
Pese a los deseos de los soberanos de controlar el poder de los señores, otorgaron al ligur unas extraordinarias prerrogativas, tantas que antes o después estaba claro que llegaría el conflicto. Las gestiones previas a su firma se hicieron a través de terceras personas, que estuvieron negociando durante varias semanas. Por la parte del capitulante intervino el ya citado fray Juan Pérez, al que Colón le entregó un extenso memorial con todas sus peticiones. Por parte de los soberanos fue comisionado Juan de Coloma, secretario de la chancillería aragonesa, dada la implicación que desde un primer momento había tenido este reino. Juan de Coloma, había sido secretario de Juan II de Aragón y mantuvo su puesto durante los primeros años del reinado de Fernando Hay que destacar la importancia activa que tuvieron estos dos personajes en la redacción del texto, pues fueron algo así como árbitros de lo que finalmente se redactaría. Hubo tiras y aflojas, sobre todo por las desmesuradas peticiones del navegante. Aunque el texto fue redactado por la cancillería castellana, el original quedó registrado en los repositorios de la Corona de Aragón, dada la implicación del rey de Aragón y de Coloma. Tras varios días de negociaciones, finalmente se aceptó, y tanto los soberanos como el navegante estamparon sus firmas. Ese día, el 17 de abril de 1492, se convirtió en una fecha clave en la historia de la humanidad.
El contenido del documento ha sido siempre muy discutido, para empezar porque, como hemos dicho, una copia del mismo se depositó en los fondos documentales del reino de Aragón, y no en los de Castilla y León El otro original lo conservó el almirante, que lo depositó en su archivo privado, en el convento sevillano de Santa María de las Cuevas, hasta su desaparición. De este último original sacó un traslado, el 16 de diciembre de 1495, que sirvió de modelo para la ratificación de la misma, otorgada en Burgos, el 23 de abril de 1497. Por tanto, se conserva la copia del original del Archivo General de Aragón y el traslado ratificado de 1497, que se encuentra en los repositorios del Archivo General de Indias.
Llama la atención que, siendo un texto tan relevante, esté redactado en términos bastante ambiguos y contenga detalles que han dado lugar a grandes controversias. Bien es cierto que solo adquirió relevancia después de que la expedición regresase, porque de lo contrario no hubiese pasado de ser un manuscrito anecdótico. Asimismo, se ha discutido mucho en torno al tiempo verbal utilizado: «Las cosas suplicadas y que Vuestra Alteza dan y otorgan a don Cristóbal Colón de lo que HA DESCUBIERTO en los mares océanos…». Es sorprendente que aparezca en pasado cuando se suponía que aún no había realizado su viaje y, por tanto, no había podido descubrir nada. Se han alegado causas como un fallo del copista, lo cual es poco verosímil, pues, como ha escrito Juan Manzano, pocos documentos fueron redactados con tanto esmero por parte de la cancillería. Más factible es la idea defendida por Juan Pérez de Tudela, que sostiene que al ser copias de la cancillería aragonesas —es cierto que el original se perdió—, los escribanos transformaron el va a descubrir por ha descubierto. Y así lo interpretaron tanto Bartolomé de Las Casas como el cronista Antonio de Herrera. El primero, que transcribió el documento completo, cambió el tiempo verbal, es decir, pusoha de descubrir en vez de ha descubierto, mientras que el segundo utilizó la expresión descubrirán o ganarán. Otros autores posteriores, como Alonso de Santa Cruz o Martín Fernández de Navarrete alteraron asimismo el tiempo verbal para darle sentido al documento. También es posible que él mismo se quisiese atribuir algunos descubrimientos previos en el océano.
Sea como fuere, lo que es obvio es que ese documento, suscrito en el campamento de Santa Fe el 17 de abril de 1492, supuso la verdadera partida del nacimiento del Nuevo Mundo.
PARA SABER MÁS:
Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025, pp. 109-114.
ESTEBAN MIRA CABALLOS

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