Esteban Mira Caballos

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EL ARMA NAVAL EN LA CONQUISTA DE TENOCHTITLAN

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1.-INTRODUCCIÓN

El 28 de abril de 1521 se produjo un hecho trascendental en el proceso de conquista de la gran capital mexica, al botarse las trece embarcaciones con las que se asediaría por agua Tenochtitlan. La idea de disponer de una flotilla de embarcaciones en el lago Texcoco estuvo presente desde el primer momento en la mente del conquistador, especialmente después de que se hubiesen perdido, tras la jornada de la Noche Triste, los cuatro bergantines inicialmente construidos. Siempre entendió el metelinense que la única forma de salir airoso en el cerco de una ciudad ubicada en el centro de un lago era mediante un bloqueo combinado por tierra y por agua.

Se ha discutido mucho si la victoria se debió más a los medios terrestres o a los navales, pues Harvey C. Gardiner atribuye la clave del éxito a las fuerzas navales mientras que Ross Hassig lo asigna a las terrestres. Pero se trata de un planteamiento bizantino porque el éxito se debió precisamente al asedio simultáneo, terrestre y anfibio. No el terrestre hubiese resultado exitoso sin el naval ni viceversa. Lo cierto es que a veces se ha exagerado la labor de Martín López del que recientemente se ha dicho que fue el miembro más destacado de la hueste, exceptuando al propio metelinense. Una afirmación que parece exagerada porque Martín López, como veremos, no fue más que un carpintero de ribera, de los muchos que había en Sevilla y vivió modestamente el resto de su vida. Y aunque litigó con Hernán Cortés, e incluso con el segundo marqués del Valle, Martí Cortés, para que se le recompensasen adecuadamente los servicios prestados, murió a avanzada edad sin conseguirlo.

Tenochtitlan, la majestuosa capital lacustre, se fundó en 1325, aunque no se independizó del poder de Azcapotzalco hasta poco más de un siglo después, concretamente hasta 1428. Según la mitología en la elección del sitio medió el dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien les indicó que debían hacerlo en el lugar donde encontrasen a un águila sobre un nopal, devorando una tuna. El lugar indicado resultó ser una zona lacustre, rodeada de volcanes y con algunos valles fértiles. Sin embargo, su fundación en medio del lago Texcoco, rodeado de ciénagas y juncos, fue casi obligada porque habían sido expulsados de todos sitos. Es difícil imaginar en la actualidad lo que debió ser el entorno de la capital, en medio de más de 2.000 km2 de lagos, incluyendo el central, que era el Texcoco, y los menores, Zumpango, Xaltocan, Xochimilco y Chalco. La urbe se comunicaba con tierra firme a través de cuatro calzadas en las que se intercalaban puentes móviles que podían ser retirados, aislándola por tierra.

Ya los cempoaleses les habían confesado a los hispanos que Tenochtitlan era una urbe inexpugnable por estar en medio de un lago y por disponer de decenas de miles de soldados ejercitados en el combate. También el cacique Olintecle le había descrito la ciudad como invencible, con solo tres calzadas de acceso y cada una de ellas con cuatro o cinco puentes de madera que cuando los retiraban no se podía pasar.

Resulta obvio que Moctezuma fue en todo momento consciente de la que se le venía encima y estuvo dispuesto incluso a convertirse en tributario, pero siempre con la condición de que no acudiese a su encuentro. Y para disuadirlo empleó argumentos falsos como que su tierra era estéril y no había comida ni medios para atenderlos como ellos merecían. Una y otra vez remitió emisarios rogándoles que pidiesen lo que quisiesen y que se marchasen de su señorío. La última vez en Iztapalapa, a las mismas puertas de Tenochtitlan, cuando le volvió a insistir por última vez que no pasasen de allí porque no había camino sino solo agua y podrían perecer ahogados. Pero el metelinense, no más sincero que su contrincante, le replicó que no podía marcharse porque quebró los barcos en los que llegó a San Juan de Ulúa. Y todo parece indicar que el tlatoani le creyó, pues posteriormente, con la llegada de Pánfilo de Narváez, pensó que, venciese o fracasase, tendría navíos para regresar y acabaría su pesadilla. Incluso, antes de la arribada del enviado de Diego Velázquez había ordenado a sus súbditos que ayudasen a los españoles a construir barcos. Y Hernán Cortés le dijo a Martín López, que los diseñaba, que aparentase darse prisa pero que hiciese lo contrario, con la idea de ganar tiempo.

