionado la celebración del día de la Hispanidad el 12 de octubre. Por poner algún ejemplo concreto, en 2002, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cambió el nombre de la festividad, que pasó a llamarse día de la Resistencia Indígena. Desde esa fecha, comenzó en el país sudamericano una gran hostilidad hacia su figura que terminó con la retirada o la vandalización de los monumentos que había en el país, entre ellos, la emblemática estatua de Caracas. Pero como estas dinámicas suelen ser contagiosas, no tardaron en aparecer réplicas en otros países, como Nicaragua, que en 2007 institucionalizó el Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular. Tampoco se libró de esta tendencia Argentina, pese a que, desde 1917, tenía el 12 de octubre como día de su fiesta nacional. En el año 2010 la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner decidió cambiar su nombre por el del Día del Respeto de la Diversidad Cultural.
Es indudable que el hecho de colocar una estatua a un personaje responde a una decisión política que de alguna forma pretende imprimir una determinada identidad histórica, pero lo mismo ocurre cuando se retiran o se cambian por las de otros personajes. Lo cierto es que en la agenda política de varios países hispanoamericanos está el arrinconamiento de la herencia hispana, cuyos pilares más simbólicos son los monumentos dedicados a descubridores como Colón, a conquistadores o evangelizadores. Actualmente, solo dos países siguen conmemorando el 12 de octubre como Día de la Hispanidad: Panamá, que mantiene ese mismo nombre, y Guatemala, que lo mantiene como Día del Descubrimiento de América. En cuanto a España, aunque con algunas críticas, se mantiene ese día como fiesta nacional, aunque desde 1987 ya no es fiesta de la Hispanidad. Bien es cierto que se mantiene un cierto interés por el personaje, que alumbra publicaciones de libros, jornadas históricas e incluso alguna gran exposición como la dirigida por Consuelo Varela en 2007.
Como puede observarse, un personaje tan potente como el que estamos biografiando puede ofrecer munición tanto para ponderarlo como para despreciarlo, de ahí que siga siendo, cinco siglos después, objeto de debates y reflexiones lo mismo sobre su figura que sobre las narrativas históricas que se han realizado. Una parte de la historiografía actual está tratando de revisar su perfil histórico y, sin negar que marcó un antes y un después en el cambio de ciclo histórico, también lo señala como un símbolo del colonialismo europeo que trajo consigo el drama de la explotación abusiva de los pueblos indígenas.
Personalmente, entiendo al personaje en su contexto y creo que su gesta cambió el mundo para siempre. Pero no ignoro, como dijera Lichtenberg, que el día que los indígenas se encontraron con Colón fue un mal día para ellos. La desigualdad de los universos que entraron en liza fue tal que se produjo un verdadero cataclismo en la forma de vida de millones de personas. Antes de la fatídica arribada vivían en el continente varias decenas de millones de personas que arrastraban un largo pasado de historias felices y también de historias violentas. Como ha escrito recientemente Matthew Restall, las sociedades aborígenes no eran ni bárbaras ni tampoco idílicas, sino tan civilizadas e imperfectascomo las europeas de aquel tiempo. Constituían otro mundo, muy diferente, no siempre peor, cuyo universo desapareció en un santiamén a la par que se reinventaba un nuevo orbe. Obviamente, su propia convicción de que era un predestinado para expandir la cristiandad implicaba un sentimiento de superioridad de un mundo sobre el otro, algo que solo se puede entender en sincronía con su tiempo. Pero no se trataba de una idea propia, sino que se insertaba en el pensamiento dominante europeo desde la Baja Edad Media. Existió una convicción ontológica generalizada de la inferioridad de las civilizaciones americanas, que por su lejanía y aislamiento, por su desconexión con el resto de las civilizaciones había embrutecido las formas de vida de sus habitantes. Como todos los personajes históricos, con sus luces y sus sombras, para tratar de entenderlo debemos hacer un esfuerzo de contextualización. Por tanto, no se puede ni se debe ocultar el drama que se generó en términos de choque civilizatorio, aunque tampoco se puede ignorar la amplísima herencia hispana de todo un continente que, junto a la prehispánica y a los aportes africanos y asiáticos, conforma la gran América que todos admiramos.
Para saber más:
Esteban Mira Caballos: Colón. El converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.
Esteban Mira Caballos

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