
El análisis de los fundamentos sobre los cuales se edificó el dominio español en el Nuevo Mundo ha estado tradicionalmente atrapado en un binarismo estéril que distorsiona la compleja realidad histórica del siglo XVI. Por un lado, la corriente hispanófila, espoleada por discursos contemporáneos, que tiende a idealizar el imperio, presentándolo como un ente integrador de matriz clásica que transformó rápidamente a indígenas, mestizos y africanos en ciudadanos plenos con derechos asimilables. Un relato que ha buscado blanquear los traumas de la conquista bajo el manto de una supuesta misión civilizadora de la Corona. Por el otro, el enfoque decolonial y liberal dominante que insiste en interpretar el entramado institucional indiano de manera monolítica, considerándolo exclusivamente como un aparato de opresión estructural, diseñado para legitimar la discriminación racial, la explotación laboral forzada y el exterminio de las poblaciones nativas.
Ante este panorama saturado de posturas dogmáticas, Jorge Cañizares-Esguerra y Adrian Masters, en su obra The Radical Spanish Empire,proponen un planteamiento que desmonta ambas narrativas, cambiando el eje de la historiográfica tradicional. Los autores no niegan la violencia inicial, la esclavitud encubierta de los indígenas y las oleadas epidémicas, pero desplazan el debate hacia las bases sociales, formulando preguntas disruptivas sobre quiénes construyeron verdaderamente el imperio y a través de qué mecanismos consiguieron moldearlo.
La tesis central de la obra sostiene que el orden virreinal, consolidado hacia la década de 1570, no fue el resultado de un plan orquestado desde la metrópoli sino el producto imprevisto de una actividad política y jurídica promovida desde abajo, por sectores muy heterogéneos de la sociedad indiana. Los autores tratan de demostrar que el poder de la metrópolis era demasiado lejano y distante como para conocer la realidad indiana. La Corona carecía de un monopolio efectivo del poder y de la violencia coercitiva de este que, en cambio, controlaban los encomenderos y los caciques locales. Por ello, hicieron una alianza estratégica con una multitud de vasallos del común, plebeyos, indígenas y africanos, que utilizaron las instituciones reales para socavar las pretensiones tiránicas de las élites criollas.
Y la tesis central de los autores es que el instrumento principal que posibilitó esta transformación estructural y la invención misma de América no fue la espada del conquistador ni la imprenta eurocéntrica, sino un vastísimo océano de papel manuscrito que dio origen a una política de la documentación o una guerra jurídica popular. Al abrir canales de apelación, petición y auditoría como mecanismos para contrapesar el poder de los gobernantes locales, la burocracia real propició una movilización jurídica sin parangón en la historia moderna, en la cual participaron activamente millones de sujetos tradicionalmente considerados pasivos o marginados. La abundancia documental que custodian los archivos coloniales es el testimonio vivo de esta incesante actividad jurídica, en la que las comunidades indígenas, los esclavos, las mujeres y los estratos más bajos de la sociedad recurrieron al envío de peticiones, memoriales y pleitos para defender sus intereses, reclamar privilegios o denunciar los abusos de los señores locales. Al canalizar sus conflictos a través de la justicia ordinaria, estos pleiteantes transformaron el poder simbólico de la Corona en el mediador legítimo entre las facciones en pugna, redefiniendo el concepto de absolutismo y convirtiendo el espacio de las Indias en un territorio político radicalmente nuevo. De este modo, la burocracia indiana, lejos de ser simple aparato de control desde arriba, se transformó en un foro de negociación permanente donde las leyes eran propuestas, modificadas y reformadas regularmente.
Este fenómeno de apropiación instrumental de las herramientas jurídicas castellanas por parte de los sectores subalternos se ilustra con nitidez en el análisis del caso de Tlaxcala, una provincia cuya evolución histórica desafía las interpretaciones convencionales que asimilan la conquista con una aculturación o hispanización pasiva. Los tlaxcaltecas demostraron una extraordinaria capacidad política para preservar su autonomía jurídica, aprovechando mejor que nadie su alianza inicial con los conquistadores.
Asimismo, el surgimiento de un núcleo como la Villa Imperial de Potosí a la sombra del gran yacimiento argentífero fue debido a la confluencia de cientos de pequeños empresarios, ingenieros y mercaderes indígenas que lograron ascender socialmente y convertirse en señores dentro de un entorno muy competitivo. Este paisaje de innovación minera no surgió de las directrices de una burocracia distante, sino de los contratos, alianzas y litigios de una masa de trabajadores y empresarios ladinos que supieron canalizar sus demandas ante las autoridades coloniales. Es precisamente de este tejido de interacciones cotidianas y violentas batallas de papel de donde surgieron las normativas y ordenanzas que regularon la minería andina, demostrando una vez más que las Indias fueron moldeadas por las acciones e iniciativas de millones de individuos y no por los dictados teóricos de la Corona, ni siquiera de los funcionarios reales.
En definitiva, los autores ofrecen una reinterpretación del Imperio de los Habsburgo, desde la base social y no desde arriba lo que permitió su supervivencia hasta el siglo XIX. Un relato que se queda a medio camino entre el hispanista que defiende la gesta civilizadora y el discurso decolonial que habla de esos absurdos perdones.
Es reseña de:
Jorge Cañizares-Esguerra y Adrián Master: The radical Spanish empire. How paperwork politics remade the Newworld. Harvard University Press, 2026.
Esteban Mira Caballos
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