2.-LA CONSTRUCCIÓN DE LAS FUSTAS

El asedio de la gran ciudad lacustre de Tenochtitlan se antojaba una empresa larga y complicada. Aunque la urbe no disponía de fortificaciones, al menos como se entendían en Europa, su ubicación en medio de una laguna, unida a tierra firme a través de calzadas y puentes, se prestaba a una defensa numantina. Parecía una ciudad inexpugnable, rodeada por una laguna que hacía las veces de un extraordinario foso en torno a una gigantesca fortaleza, comunicada por tierra por tres calzadas. De hecho, tradicionalmente sus enemigos ni siquiera se habían planteado la posibilidad de alcanzar la orilla del lago Texcoco, algo que ya conocía el propio Cortés desde poco después de su llegada a Veracruz. 

El extremeño sabía que la toma de la ciudad de los lagos, solo era posible, llevando a cabo dos medidas: una, tomando todos los pueblos del entorno del lago para evitar toda posibilidad de que recibiesen ayuda externa. Y otra, mediante una acometida combinada por tierra y por agua. El cerco solo podía sustanciarse si conseguían aislar a los mexicas que desde hacía siglos se abastecían por medio de miles de canoas. Por ese motivo en septiembre de 1520 consultó con el sevillano Martín López la posibilidad de construir seis embarcaciones. Fue el carpintero sevillano quien le comunicó que, por las dimensiones del lago Texcoco y las fuerzas mexicas, se necesitarían al menos doce embarcaciones de distintos tamaños, aunque finalmente fueron trece el número total. Aunque uno de esos bergantines era de pequeñas dimensiones, pensando que simplemente sirviese de enlace entre los 12 barcos y Hernán Cortés. A finales de septiembre de 1520 le encomendó a Martín López su construcción, pertrechándolos con la jarcia de los buques desguazados en Veracruz.

¿Quién era Martín López? Era un carpintero de ribera natural de Sevilla, hijo legítimo de Cristóbal Jiménez y de Estefanía Rodríguez. Había llegado a las Indias en torno a 1516 y llegó a Nueva España en la expedición de Hernán Cortés de 1519.  Desde un primer momento el extremeño lo destino a tareas relacionadas con su oficio, trabajando desde noviembre de 1519 en la construcción de cuatro bergantines y, tras perderse esto, en la construcción de las trece embarcaciones con las que finalmente se asediaría la ciudad lacustre.

Martín López poseía capacidad para construir embarcaciones, aunque también había otros oficiales, que trabajaron junto a él, que podían haber llevado a cabo ese mismo trabajo, aunque el acabado final fuese más tosco. Hay que tener en cuenta que en la ciudad del Guadalquivir había una gran actividad marinera desde la Edad Media, donde se construían no solo barcas pequeñas sino también galeras y carabelas. Allí laboraban toda una gama de oficios relacionados con la construcción naval, a saber: carpinteros de ribera, remolares, calafates, aserradores, tejedores de velas, etc. De hecho, en los inicios del descubrimiento destacó la potencia de la flota andaluza frente a la cantábrica, pues un 64 por ciento de los navíos eran de origen andaluz.

En la construcción de las cuatro embarcaciones contó con la ayuda de carpinteros como los hermanos Miguel y Pedro de Mafla, Andrés Núñez, Juan Martínez Narices y de los herreros Hernán Martín, Pedro Hernández, Antón de Rodas y Juan Gómez de Herrera, así como los aserradores Sebastián Rodríguez y Diego Hernández.

