
Aunque las fuentes lo silencien, la presencia femenina en la vida del Primer Almirante fue muy notable e incluso decisiva para que sus proyectos vitales se consumasen. Y ello a pesar de que él nunca las supo valorar ni corresponder adecuadamente.
De entre esas mujeres que influyeron de manera decisiva en su vida hay que empezar citando a su propia madre, Susana Fontanarossa, y a su hermana Bianchinetta Colón, con las que mantuvo una estrecha relación afectiva, aunque las fuentes se muestren parcas. También decisiva fue el apoyo brindado por la soberana Isabel la Católica, sin el cual jamás se hubiese producido la gran expedición descubridora de 1492.
Qué sepamos el primer Almirante de la Mar Océana mantuvo relaciones afectivas con tres mujeres: su esposa legítima Felipa Muñiz de Perestrello, y siendo ya viudo, con dos amantes Beatriz Enríquez de Arana y Beatriz de Bobadilla.
Felipa Muñiz de Perestrello fue la tercera de los cuatro hijos de Bartolomé Perestrello, un navegante luso que ostentó el cargo de primer gobernador de la isla de Porto Santo y que, en 1449, se desposó con Isabel Muñiz. Esta última era una mujer de abolengo de la que se decía que descendía de la casa real de Braganza. Se trataba pues de una familia linajuda, vinculada a la aristocracia lusa y a su corte pero que no ostentaba títulos nobiliarios. El hermano mayor de Felipa, llamado Bartolomé como su padre, fue el segundo gobernador de la isla de Porto Santo a quien sucedió su cuñado Pedro Correia, marido de una de las dos hermanas de Felipa, Inés de Perestrello. Felipa ingresó en el convento femenino de dos Santos, en honor a los tres mártires protectores de Lisboa. A decir de Consuelo Varela el cenobio funcionaba como una especie de pensionado para huérfanas de alcurnia, en el que doña Felipa alcanzó el rango de comendadora. Y por último, la benjamina de la familia, Violante Muñiz, se trasladó a vivir a Andalucía junto a su marido Miguel Muliart, que se enroló en la segunda expedición colombina, desposándose en segundas nupcias con el mercader italiano Francesco Bardi.
Cuando el padre de Felipa falleció, siendo capitán y gobernador de la isla de Porto Santo, su viuda se marchó a vivir a Lisboa en compañía de sus hijas. Estando Felipa como comendadora del convento lisboeta conoció a Cristóbal Colón que, siendo aún un comerciante de escasa fortuna, acudía a escuchar misa al templo conventual. El cortejo no se demoró demasiado y Felipa, que al tener votos de castidad tuvo que pedir dispensa, se desposó hacia 1477 con el comerciante genovés. Siempre se ha dicho que fue un matrimonio de conveniencia, donde Cristóbal Colón solo pretendió entroncar con una persona de linaje que además pertenecía a una familia de navegantes que poseían información privilegiada. Teniendo en cuenta la condición religiosa de Felipa y los obstáculos que debió superar, tampoco podemos descartar el arrebato pasional que hizo que lo dejará todo para echarse en los brazos de este casi desconocido mercader italiano.
La contribución de Felipa Muñiz fue clave en el proyecto vital del genovés: primero, le dio un hijo legítimo, Diego, engendrado según fray Bartolomé de Las Casas en la isla de Porto Santo y nacido a finales de 1478 o principios de 1479. El mismo que a la postre se convertiría en el segundo Almirante de la Mar Océana y heredero del mayorazgo. Probablemente le hubiese dado otros vástagos de no ser por su muerte prematura un par de años después, se especula que en el parto de su segundo hijo, que murió junto a ella.
Y segundo, le dio acceso a todo el acervo documental de la casa de los Muñiz que custodiaba documentos confidenciales sobre la navegación atlántica. Y el matrimonio, que disponía de pocos recursos no tardó en abandonar la capital para marcharse a la casa familiar de la isla de Porto Santo, donde nació Diego Colón. Allí encontraron la protección económica y social del jefe de la casa Perestrello, accediendo a los manuscritos familiares, celosamente guardados. Asimismo, pudo entablar fructíferas conversaciones con viejos marinos y exploradores que probablemente le transmitieron la inquietud por las aventuras ultramarinas. El propio Hernando Colón, en su Historia del Almirante, refiere que la suegra de su padre, al advertir su interés por las cosas del mar, le ofreció toda la cartografía, informaciones y escritos de su difunto marido. Sin ningún género de dudas, la conversión del Colón comerciante en el Colón descubridor se produjo durante sus largas estancias en Porto Santo, en compañía de su esposa y de su familia política.

