Esteban Mira Caballos

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UNA CONQUISTA PACTADA. LOS CASOS DE LA CONFEDERACIÓN MEXICA Y DEL TAHUANTINSUYO

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1.-Introducción

Tradicionalmente se ha analizado la conquista de América como una empresa protagonizada por un puñado de desorganizadas huestes que acabaron conquistando América. La superioridad de las armas de fuego, la caballería, y el empleo de las tácticas de guerra europeas usadas por las huestes permitieron el sometimiento de extensas áreas, con recursos muy limitados y en un lapso de tiempo muy breve. Sin embargo, en los últimos años se ha demostrado que ni la conquista ni la administración de las Indias hubiese sido posible sin el carácter pactista de todo el proceso. Hoy pocos dudan que la conquista fue protagonizada por un grueso de tropas indígenas que actuaron de manera activa no solo en la Conquista sino también durante la época virreinal, como milicias armadas o como administradores necesarios. Estos pueblos, a la llegada de los españoles, poseían una larga tradición de enfrentamientos y alianzas entre ellos y tomaron sus propias decisiones en función a sus intereses, muchos pactando con los recién llegados y otros resistiendo.

Este sistema de pactos fue practicado a lo largo y ancho del continente americano, igual que hicieron otros estados expansivos antes y después. Incluso, los propios incas habían extendido su imperio combinando las campañas militares con una amplia red de pactos y tratados con los diferentes grupos étnicos a los que sometían. Unas alianzas que comenzaron con Cristóbal Colón quien se alió con el cacique de Marien, Guacanagarí. Huelga decir, como demostró Demetrio Ramos, que la iniciativa la tomó el cacique que desde un primer momento mandó a sus hombres con presentes para suscribir esa coalición. Este aprovechó la oportunidad para vengarse de sus tradicionales enemigos, Caonabo, del cacicazgo de La Maguana, y Beechio. Pero no fue el único cacique de la isla que intentó pactar con los españoles; según el doctor Chanca a la llegada de los españoles a la isla, en la segunda travesía descubridora, se les acercó un grupo de naturales enviados por Guarionex que le rogaba que fuesen a su tierra que tenía mucha comida y mucho oro.  Este nuevo pacto no se sustanció, pero se observa, una vez más, el papel activo de estos indígenas.

El 27 de marzo de 1495 se libró la primera batalla del Nuevo Mundo, en la zona de La Vega, en La Española. En un bando estaba el almirante con dos centenares de españoles y un millar de indígenas amigos, encabezados por varios hombres de a caballo y una jauría de perros. En el otro lado había una coalición de caciques encabezada Guatiguaná que resultó derrotada. Medio centenar de ellos fueron embarcados como esclavos en la flota que zarpó para Castilla el 24 de febrero de 1495 al mando de Antonio de Torres.

Después de estos sucesos iniciales en La Española, le siguieron cientos de jefaturas, tribus, e incluso, bandas, a lo largo y ancho del continente americano que contribuyeron decisivamente a la victoria de los hispanos. En muchas zonas de América, más allá de las áreas estatalizadas mesoamericana y andina, hubo en el bando vencedor un pequeño grupo de españoles junto a una mayoría de pueblos indígenas. Ya cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo o José de Acosta, sostuvieron que sin estas alianzas con los naturales la conquista hubiese sido imposible. Es más, algunos como Juan de Solórzano interpretó que la división de los indígenas fue obra de Dios que facilitó así su conquista por los cristianos.

Ahora bien, este carácter pactista que hemos comentado no puede encubrir que también hubo muchos grupos que nunca aceptaron el pacto y plantaron cara desde un primer momento a los españoles. Fue el caso de los taínos de Borinquén que, en 1511 se levantaron contra los extranjeros, acaudillados por Agüeybaná el Bravo, aunque fueron sometidos a sangre y fuego, y varias decenas de ellos acabaron esclavizados. Asimismo, hubo áreas extensas, como los Llanos venezolanos o la Araucanía, donde se mantuvo la resistencia durante buena parte de la época colonial. También en la zona de Colombia, algunos grupos como los panches, mantuvieron su rebeldía hasta el final, pese a la acometida de los españoles y de los caciques aliados de estos.