Las primeras cuatro embarcaciones construidas habían tenido la misión de reconocer y cartografiar el lago Texcoco, recabando una información que a la postre tendría un gran valor en el asedió final de la ciudad de la urbe. Estos primeros navíos estuvieron operativos en primavera de 1520, sin embargo, apenas estuvieron en servicio tres o cuatro meses ya que, tras los sucesos de la Noche Triste, fueron quemados por los indígenas. 

Muy poco después, a finales de septiembre de 1520 el metelinense volvió a encomendar al sevillano la construcción de nuevas embarcaciones que sustituyesen a las anteriores. Se trataba de la respuesta lógica al apresto por parte de Cuauhtemoc de una flota de dos millares de canoas para proteger su ciudad y abastecerla por agua. El esfuerzo logístico de su diseño, y construcción fue notable, colaborando más de una decena de carpinteros, como un tal Ramírez el Viejo, Hernando de Aguilar y Juan Rodríguez Cabrillo. Una vez construidos fue el propio Martín López el que solicitó al metelinense probarlos en el río Zahuapan que dado que era la estación seca hubo de ser represado para poder comprobar su flotabilidad. Tras verificar su estabilidad volvieron a ser desmontados para trasladarlos por piezas a orillas del lago Texcoco.

El también metelinense Gonzalo de Sandoval fue enviado a Tlaxcala para organizar el transporte de las piezas desde Tlaxcala a orillas del lago Texcoco, organizando la defensa ante un posible ataque mexica. Sin embargo, se le encargó que antes pasase por Tecoaque para castigar a los hombres que habían capturado y sacrificado a 300 tlaxcaltecas y 40 españoles. Las fuerzas que llevaba Sandoval eran muy limitadas apenas 200 peones y 15 de a caballo por lo que el grueso de la defensa recaería sobre los tlaxcaltecas.

Pero dada la tardanza de Gonzalo de Sandoval, decidieron partir solo con la protección de los tlaxcaltecas. Aún no habían salido del señorío de Tlaxcala cuando Sandoval se topó con los 8.000 porteadores que formaban decían una hilera de 10 km., custodiados por un número similar de guerreros.

El metelinense decidió reorganizar el convoy, trasladando al líder tlaxcalteca Chichimecatetl, que iba en la vanguardia, a la retaguardia porque era en ese punto donde solían atacar los mexicas. El caudillo indígena se quejó, alegando que en las batallas que ellos libraban contra los mexicas él sus ascendientes siempre estaban en primera línea. Sandoval tuvo que hacer un gran esfuerzo dialéctico para sosegarlo, haciéndole ver que su ubicación en la retaguardia, custodiando la tablazón, se debía a motivos estrictamente estratégicos. Aunque sea anecdótico el lance deja claro el arrojo y el deseo de los tlaxcaltecas por acabar con sus ancestrales enemigos. Bien es cierto que al frente se situó el propio Gonzalo de Sandoval, con la mitad de sus hombres y varios miles de tlaxcaltecas, mientras que la otra mitad los envió a reforzar la retaguardia. 

El esfuerzo fue verdaderamente titánico pues tardaron cincuenta días en llegar al lago Texcoco, la última semana de febrero de 1521, tras un trecho de nada menos que 100 kilómetros. Según Bernal Díaz, antes de entrar en el señorío de Texcoco se prepararon para dar solemnidad al cortejo, colocándose los penachos de plumas, avanzando en ordenanza y marcando el paso al son de atambores y cornetas.  El propio Cortés que fue testigo presencial dijo que desde que entró el primero en Texcoco hasta el último tardaron un total de seis horas, sin quebrar el hilo del cortejo. Bien es cierto que se trataba de una vieja táctica usada frecuentemente por normandos, bizantinos y turcos.

En Texcoco hubo que habilitar una atarazana y un canal para ensamblar los navíos y deslizarlos hasta el lago. Según el propio Hernán Cortés y López de Gómara aprovecharon la guía de una acequia de riego, mientras que otros cronistas hablan de un pequeño arroyo.  Fue necesario el trabajo de 8.000 personas durante 50 días para completar un canal de media legua de larga, doce pies de ancha y dos estados de honda. Pero obviamente se trató de una verdadera obra de ingeniería hidráulica, sin precedentes por los escasos medios de los que se disponía y que pese a todo el propio Cortés dijo que era digna de ser vista. De hecho, dada la poca agua que circulaba por el arroyo hubo que represarlo de tramo en tramo y para que no chocasen unas con otras hubo que ingeniar sobre la marcha distintas soluciones.