Poco tiempo después del nacimiento de Diego Colón murió doña Felipa, probablemente en Lisboa. Pese al duelo, Colón no desaprovechó la ocasión para tratar de presentar su proyecto de la ruta occidental a las Indias al monarca Juan II. Este valoró la propuesta pero respondió negativamente por carta firmada en Avis, el 20 de marzo de 1488. Y tenía sus razones ya que los lusos tenían muy avanzada la apertura de la ruta a las Indias bordeando África.
Tras esta contrariedad, el persuasivo genovés cogió a su hijo Diego y se marchó a Castilla, esperando encontrar mejor suerte. Eso sí mantuvo el contacto con la familia a través de su cuñada Briolanja Muñiz, que vivía en San Juan del Puerto, muy cerca del monasterio de la Rábida, junto a su esposo Miguel Muliart, y que le dieron cobijo cuando lo necesitó.
Su amante más conocida, porque nunca se desposó con ella, fue Beatriz Enríquez de Arana, una mujer de baja estirpe nacida en la aldea de Santa María de Trassierra, a tan solo 17 kilómetros al noroeste de Córdoba. Era hija de un pequeño agricultor llamado Pedro de Torquemada y de Ana Núñez de Arana, que apenas poseía un lagar, una huerta y dos pequeñas viñas. Para colmo, con tan solo cuatro años quedó huérfana, permaneciendo bajo la custodia de su abuela materna y la supervisión de una tía, Mayor Enríquez de Arana. Pero una nueva desgracia se cebó con la familia cuando en un corto período de tiempo fallecieron estas dos mujeres que con tanto esmero se habían encargado de Beatriz y de sus hermanos. Por ese motivo no les quedó otra que marcharse a vivir a Córdoba a casa del pariente más próximo, un primo de la madre, llamado Rodrigo Enríquez de Arana. Un personaje que a la postre resultaría clave porque tenía amistad con Cristóbal Colón que andaba en Córdoba a la espera de ser recibido por Isabel la Católica.
Por tanto, la recalada de la jovencísima Beatriz Enríquez en la antigua capital califal resultaría providencial por dos motivos: primero, porque fue allí donde recibió una formación académica básica que le permitió al menos leer y escribir. Y segundo, porque la corte estuvo radicada allí al tiempo que se preparaba las conquistas de Málaga y después de Granada. Fue allí donde a través de su tío, conoció a Cristóbal Colón, que entonces no pasaba de ser un mercader extranjero con un proyecto ultramarino en el que pocos creían.
Cristóbal Colón conoció a Beatriz en casa de su tía, donde ella residía, en torno a 1486. Éste había entablado amistad con el tío de Beatriz que acudía, al igual que el genovés, a las tertulias de la rebotica de Luciano de Esbarroya. Había transcurrido más de un lustro desde la muerte de su primera esposa y no se le conocen amoríos en estos años. Por tanto, el genovés era entonces un viudo de 35 años con un hijo huérfano de madre y ella una guapa y joven mujer de unos 20 años de edad. A diferencia de su relación anterior, en ésta sí que hay consenso a la hora de afirmar que se produjo en medio de un apasionado enamoramiento. Como ya hemos afirmado, el genovés no era todavía nadie e incluso padecía en esos momentos estrecheces económicas. Afirma el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que andaba por Córdoba con la capa raída y que tuvo que dedicarse a la venta de libros para poder sobrevivir. Para colmo su proyecto descubridor fue rechazado, siendo su único alivio el apoyo incondicional de su compañera Beatriz Enríquez.
