Esteban Mira Caballos

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LOS DÍAS PREVIOS AL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA: INCERTIDUMBRE ANTE LO DESCONOCIDO

13:38 por administrador1 Dejar un comentario

Desde el 16 de septiembre se adentraron en el llamado Mar de los Sargazos y encontraron mucha hierba en el agua, pues se trata de una zona de confluencias de corrientes donde se suele acumular vegetación, algas, crustáceos y otros objetos flotantes. Aunque no entorpecía la navegación, más allá de la falta de vientos, muchos pensaban que podían ocultar peñas en las que podrían naufragar, por lo que comenzaron las primeras murmuraciones contra Colón. Sin embargo, seis días después, el 22 de septiembre, se produjo un hecho que relajó bastante los ánimos: el almirante anotó en su diario que sopló viento contrario, lo que vino muy bien porque eran muchos los que aseveraban que siempre ventaba en dirección oeste y que nunca encontraría corrientes de poniente para regresar. Esta idea de que no soplaba de oeste a este estaba muy generalizada, no solo entre los marinos sino incluso entre algunos sabios de su tiempo. De hecho, según su hijo, uno de los motivos que esgrimió la junta de cosmógrafos, presidida por Talavera, para rechazar su plan es «que le sería imposible dar la vuelta». Y es que a finales del siglo xv seguía imperando la convicción de que, al margen de las insalvables distancias, los vientos, las barreras vegetales y las corrientes impedían atravesar el extensísimo Mar Tenebroso. Afortunadamente, además del viento contrario, ese mismo día y el siguiente divisaron pájaros, algunos de los cuales identificaron como tórtolas y alcatraces, lo que contribuyó a la tranquilidad porque dedujeron que estaban cerca de encontrar tierra. Estos avistamientos los anotó de manera ponderada en su diario, siempre con la idea de que sus hombres mantuviesen la esperanza. A bordo se vivía todo un carrusel de emociones, pasando en cuestión de horas de la ilusión a la desilusión y viceversa.

El 25 de septiembre, cuando aún quedaban algo más de dos semanas para arribar a las Bahamas, Martín Alonso Pinzón y buena parte de la dotación creyeron ver tierra, por lo que las tres tripulaciones se arrodillaron dando gracias al Creador, entonando el Gloria in excelsis Deo. Estuvieron todo el día pensando que la habían encontrado y el propio Colón estimó que se encontraban a menos de veinticinco leguas. Por desgracia para todos, de la alegría pasaron a la más profunda desazón cuando, al día siguiente, tuvieron la certeza de que había sido un mero espejismo, seguramente debido a las brumas avistadas en el horizonte, sobre las algas marinas. Y es que está claro que cada uno ve lo que quiere o desea ver, y en este caso había cerca de un centenar de personas ansiando divisar tierra.

Desde primeros de octubre las jornadas se tornaron muy tensas, una situación que se fue agravando a medida que pasaban las horas y los interminables días. Y todo ello pese a que Colón había estado reduciendo intencionadamente la distancia diaria recorrida, llevando una doble contabilidad, como él mismo reconoció, para evitar que la gente se «espantase y desmayase» al ver recorrer tanto camino sin llegar a buen puerto. El mismo 1 de octubre informó a todos que habían recorrido ya quinientas ochenta leguas cuando en realidad sabía que habían sido más de setecientas. Bien es cierto que no era difícil mantener el engaño pues la distancia se medía a estima, considerando la fuerza del viento, el velamen, la estiba, etc., con un amplio margen de error. Pero a estas alturas ya nadie se fiaba, seguían sin divisar tierra, y aunque llevaba esa doble contabilidad del camino recorrido, la tripulación comenzó a impacientarse de manera ostensible.

El 6 de octubre volvieron a observar una bandada de aves que volaban en dirección suroeste, por lo que Martín Alonso Pinzón se aproximó a la Santa María y propuso al capitán que siguiesen la dirección de esos pájaros, cambiando el rumbo oeste por el de suroeste. Hay que tener en cuenta que las aves migratorias tienen un sentido de la orientación muy superior al del ser humano, por lo que durante siglos fueron un referente para los marinos. Sin embargo, Colón hizo caso omiso, lo que contribuyó a que los ánimos se caldeasen, hasta el punto que, en la madrugada del 6 al 7, se produjo el primer motín, encabezado en esta ocasión por los cántabros, que amenazaron con arrojarlo por la borda si no daba media vuelta. Hay que aclarar que cuando las fuentes hablan de cántabros se refieren a personas del norte, lo mismo a un santoñés como Juan de la Cosa que a vascos, a los que con frecuencia se les llamaba vizcaínos. Aunque el suceso lo ocultó en su diario, todo parece indicar que fue un problema serio que le obligó a disparar una lombarda para llamar la atención de los pinzones, que estaban al mando de la Pinta y la Niña. Tras reunirse con ellos, obtuvo la ayuda inestimable de Martín Alonso, que consiguió controlar la situación. No debe de ser casualidad el hecho de que para aquella fecha ya hubiesen recorrido las setecientas cincuenta leguas que eran precisamente las que estimaba el ligur que distaban de Canarias los territorios que pretendían alcanzar.