Por fin, el 28 de abril de 1521, siete meses después de que se iniciaran las tareas de corte de madera, se botaron en el lago Texcoco las trece embarcaciones. Hubo un ceremonial solemne en el que guardaron todas las precauciones defensivas en previsión de un posible ataque tenochca. El padre Bartolomé de Olmedo cantó misa, exponiendo, según Antonio de Herrera, una homilía muy devota, en la que explicó que las embarcaciones se habían construido en servicio de Dios y para luchar contra el demonio. Acto seguido, bendijo una a una todas las fustas y, mientras bajaban por el canal hasta el lago, se hicieron salvas de artillerías junto a música militar y aplausos de los asistentes, finalizando el acto con un solemne Te Deum. Y contaba Cervantes de Salazar que el acto fue tan emotivo, que el propio Cortés de emoción derramó muchas lágrimas, moviendo a devoción al resto de los asistentes.

Botadas las embarcaciones se enviaron requerimientos a todas las ciudades aliadas para que en un plazo máximo de diez días enviasen las tropas acordadas para iniciar el cerco. Mientras tanto Gonzalo de Sandoval quedó a cargo de la custodia y defensa de los bergantines, con una buena parte de los soldados españoles. Hubo al menos tres intentos fallidos por parte de los mexicas de destruirlos, pero fracasaron en todas esas ocasiones.

Antes de proseguir habría que plantearse: ¿Qué tipo de embarcaciones construyó? El propio sevillano dijo que eran tan grandes que parecían galeras, motivo por el cual pidió que dicha palabra figurase en su escudo de armas. La mayor parte de los cronistas y toda la historiografía posterior hablan de bergantines, salvo el propio Hernán Cortés. De hecho, este en sus Cartas de relación alude a las embarcaciones indistintamente como bergantines o fustas. Sin embargo, basta con indagar un poco en la tipología de los barcos de la época para concluir que efectivamente no eran galeras ni bergantines sino pequeñas fustas, pues sus dimensiones eran muy modestas. Las fustas tenían menos de 15 remos por banda, y eran navíos muy rápidos, similares a los construidos por Martín López que solo disponían de seis remos por banda. Los bergantines medievales –a diferencia de los modernos- también disponían de velas y remos, pero sus dimensiones también eran mucho mayores que las embarcaciones construidas por el carpintero sevillano.

Según estudios de Harvey Gardiner, la capitana tenía 13,36 metros de eslora y 2,24 metros de manga, mientras que el grueso de ellas disponía de entre 11,27 y 11,69 metros de eslora y dos metros de manga, con un calado de entre 56 y 70 centímetros. Poseían dos pequeños castillos, una a popa y otro a proa, además de un alto bordo, todo ello pensando en dificultar un posible abordaje. Asimismo, como fuerza motriz, además de los remos, portaban velas, que en alguna ocasión, cuando soplaron vientos a favor les permitió causar grandes estragos frente a las flotas de canoas mexicas. Asimismo, cada uno de ellos estaba dotado de una pequeña pieza de artillería, ubicada en la proa, salvo la capitana que armaba dos.

Uso madera de la tierra y aprovechó además los pertrechos y aparejos de las naves desguazadas en Veracruz que fueron traídos expresamente. Ahora se presentaba otro problema, conseguir reclutas que quisiesen servir en las embarcaciones algo que nadie quería hacer, primero por ser una actividad poco honrosa y segundo porque no se podían aprovechar de la rapiña. Al final, consiguió los hombres, seleccionando principalmente a marineros, bajo la promesa de entrar a partes iguales con los soldados en el reparto del botín. La tripulación estaba compuesta por un total de 156 remeros, 12 por cada embarcación, un capitán, un timonel, seis ballesteros y otros tantos escopeteros que debían disparar también las piezas de artillería ligera -falconetes- que portaban las embarcaciones. En total los bergantines movilizaban a más de 300 personas, casi la tercera parte de los hombres disponibles, acaparando además 14 de las 18 piezas de artillería de las que disponían.