Siempre nos hemos preguntado los motivos por los que nunca se desposaron, teniendo en cuenta que ninguno de los dos tenía impedimento alguno, pues él era viudo y ella soltera. Se han esgrimido argumentos como el origen judaico de alguna rama familiar de los Enríquez de Arana, cosa que no se puede descartar, y hasta causas más sórdidas como la vida licenciosa que Beatriz llevaba. Sin embargo, la razón debía ser mucho más simple, Cristóbal Colón seguía aspirando a entroncar con lo más granado de la nobleza y obviamente desposarse con una persona de baja alcurnia comprometía seriamente dicho objetivo. Beatriz Enríquez, hija de humildes labradores y lagareros, debió resignarse, quizás pensando también en el futuro de su hijo. Un hijo, Hernando Colón, que nació el 15 de agosto de 1488, y que sería legitimado por su padre cuando varios años después lo dejó como paje del príncipe don Juan.
Cristóbal Colón apenas convivió con su amante cordobesa pues ni siquiera estuvo presente en el momento del nacimiento de su hijo Hernando, el 15 de agosto de 1488. De hecho, en enero de 1488 abandonó Córdoba y no volvió hasta el 11 de abril de 1493, permaneciendo solo un día en la antigua ciudad califal. Eso sí, el gesto que tuvo en este momento, es sintomático de la confianza que le merecía, pues antes de zarpar rumbo a su gesta descubridora le dejó a su hijo Diego para que lo criase junto a Hernando. Y se esmeró tanto en los cuidados como madre y madrastra protectora que fue incluso felicitada por Isabel la Católica. A su regreso en 1493, pasó por Córdoba camino de Barcelona, siendo la última vez que vio personalmente a la madre de su segundo hijo. Luego se encargó de enviar a sus dos vástagos a la corte, por mediación de su hermano Bartolomé Colón, para que entrasen a servir como pajes del infante don Juan. Antes de la entrega, dada la condición nobiliaria de los pajes cortesanos, legitimó a su hijo Hernando mediante una sencilla ceremonia previa. Este luciría el apellido Colón y no los de su familia materna, Arana, Enríquez, Torquemada o Núñez, algunos de ellos, como ya hemos afirmado, sospechosos de judaizantes.
Parece que el ya Almirante mantuvo siempre una buena relación con la familia Enríquez de Arana y con la propia Beatriz. Al regreso de su primer viaje pasó por la antigua ciudad califal, visitando a Beatriz al tiempo que comunicaba al concejo de Córdoba su feliz hallazgo. Nunca la volvió a ver físicamente aunque al menos aludió a ella en tres ocasiones:
Primera, el 23 de mayo de 1493 cuando le dejó la renta que la Corona le había otorgado sobre las carnicerías de Córdoba de un monto de 10.000 maravedís anuales. Una pequeña cuantía que percibió Beatriz anualmente hasta su óbito.
Segunda, en 1502 cuando le ordenó a su hijo que le entregase a Beatriz otros 10.000 maravedís de renta anual, además de los que ya disfrutaba. Sin embargo, en el testamento de Diego Colón del 16 de marzo de 1509 reconoce que no se le había abonado dicha renta, al menos desde 1507. Y peor aún, en su última carta de voluntad, otorgada en Santo Domingo, el 8 de septiembre de 1523 volvió a reconocer dicho impago, disponiendo que se abonase a sus herederos –ya era finada- lo que se le debiese.
Y tercera, en su testamento, protocolizado en Valladolid, poco antes de su óbito, el 19 de mayo de 1506, en el que vuelve a tener un recuerdo tierno hacia Beatriz, ordenando a su hijo que para descargo de su conciencia se ocupase de ella para que pudiese vivir honestamente. Con toda probabilidad lamentaba en los últimos instantes de su vida la tacañería mostrada hacia la madre de su segundo hijo que siempre le apoyó en los momentos más difíciles, cuando pocos creían en él. Bien es cierto que, Beatriz nunca llegó a salir de la pobreza porque apenas se le asignaron 20.000 maravedís de renta anual, 10.000 de los cuales nunca los cobró con regularidad.
