Esteban Mira Caballos

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COLÓN Y LA RÁBIDA

18:43 por administrador1 Dejar un comentario

La Rábida no solo era un centro devocional sino también científico donde se estudiaba astrología. Allí encontró Colón un apoyo decisivo, inicialmente por parte de fray Antonio de Marchena, astrólogo y custodio del cenobio, y después de fray Juan Pérez. Apenas conocemos algunas referencias de estos dos religiosos que jugaron un papel tan decisivo en la consumación del apoyo de la Corona.

Su amistad con fray Juan Pérez, a quien conoció en La Rábida en 1491, fue decisivo. No sabemos si era el padre guardián -el prior- o un fraile profeso, pero le ofreció toda su ayuda desde el primer instante. Y tan agradecido estuvo siempre el almirante que, en 1502, estando en la costa de Centroamérica, capturó a un indígena para que aprendiese la lengua castellana y lo bautizó con el nombre de Juan Pérez.

Cuando Colón estaba dispuesto a irse de Castilla a ofrecer su proyecto a otros monarcas europeos, fue fray Juan Pérez quien le pidió que confiase en él y se quedase. Le prometió tomar de inmediato cartas en el asunto, por lo que Colón permaneció en el monasterio, entre mayo y diciembre de 1491, siendo alimentado por los cenobitas, ya que por aquel entonces, según varios testigos, era «un hombre necesitado». Pérez seguía teniendo una cierta influencia sobre la soberana, de la que había sido confesor, por lo que decidió escribirle una apasionada misiva para que reconsiderara su apoyo.

El portador de la carta fue Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe, y aunque desconocemos su contenido, debió de ser lo bastante convincente como para que, inmediatamente después de su lectura, la soberana mandase llamar a Colón. ¿Hasta dónde le contó? Pues sospechamos que todo, es decir, que el genovés tenía la certeza de la existencia de tierras cercanas al oeste y que era la última oportunidad que tenía para evitar que se lo ofreciese a otros monarcas. Es posible que, junto a la misiva, insertase uno o varios de los llamamientos de otros príncipes, solicitando su presencia. Lo cierto es que la carta de fray Juan Pérez y los posibles anexos adjuntos fueron lo suficientemente convincentes como para que la soberana aceptase su proyecto con presteza, de momento sin consultarlo con su junta de sabios. Si se hubiera conservado esta epístola, es posible que supiésemos mucho más sobre las ideas que rondaban por la cabeza del navegante en torno a lo que esperaba encontrar al otro lado del océano.

Catorce días después de recibir la misiva llegó la respuesta, por mediación esta vez de Diego Prieto, vecino de Palos, que además portaba veinte mil maravedís para que se «vistiese honestamente» y se desplazase hasta la corte. Sin perder tiempo, Colón encargó a su amigo Juan Rodríguez Cabezudo y al clérigo Martín Sánchez que se hiciesen cargo de su hijo Diego, al tiempo que alquilaba al primero una mula ensillada. Pocos días después, pudo contemplar la rendición de la ciudad nazarí, el 2 de enero de 1492, cuando Boabdil entregó la plaza a cambio, como se había hecho en otras ocasiones, de permitir el credo islámico y de respetar sus bienes.

Tras ciertos contratiempos finalmente acordaron reunirse en Santa Fe para pactar una capitulación. Por la parte del capitulante intervino el ya citado fray Juan Pérez, al que Colón le entregó un extenso memorial con todas sus peticiones. Por parte de los soberanos fue comisionado Juan de Coloma, secretario de la chancillería aragonesa, dada la implicación que desde un primer momento había tenido este reino. Juan de Coloma, había sido secretario de Juan II de Aragón y mantuvo su puesto durante los primeros años del reinado de Fernando. Hay que destacar la importancia activa que tuvieron estos dos personajes en la redacción del texto, pues fueron algo así como árbitros de lo que finalmente se redactaría. Hubo tiras y aflojas, sobre todo por las desmesuradas peticiones del navegante. Aunque el texto fue redactado por la cancillería castellana, el original quedó registrado en los repositorios de la Corona de Aragón, dada la implicación del rey de Aragón y de Coloma. Tras varios días de negociaciones, finalmente se aceptó, y tanto los soberanos como el navegante estamparon sus firmas. Ese día, el 17 de abril de 1492, se convirtió en una fecha clave en la historia de la humanidad.

Algunos autores afirman que fray Juan Pérez, el franciscano de La Rábida amigo de Colón, viajó en la armada, incluso, según Bartolomé de Las Casas, ofició la primera misa en el continente americano. De la noticia se hizo eco un cronista del siglo XVIII como José Martín de Palma que escribió lo siguiente:

“Colón, habiendo navegado de(sde) su salida del puerto de Palos 1.200 leguas, descubrieron entre otras islas La Española, siendo los primeros que predicaron, levantaron altares, pusieron cruces, imágenes, bautizaron y celebraron misa en la Nueva España fray Juan Pérez, religioso franciscano, guardián de la Rábida…”

Es curioso porque fue Bartolomé de Las Casas el que lo dijo, pero por aquellas fechas aún no se había publicado su Historia de las Indias que no se editó hasta 1876. Por tanto, está claro que circulaban otras fuentes por ahí que sostenían esta posibilidad que niegan rotundamente los estudiosos fray Ángel Ortega y Antonio Rumeu de Armas.

El caso es que, desde 1492, desaparecieron de la historia tanto fray Juan Pérez como fray Antonio de Marchena, dos personajes que resultaron decisivos en la consumación de esa gran empresa que fue el descubrimiento de América.

PARA SABER MÁS

Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2026.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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