Conocemos los nombres de muchos de los soldados que se embarcaron, por las litas que ofrecieron tanto Bernal Díaz como Francisco Cervantes de Salazar. Además del piloto mayor, Martín López, figuraban entre los capitanes: Pedro Barba, Pedro Briones, Antonio de Carvajal, Miguel Díaz de Aux, García Holguín, Juan Jaramillo, Juan de Limpias Carvajal, Juan Portillo, Gerónimo Ruiz de la Mota, Juan Esteban Colmenero, Ginés Nortes, Hernando de Lerma y Alonso Pérez de Zamora. También conocemos algunos de los soldados embarcados, como Cristóbal Flores, Rodrigo Morejón de Lobera Andrés Núñez Juan Rodríguez de Villafuerte, Francisco Rodríguez Magariño Antonio Sotelo, Francisco Verdugo, Juan de Mansilla. No parece que el metelinense tuviera ninguna preferencia geográfica a la hora de elegir a sus capitanes, pues de un total de catorce, incluyendo a Martín López, conocemos la naturaleza de doce de ellos, siendo cinco castellanos, tres andaluces, dos extremeños y uno respectivamente de Galicia y Aragón.

Asimismo, recibió muchos reproches de enemigos, envidiosos o de simples damnificados porque el gran botín de la conquista no fue suficiente para gratificar a todos. En su juicio de residencia decenas de personas le reclamaron dinero, varios de ellos reclamando el valor de un caballo o de una yegua perdida en combate. Llamativa fue la demanda que le puso el carpintero Martín López, reclamándole el precio de las 17 embarcaciones que construyó, cuatro que quemaron los mexicas, y las 13 del cerco de Tenochtitlan. Y digo que llama la atención porque fue una persona muy longeva que inició dicho proceso en 1528 y en 1570 todavía seguía reclamando sus derechos al II marqués del Valle.

3.-EL ASEDIO NAVAL

Mientras se ultimaban las fustas, Hernán Cortés marchó al entorno de la ciudad lacustre, recorriendo los pueblos rivereños con la laguna: Xochimilco, Texcoco, Coyoacan, Tacuba, Yautepec, Hiutepec, Huaxepec y Cuauhnauac. Consiguió la adhesión de casi todos ellos. En Xochimilco hubo una gran batalla pues Cuauhtemoc envió 10.000 soldados por tierra y 2.000 canoas a defender la ciudad. Derrotados los mexicas, los de Xochimilco le dijeron que eran esclavos de los tenochca, pidiéndoles disculpas por su tardanza en pedirle el vasallaje.

Las poblaciones ribereñas estaban controladas por los asediadores y el abastecimiento de agua dulce cortado. se anticipó a una decisión previsible de su rival, la de cortar el acueducto de Chapultepec que surtía de agua a la ciudad. La idea tampoco era muy novedosa, pues, desde la Antigüedad clásica se usó sistemáticamente en todos los asedios. Lo cierto es que el joven tlatoani envió a varios escuadrones con sus mejores guerreros para proteger el citado canal, aunque no pudieron evitarlo porque fueron rechazados por las huestes lideradas por Cristóbal de Olid. De esta forma se redujo la disponibilidad de agua potable de los sitiados. Pero digo que solamente se redujo porque durante el tiempo que estuvo cercada llovió de forma abundante, reduciendo en cierta medida los efectos del corte del suministro.