2.-La conquista de la confederación mexica

En el área mesoamericana había un secular enfrentamiento entre señores, y una parte de estas élites se alió con los hispanos en un desesperado intento por mantener o ampliar sus privilegios. Los totonacas, tlaxcaltecas, chalcas, otomíes y huejotzingos fueron los grandes aliados en la conquista de la confederación mexica. Hernán Cortés, conforme iba sometiendo pueblos, por pequeños que fuesen, solicitaba la entrega de hombres que usaba en su posterior expansión como soldados o como porteadores. De manera que, de un día para otro, los enemigos se transformaban en amigos, aumentando su potencia y su prestigio para la próxima acometida.

Su modus operandi era siempre el mismo: primero, trataba de alcanzar un acuerdo y solo en caso de resistencia los sometía militarmente. Y segundo, una vez sojuzgados, ejecutaba a la cabeza visible, colocaba en su lugar al heredero que le correspondiese y suscribía un trato para conseguir su coalición. Siempre evitaba dejar vacíos de poder de manera que, si debía ejecutar al cacique rebelde, siempre colocaba en el poder a su legítimo sucesor.

El mayor éxito político de Hernán Cortés fue su pacto con los altepetl de Tlaxcala. Los tlaxcaltecas se sumaban a cempoaleses y totonacas en una formidable coalición que estaba ya en condiciones de enfrentarse a la confederación mexica. Tras la alianza con los tlaxcaltecas, los españoles fueron los estrategas y el grupo de élite, mientras que el grueso de las tropas estuvo formado por indígenas. Incluso, durante el asedio de Tenochtitlan, ante la escasez de fuerzas europeas, los huejotzingos, que eran tradicionales enemigos de los de Chalco, acudieron en ayuda de estos que estaban siendo asediados por los mexicas. Ya con posterioridad a la caída de Tenochtitlan, las expediciones de conquista y pacificación de Nueva Galicia, Zacatecas, Coahuila y toda Centroamérica contaron con el protagonismo y la participación masiva de naturales de muy distintas etnias mesoamericanas, como tlaxcaltecas, mexicas, totonacas, zapotecas, mixtecos, tarascos o purépechas y otomíes, entre otros.

Resulta obvio que el metelinense nunca pretendió enfrentarse solo a los mexicas, porque sabía que su inferioridad numérica le habría llevado al fracaso, como ya le ocurrió poco tiempo antes a Francisco Hernández de Córdoba. Lo cierto es que, Cortés, consciente de ello, practicó frecuentemente los halagos y los regalos para granjearse la voluntad de unos y de otros. Era bien conocedor de la política defensiva de los indígenas que consistía en la tierra quemada, es decir, en desabastecerlos de alimentos para que desistieran o perecieran de inanición. Al obtener apoyos locales pudo abastecerse de comida en las fases fundamentales del proceso. Bien es cierto que, en la última etapa, cuando ya se entreveía su victoria, practicó menos halagos y se mostró mucho más intransigente con las costumbres o los excesos de sus aliados.

Los tlaxcaltecas se consideraron a sí mismos conquistadores y gozaron del derecho a llamarse así, capitalizando mejor que nadie su papel de aliados y colaboradores. De hecho, terminaron creando su propia memoria colectiva, diferenciada de la de otros reinos de Mesoamérica, obteniendo grandes privilegios y exenciones tributarias. Bien es cierto que no todos los tlaxcaltecas fueron fieles, pues, Xicohtencatl el joven lideró una facción opuesta al pacto, y, de hecho, terminó siendo ahorcado por orden de Hernán Cortés. Quizás eso explique que, en el inventario de sus bienes, que se realizó en su palacete de Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron ciento ochenta y ocho indígenas esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. Sin embargo, los tlaxcaltecas siempre trataron de capitalizar su alianza, ocultando este punto oscuro, cuyo máximo exponente fue el joven Xicohtencatl.

Asimismo, buena parte de la capacidad estratégica que tradicionalmente se atribuye a los conquistadores se debía más bien a los aportes de la inteligencia militar de los propios aliados indígenas. La alianza de Hernán Cortés con el tlatoani texcocano Ixtlilxochitl resulto esencial, pues conocía bien los posibles accesos a Tenochtitlan y sus puntos débiles, proporcionando una información clave a Hernán Cortés.

Tras setenta días de asedio de la capital mexica, Cuauhtemoc viendo todo perdido, decidió huir en canoa, con la idea de reorganizar la defensa en otro lugar, quizás en Azcapotzalco. Pero no pasó desapercibido y fue interceptado en medio del lago Texcoco por las fustas de los españoles. Era el martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito; La toma de Tenochtitlan había concluido. Con ella caía finalmente el quinto sol mexica y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría. 

