Esteban Mira Caballos

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CRISTÓBAL COLÓN Y SU ESPÍRITU MESIÁNICO

22:08 por administrador1 Dejar un comentario

Colón estaba imbuido de ese espíritu mesiánico tan arraigado entre los franciscanos, convencidos de que el Juicio Final se produciría cuando la palabra de Dios hubiese llegado a todos los rincones del mundo. De ahí las conversiones masivas de indígenas, que guardaban bastante relación con las que encabezó el cardenal Jiménez de Cisneros en la península Ibérica poco antes del Descubrimiento. Por ello estimaba que los soberanos debían mostrar gran alegría por haber encontrado miles pueblos indígenas dispuestos a convertirse al cristianismo. Se debía implantar al otro lado del charco una nueva cristiandad, libre de las taras que se habían derivado en Europa, compensando el traumático avance de la Reforma. Después de su cuarto viaje, terminó de compilar, con la ayuda de su amigo fray Gaspar Gorricio, su texto profético, aunque lo esencial de la obra lo tenía preparado en 1502, cuando predijo el fin de los tiempos, basándose en san Agustín. El libro es una recopilación desordenada de citas bíblicas que nunca fue terminado de componer ni ordenar.

Según el santo de Hipona, el fin del mundo llegaría siete milenios después del nacimiento de los sacros teólogos, por lo que calculaba, en 1502, que faltaban ciento cincuenta y cinco años para el cumplimiento de los siete mil, situando este evento en el año 1657. Un año que no sería para nada halagüeño, aunque distó mucho de producirse el fin de la vida terrena, apenas un tsunami en la ciudad de Concepción, en Chile, un mortífero incendio en Tokio, que dejó cien mil fallecidos, o el ataque inglés al puerto de Santa Cruz de Tenerife. Por lo demás, a diferencia de 1659, no fue un mal año agrícola, por lo que la gente, al menos en España, no padeció especialmente la hambruna. Está claro que Colón era un gran entendido en las cosas del mar, pero no se le daba nada bien hacer de profeta o adivino.

No cabe ninguna duda de que es sincero cuando habla de su providencialismo y de la recuperación de los Santos Lugares, pero tampoco se puede negar su ambición, quizá no tanto económica como de reconocimiento social. Su obsesión por la obtención de oro era manifiesta, aunque fuese por garantizar el apoyo real a su empresa, y como dicen los cronistas recibió una gran alegría cuando vio muestras de oro en su primer contacto porque entendía que eran muestras de riquezas y tesoro. Tal fue su afán áureo que solo en su diario de a bordo citó el oro en sesenta y cinco pasajes y continuamente se fija en las hojuelas y granos martilleados que los indígenas llevaban colgados de las narices y de las orejas. Cuando se dio cuenta de que no había metal precioso y especias en las cantidades imaginadas, se involucró en el tráfico de esclavos indígenas.

PARA SABER MÁS:

Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.

Archivado en:Historia de America Etiquetado con:1657, América, Cristóbal Colón

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