Pero el tlatoani no se conformó y envió a la zona del puente de Tacuba a más de 2.000 canoas y piraguas, desde las que lanzaron todo tipo de proyectiles, varas, flechas y piedras, estas últimas lanzadas con hondas. En cambio, apenas recibieron daños los ocupantes de las canoas porque habían ingeniado unos tablones para protegerse de las ballestas y escopetas. El resultado fue que lo hispanos tuvieron que retraerse en retiradas, perdiendo la vida ocho españoles y resultado heridos medio centenar. Pese a todo, en adelante a los asediados les resultó muy difícil obtener alimentos frescos, fundamentalmente frutas y verduras, pues los asediadores cortaron todas las calzadas de acceso a tierra firme y la flota de bergantines vigiló el tráfico de canoas durante la noche. Eso sí, dispusieron de carne humana, lo mismo los mexicas que los tlaxcaltecas que también la comían, ante el espanto de los hispanos. Bien es cierto, que la alimentación de los asediadores era más abundante, pero poco variada, muchas tortillas de maíz, y ocasionalmente tunas y ocasionalmente frutas que Bernal Díaz llamaba cerezas de la tierra.

Sin embargo, aún no se había librado la primera batalla naval entre las dos armadas enemigas que finalmente se produciría el 31 de mayo de 1521. Ese día las fustas y varios miles de canoas texcocanas, lideradas por Ixtlilxochitl, rechazaron el ataque de otras tantas embarcaciones tenochca. Tras el incendio de Iztapalapa, se concentraron muchas tropas mexicas, y los bergantines accedieron a un islote cercano que parecía estratégico, tomándolo en un duro combate en el que 25 españoles resultaron heridos. Pero se presentó ante ellos una inmensa flota de 2.000 canoas mexicas con la idea de acometerlos.  Las huestes ocuparon el islote de Tepepolco sin dificultad, pero acudieron cientos de canoas tenochcas. Las dos fuerzas navales se encontraron frente a frente, con la suerte de que las fustas tuvieron en todo momento el viento a favor. De hecho, según las crónicas momentos antes del combate comenzó a soplar viento a favor de los bergantines por lo que fue aprovechado por ellos para embestir contra las canoas, causando grandes estragos. Las cosas salieron bien a los hispanos que infringieron una severa derrota a las canoas de Cuauhtemoc, en la primera batalla naval librada en el lago Texcoco. Se trató de una batalla decisiva pues desde entonces las aguas del lago Texcoco permanecieron bajo el control de los asediadores.  A continuación, las embarcaciones se dirigieron hacia la zona de Coyoacan donde combatía Cristóbal de Olid. Y como se acabó la pólvora se despachó a uno de los bergantines a Iztapalapa a por el preciado polvo negro que entregó Gonzalo de Sandoval.

Después de esa gran victoria naval el metelinense decidió repartir los bergantines entre los tres reales: seis de ellos se encomendaron a Cristóbal de Olid, cuatro a Pedro de Alvarado y dos a Gonzalo de Sandoval. El bergantín más pequeño se decidió a pequeñas misiones de comunicación, alejándolo del combate ante el riesgo de que cayesen en manos mexicas.  Desde entonces el avance terrestre se practicó en todo momento coordinando las fuerzas navales con las terrestres. Mientras los tres batallones, encabezados respectivamente por Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval avanzaban por tierra las fustas lo hacían por el lago, frenando los ataques desde el lago. Se trataba de avanzar tanto por las calzadas como por el lago, cegando los puentes que los mexicas pasaban con estructuras móviles, para hacer avanzar a la caballería. Pero los naturales, que sabían cuál era el objetivo, por la noche recuperaban el espacio y liberaban de nuevo el paso.  Por ello, la flota de bergantines no solía actuar junta, sino que se repartían entre los tres grupos que avanzaban por cada una de las calzadas. Inicialmente cuatro unidades navales fueron asignadas a Pedro de Alvarado, seis a Cristóbal de Olid y los tres restantes a Gonzalo de Sandoval. Y a su vez, esas unidades eran divididas en dos grupos, cada uno protegiendo un flanco de la calzada. El avance se hacía siempre al unísono entre las tropas terrestres y las navales.

El tlatoani no se desanimó y trató de encontrar soluciones para frenar la acometida de la armada enemiga. Para empezar, dispuso la colocación de estacas afiadas en las orillas del lago para obstaculizar el desembarco de las fustas. Asimismo, continuó con la práctica de colocar en las canoas unos parapetos de madera para defenderse de las ballestas y de las escopetas, al tiempo que algunos caudillos blandían las espadas de acero arrebatadas a los españoles en la jornada de la Noche Triste. Asimismo, las canoas navegaban haciendo zigzag pues disminuía la eficacia de las armas de fuego empleadas por los hispanos. Por la mañana acometían a los asediadores y por la noche trataban de burlar el cerco para abastecer a la ciudad.