Pero mucho más llamativa fue la ingratitud de su hijo Hernando que mostró toda su vida un gran desapego hacia su progenitora y a la que jamás aludió en sus muchos escritos. Mientras a su padre lo elogia, redactando su famosa biografía, a la madre la somete al más sórdido de los silencios. Ni una palabra no solo hacia ella sino hacia todos sus parientes cordobeses, algunos de los cuales fueron hombres de confianza de su padre. Incluso, cuando acudió a Córdoba, tras la muerte de su madre, renunció a los pocos bienes que ésta había dejado, aparentando no querer saber nada de su familia materna. Para entenderlo nuevamente habría que ponerse en la mentalidad de aquel tiempo y vincular la actitud al gran estigma social que podía caer sobre este plebeyo ennoblecido. Mantener contacto público con su familia materna, de baja alcurnia y sospechosa de judaizante, era un riego que Hernando Colón nunca estuvo dispuesto a correr.
Pese a la ingratitud, tanto de Cristóbal Colón como de su hijo, hay sobrados motivos para pensar que la cordobesa fue el gran amor de su vida. Es cierto que no le correspondió como ella se merecía, pero dio muestras a lo largo de su vida de no haberla nuca olvidado, acordándose de ella en los días previos a su óbito.
Y finalmente, Beatriz de Bobadilla Álvarez fue la tercera de las féminas con las que mantuvo una relación íntima. Se trataba de una de esas mujeres de tronío que combinaba una gran belleza con una extraordinaria personalidad. Tanto fue su atrevimiento que mantuvo una esporádica relación con Fernando el Católico, finalizada cuando en 1481, la reina Católica se la quitó de encima, destinando al esposo de aquella a la conquista de la Gomera, en las islas Canarias. Tras enviudar en 1488, permaneció en la isla, desposándose en segundas nupcias con el primer Adelantado de Canarias y gobernador de La Palma y Tenerife, don Alonso Fernández de Lugo. A la muerte de su esposo gobernó la isla con mano de hierro lo que evidencia el poderío de esta mujer que desempeñaba un cargo en teoría vedado a las mujeres.
Cristóbal Colón, que había tomado nota de la belleza de Doña Beatriz tras su paso por la corte castellana, quedó enamorado de la gobernadora de la Gomera tras su larga estancia en la isla en el viaje de ida de la pionera expedición de 1492. A partir de entonces, Cristóbal Colón volvió a la Gomera en sus sucesivos viajes, siempre con la excusa de avituallarse, cuando su verdadera intención era vivir su amor con la Bobadilla. Tanto fue así, que desde entonces el punto de recalada de todas las flotas y armadas de Indias en el viaje de ida fue la Gomera, en detrimento de otras islas del archipiélago. La referencia más directa que tenemos es la que expresa Michele de Cuneo que estuvo presente en la segunda expedición descubridora. Pues bien, describió con detalle la entrada de la gran escuadra en el puerto de la Gomera. Afirma que a su entrada en puerto se lanzaron numerosas salvas de honor en señal de alegría a causa de la señora de dicho lugar, por la cual en otro tiempo nuestro Almirante estuvo prendado de amor. No fue la última vez que la visitó el Almirante, siempre prolongando su estancia en la Gomera más días de lo necesario.

En general, podemos decir que la mujer fue importante y decisiva en la vida del Almirante. Sin ellas es posible que jamás hubiese podido gestar y realizar su gran proyecto descubridor que a la postre cambiaría el mundo.
PARA SABER MÁS
COLÓN, Hernando: Historia del Almirante. Madrid, Historia 16, 1984.
FERNÁNDEZ ARMESTO, Felipe: Colón. Madrid, Ediciones Folio, 2004.
LEÓN GUERRERO, Mª Montserrat: “Mujeres que ayudaron al plan descubridor de Colón”, Revista de Estudios Colombinos N. 13, junio de 2018, pp. 29-38.
MANZANO MANZANO, Juan: Cristóbal Colón. Siete años decisivos de su vida, 1485-1492. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1964.
MIRA CABALLOS, Esteban: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.
VARELA, Consuelo: Cristóbal Colón. Retrato de un hombre. Madrid, Alianza Editorial, 1992.
VARELA MARCOS, Jesús y Mª Montserrat LEÓN GUERRERO: El Itinerario de Cristóbal Colón (1451-1506). Valladolid, Diputación Provincial, 2003.
ESTEBAN MIRA CABALLOS
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