
(Colón, en el puerto de Palos, antes de embarcar)
El día antes de su partida, el 2 de agosto, Colón encomendó el cuidado de su hijo Diego a Juan Rodríguez Cabezudo y al clérigo Martín Sánchez, quienes lo debían trasladar a Córdoba, donde permanecería temporalmente junto a Beatriz de Arana. Y era provisional porque los soberanos se habían comprometido a acogerlos en la corte como pajes del príncipe don Juan, algo que se había acordado el 8 de mayo de 1492. A la muerte del príncipe heredero siguieron como pajes de la soberana.
Se ha especulado con la posibilidad de que se demorase la salida hasta el día 3 de agosto debido a que el día previo coincidía con la romería de la festividad de la Virgen de los Ángeles de la Porciúncula, vinculada a los franciscanos, en la que se podían obtener indulgencias. Otros han planteado la idea de que se retrasó hasta la fecha en la que expiraba el plazo para la salida de España de los judíos que no se hubiesen querido convertir. Sin embargo, cuesta creer que se tomase una decisión de ese calado por motivos festivos, espirituales o religiosos, y no por otros relacionados con el tiempo o el estado de la mar. Lo cierto es que en la madrugada del viernes 3 de agosto de 1492, unas horas antes de amanecer, la tripulación acudió al templo de San Jorge, donde se confesaron, escucharon misa y comulgaron, pues, pese a las promesas, no ignoraban que muchos de ellos no regresarían. El padre Las Casas, en cambio, afirma que se embarcaron el jueves 2 de agosto y que permanecieron en las naves hasta media hora antes de salir el sol del día siguiente, en que soltaron amarras. Esto ha llevado a pensar a Simón Wiesenthal que lo hizo porque el 2 de agosto acababa el plazo para la salida de los judíos de España y temía que algunos de los tripulantes fuesen perseguidos por la Santa Hermandad o por la Inquisición.
Aunque el propio Colón omitió cualquier referencia a estas ceremonias previas a la partida, sabemos por otras fuentes que todos procesionaron hasta el muelle, incluidos los religiosos de La Rábida, que permanecieron en el puerto hasta que las velas se perdieron en el horizonte. Efectivamente, al alba soltaron amarras del fondeadero del río Tinto, algo que, según cálculos de José Luis Comellas, ese día se produjo a las seis horas y catorce minutos de la mañana, y pusieron rumbo suroeste.

(Virgen de los Milagros, Monasterio de La Rábida)
Seis días después, exactamente el 9 de agosto, arribaron a la isla de Gran Canaria, tras una travesía relativamente tranquila, pues, aunque se afirmó que sufrieron mala mar, lo peor estaba aún por llegar, y no por motivos meteorológicos. La decisión de enrumbar hasta ese archipiélago resultó clave porque de haber navegado desde Palos rumbo oeste no habrían podido aprovechar los alisios y su viaje hubiese estado condenado al fracaso, como le había ocurrido pocos años antes a Van Olmen.
Para saber más:
Esteban Mira Caballos: Colón. El converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.
ESTEBAN MIRA CABALLOS

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