Las trece fustas y las canoas texcocanas fueron un arma fundamental en el asedio y conquista de Tenochtitlan. Si hubo dos elementos decisivos en la victoria final, fue el arma naval y las alianzas indígenas.

Con frecuencia, los mexicas tomaban la iniciativa lanzando ataques conjuntos con su flota de canoas. Eran frecuentes las incursiones contra Iztapalapa, donde estaba ubicado el batallón de Gonzalo de Sandoval. Asimismo, rompían el bloqueo a través de la calzada norte de Tepeyac. En otra ocasión fueron los hombres de Alvarado los que sufrieron grandes pérdidas ya que las estacas colocadas en las orillas del lago impidieron a las fustas acercarse para socorrerlos. Y, por último, también el propio metelinense sufrió una emboscada, donde salvó la vida por los esfuerzos de Cristóbal de Olea que perdió la vida en dicho lance. Una vez más los mexicas capturaron a un grupo de enemigos y los sacrificaron en el templo mayor durante la noche haciendo grandes festejos que atemorizaron a los españoles.

Sin embargo, la inferioridad de la armada tenochca era manifiesta. El propio Hernán Cortés destacó en sus Cartas de relación que las trece fustas fueron decisivas para conseguir la victoria final. Llega a decir expresamente que los trece bergantines fueron la llave de toda la guerra. Y tanta importancia le dio que decidió inicialmente quedarse él al mando de la fuerza naval, considerando, primero, la importancia que tenía, y segundo, que los tres reales estaban en manos de capitanes solventes.

Los mexicas tuvieron algunos éxitos puntuales, tanto en tierra como en el lago. En alguna emboscada consiguieron capturar a numerosos españoles, en una de ellas, hasta sesenta españoles y muchos más tlaxcaltecas. Pero también consiguieron algún éxito naval; los tenochca lo intentaron todo, pues incluso colocaban estacas en los márgenes del lago y después trataban de atraer a los bergantines para hacerlos embarrancar y acometerlos. Así consiguieron inmovilizar a varios de los bergantines a los que después era seguido de un asedio por una nube de canoas. Uno de ellos, el bergantín capitaneado por Juan Portillo fue tomado, muriendo éste en el enfrentamiento y resultando herido de gravedad Pedro Barba. Desconocemos porqué los tenochca no se apropiaron del bergantín, incorporándolo a su flota de canoas lo que hubiese reducido la diferencia entre ambas escuadras. Lo cierto es que fue la primera y única vez que los bergantines mordieron el anzuelo.

Pero salvo estas pequeñas victorias puntuales lo cierto es que el aporte del mando naval fue fundamental para la conquista de Tenochtitlan. Solo se avanzaba por tierra de manera fácil cuando de manera combinada las embarcaciones protegían a las huestes y sus aliados de los ataques sorpresa por vía naval. Asimismo, resultó decisivo el cerco asfixiante al que sometieron a los asediados, a quienes cortaron toda posibilidad de suministro por medio del lago.

En uno de los combates, Ixtlilxochitl, al mando de las canoas aliadas de los hispanos, consiguió apresar a su hermano Coanacoch que lideraba el contingente de canoas texcocanas que se mantuvo fiel a los tenochca. La mayor parte de este contingente de texcocanos aceptó el cambio de bando. Desde ese momento, los asediadores controlaban ya la plaza de Tlatelolco, y amenazaban ya directamente la plaza mayor, es decir, el corazón mismo de la ciudad. 