3.-La conquista del Tahuantinsuyo

A la llegada de los españoles al Tahuantinsuyo, éste se encontraba inmerso en una guerra civil entre los hermanastros Huáscar y Atahualpa que estaba ganando este último. Sin embargo, por desgracia para Atahualpa, la llegada de las huestes españolas cambió el rumbo de los acontecimientos. En un primer momento los partidarios de Huáscar vieron en los extranjeros la posibilidad de dar la vuelta a la contienda. La temprana ejecución del curaca de la Puná, Tumbalá, partidario de Atahualpa, hizo albergar vanas esperanzas. No tardaron en desilusionarse, cuando vivieron de primera mano que el enemigo lo que buscaba era la conquista de su imperio lo que a la postre traería la destrucción total de su monarquía. Otros, en cambio, como ya hemos afirmado, cuando los vieron aparecer, pensaron que era su oportunidad de resarcirse de la tiranía impuesta por los incas. No olvidemos que el poder de estos se fundamentaba en el temor de los pueblos conquistados, para evitar cualquier intento de rebelión.

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Efectivamente, Francisco Pizarro, como casi todos los conquistadores españoles, contó con un ejército de aliados, formado fundamentalmente por cañaris, chancas y chimúes. La importancia de estos aliados nativos es algo que ya destacaron en el mismo siglo XVI, cronistas como Garcilaso de la Vega o Felipe Guamán Poma. Estos destacaron que el Tahuantinsuyo se ganó con tanta rapidez debido a la división de los naturales, frente a la tiranía del inca. Al igual que había ocurrido en Mesoamérica, en el área andina se produjo una alianza con los señores étnicos lo que permitió a estos últimos conservar una parte de su poder. Una vez más, hay que subrayar que los conquistadores lo cambiaron todo, pero entre los grupos enfrentados hubo siempre una aplastante mayoría de indígenas.

Es conocida la alianza de Francisco Pizarro con Martín Cajacimcim, curaca del valle de Moche, en el corazón del antiguo imperio Chimú. Este reino había sido sometido entre los años 1470 y 1475 y vieron en la llegada de los extranjeros una oportunidad para recuperar una parte del poder perdido. El trujillano estableció con ellos lazos fraternales que le ayudaron en la conquista y a los que, a cambio, concedió cierta autonomía y algunos privilegios. Tampoco los naturales de la región de Huamanga estaban totalmente asimilados, pues habían sido sometidos también entre 1460 y 1470, siendo aún frágil su lealtad. La mayoría de ellos habían sido dominados durante el reinado de Túpac Yupanqui (1438-1471), sufriendo deportaciones masivas, como mitimaes, es decir, como desterrados. En el caso de los chachapoyas, se trataba de una cultura desarrollada en la selva, al noroeste del Perú, que mantuvieron una resistencia encarnizada hasta su derrota final en torno a 1470. La fidelidad de los chachapoyas a los españoles se prolongó en el tiempo, incluso, durante la rebelión de Manco Inca y en las guerras civiles, militando en el bando del virrey La Gasca. Por su parte, los cañaris, fueron integrados en el incario por Túpac Yupanqui y Huayna Cápac quienes deportaron a más de treinta mil personas a la zona de Cusco. El sojuzgamiento total de los pueblos del actual Ecuador culminó asimismo con Huayna Cápac quien, pese a su resistencia, venció a los Cayambe y a los Caranqui.

Estas alianzas permitieron a las huestes españolas entrar en la capital del incario, Cusco, el sábado 15 de noviembre de 1533, justo un año después de la ocupación de Cajamarca, sin encontrar resistencia. Y no la hubo porque Quizquiz se había encargado de matar o de deportar a casi todos los varones capaces de empuñar un arma. Y los que quedaban debieron pensar que los españoles los liberarían definitivamente del yugo del quiteño, que había gobernado la ciudad con mano de hierro.

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

PUBLICADO CON APARATO CRÍTICO EN:

Esteban Mira Caballos: “Una conquista pactada. Los casos de la confederación mexica y del Tahuantinsuyo”, Blancos, pardos y morenos. Cinco siglos de americanos de España en el ejército. Madrid, Ministerio de Defensa, 2024, pp. 61-69.

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