Tan sugestionados estaban con hallar tierra que el 7 de octubre la Niña disparó un tiro de lombarda, como estaba acordado, porque otra vez creyeron ver. Ante este nuevo fiasco se acordó que solo se dispararía la salva artillera cuando se estuviese totalmente seguro del avistamiento, y el que errara ya no podría concursar en adelante por la merced que concedía la Corona para el primero que la divisase. Pero entonces observaron una nueva bandada de aves que volaba en la misma dirección, es decir, suroeste, e interpretaron que se dirigían a tierra, una nueva señal que ya no podía eludir, teniendo en cuenta que los ánimos estaban muy caldeados. Esa misma tarde, Colón decidió seguir la opinión mayoritaria de la marinería, y en especial de Martín Alonso Pinzón, y cambiar el rumbo, lo que los encaminó directamente a las Bahamas. De no haber modificado su trayectoria hubiesen arribado, varios días después, a la costa occidental de La Florida, cambiando parcialmente el devenir de los acontecimientos.

Por esas fechas, Colón ya sabía que estaban muy cerca de tierra porque en su contabilidad secreta había superado con creces la distancia a la que estimaba se encontraba la fabulosa isla de Cipango. Además, cada vez había más señales de la cercanía de tierra, como juncos, cañas verdes, palos cortados, peces que no se solían alejar de la costa y aves, como pardelas, lo cual no escapó a su sutil mirada. Ello no impidió que la situación se volviese ya casi insostenible desde el 9 de octubre, aunque él volvió a minimizar el asunto en su diario, al mencionar simplemente que la gente se quejaba de la larga singladura. Al día siguiente se produjo una nueva asonada general, y, por tanto, muy peligrosa, en la que estuvieron a punto de detenerlo o, incluso, de arrojarlo al mar, pues decían los amotinados que, siendo extranjero, nadie les pediría cuentas. Según un marinero de la Niña, Francisco de Morales, se juntaron los tres maestres en la Santa María y le dijeron que diese media vuelta porque no solo no había tierra, sino que, si avanzaban más, la dirección de los vientos no les permitiría regresar. La situación se tornó extremadamente tensa y Colón solo la consiguió controlar, una vez más, con la inestimable ayuda de Pinzón, quien los tranquilizó con dos argumentos: uno, convenciéndoles del error que suponía asesinarlo, porque, si sobrevivían, tendrían que rendir cuentas ante los reyes. Y otro, pidiendo un voto de confianza, es decir, que le ofreciesen un plazo de tres o cuatro días y, si en ese intervalo no llegaban a buen puerto, se podrían volver los que quisiesen, con alguna o algunas de las embarcaciones. Colón estaba convencido de que antes de finalizar ese plazo encontrarían tierras, primero, porque sabía que habían recorrido mucho más de setecientas leguas, aunque dijese que eran algo menos de seiscientas, y segundo, porque desde el 20 de septiembre vislumbraba claros indicios de su cercanía: la presencia continua de alcatraces y de hierbas arrancadas de las rocas evidenciaba su proximidad. Obviamente, no agotaría el plazo.

El 11 de octubre, en torno a las diez u once de la noche, Colón apreció en cuatro ocasiones lumbres a lo lejos e hizo llamar en secreto a dos oficiales, el repostero Pedro Gutiérrez y el veedor y contador de la armada Rodrigo Sánchez de Segovia. El primero ratificó la existencia de dichos destellos, aunque no el segundo. Pero fuese real o no, lo cierto es que ya estaba seguro de que en breve se iba a producir el avistamiento, por lo que puso en máxima alerta a las tripulaciones, pidiéndoles que abriesen bien los ojos y redoblasen la vigilancia. Poco después, un marinero, natural de Lepe, acudió a decir que había observado lumbres, pensando en cobrar la recompensa, aunque le advirtieron que el propio capitán ya lo había visto antes. Además de los diez mil maravedís a perpetuidad que había ofrecido la soberana, Colón prometió un jubón de seda al primer vigía que la divisase.

Había luna llena, de ahí que se pudiese otear bien el horizonte. La Pinta, como casi siempre, iba en vanguardia cuando se divisó tierra a dos leguas de distancia. Fue Rodrigo de Triana, encaramado al palo mayor, quien profirió el famoso grito de ¡tierra! Segundos después, siguiendo lo acordado, se disparó desde la Pinta un tiro de lombarda y se alzaron las banderas. Eran aproximadamente las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492 y Colón ordenó de inmediato a las tres naves ponerse al paire o a la cuerda, arriando las velas para no avanzar. Con muy buen criterio, decidió esperar a las luces del alba para navegar, ya que estaban en aguas desconocidas y podían sufrir un percance, al tocar algún bajío. Eso sí, aprovecharon el parón para celebrar un solemne y sentido Te Deum laudamos, en acción de gracias por haber llevado a buen término su aventura. Según el padre Las Casas, muchos tripulantes, con lágrimas en los ojos, acudieron ante él pidiéndole disculpas por haber dudado y ofreciéndose a servirle en el futuro en todo lo que ordenase.

Para saber más:

Esteban Mira Caballos: “Colón. El converso que cambió el mundo”. Barcelona, Crítica, 2025.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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