El destino de Cuauhtemoc fue igualmente aciago; el cacereño Garci Holguín fue el primero que llegó a su canoa y lo apresó, llevándolo sin hacerle daño ante su capitán. Contaba Antonio de Solís que el líder le preguntó a Cortés si acabaría con su vida, a lo que este le respondió, con la solemnidad que le caracterizaba, que no era su prisionero sino de un príncipe tan poderoso que no lo hay superior en toda la tierra, y tan benigno que de él podéis esperar no solo la libertad, sino el imperio, mejorado con el título de la amistad. Puro teatro porque, en realidad, pretendía hacer con él lo mismo que había hecho con su tío Moctezuma II. Era el tlatoani, el señor al que todavía entonces muchos obedecían, pese a haber perdido la guerra. De esta forma pretendía controlar a los vencidos y, de paso, evitar posibles insurrecciones. Además, esperaba que, antes o después, confesara dónde se encontraba el oro abandonado en la huida de la Noche Triste. Flaco favor la hizo al tlatoani que le pidió que acabase con su vida para morir con honor, como lo hacían los guerreros mexicas.

Tras la conquista de Tenochtitlan, el metelinense decidió proteger las embarcaciones por si eran necesarias para frenar un posible alzamiento indígena. Para ello designó a ochenta hombres al mando de Juan Rodríguez de Villafuerte para evitar que los naturales los quemasen. Poco después ordenó la construcción de unas atarazanas, donde mantuvieron dichas embarcaciones a resguardo. 

4.-VALORACIÓN FINAL

Las trece fustas y las canoas texcocanas fueron un arma fundamental en el asedio y conquista de Tenochtitlan. Si hubo dos elementos decisivos en la victoria final, fue el arma naval y las alianzas indígenas. El tlatoani Cuauhtemoc fracasó en su batalla lacustre por dos motivos:

Uno, por su inexperiencia en batallas navales, pues las canoas sólo las utilizaban para el transporte. Aunque la confederación mexica se extendía hasta orillas del Atlántico, siempre vieron con temor la inmensidad del océano de ahí que no construyesen embarcaciones para surcarlo, más allá de canoas y piraguas para la navegación rivereña y de cabotaje. Según Alonso de Zuazo, a diario 60.000 o 70.000 canoas grandes acudían al mercado de Tlatelolco, abasteciendo la ciudad de alimentos, agua y todo tipo de enseres. Sin duda, exageraba el jurista, pero sí es seguro que varios miles de canoas surcaban el lago Texcoco a diario. Y en la guerra las canoas las usaban exclusivamente para el desplazamiento de tropas, ignorando totalmente lo que era una batalla lacustre.

Y dos, por la aplastante superioridad de la fuerza naval hispana que contaban con igual número de canoas, proporcionadas por Texcoco, más las 13 chalupas. Se libró una batalla naval totalmente asimétrica ya que un solo bergantín podía destrozar en una acometida a más de una decena de canoas. De hecho, Juan Jaramillo, una noche realizó una incursión en la laguna y destruyó 12 canoas, entre grandes y chicas, matando a casi toda su tripulación. Sin embargo, es importante destacar que estos bergantines no luchaban solos, pues el señor de Texcoco, Ixtlilxochitl, ofreció varios miles de canoas que se sumaron a la fuerza naval hispana. A la armada se le encomendó la neutralización de la escuadra de canoas y piraguas de Cuauhtemoc y el control del cerco, para evitar que los sitiados se abasteciesen de noche.

Por tanto, la construcción de las fustas y su uso militar fue fundamental en la consumación del proceso. Tanto que incluso se ha dicho recientemente que el sevillano martín López fue el conquistador más importante después del propio Hernán Cortés y por delante de Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid o Pedro de Alvarado. Sin embargo, parece obvio que el trabajo desempeñado por el sevillano de construir modestas embarcaciones lo podrían haber realizado de manera casi idéntica otros carpinteros que había en la hueste.

PARA SABER MÁS

Mira Caballos, Esteban: “Hernán Cortés una biografía para el siglo XXI”. Barcelona, Crítica, 2021.

—–, “El arma naval en la conquista de Tenochtitlan”, Revista de Historia Naval, n. 154, 22021, pp. 89-106.

Montero García, Ismael Arturo: “La batalla naval por Tenochtitlan”, Antropología Americana, vol. 8, n. 115, 2023, pp. 73-110.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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