
Desde 1501, cuando empezó a redactar su Libro de las Profecías, ya se aprecia la visión que tenía de sí mismo como un adalid de la cristiandad, incorporando en su firma dos palabras: Christo-ferens, el portador de Cristo. En una persona tan espiritual como él, el sufrimiento, los dolores y los trabajos le recuerdan a la propia Pasión de Jesucristo, lo que retroalimenta su esperanza, que se vuelve trascendente, estando convencido de su merecida salvación eterna. En la relación de su tercer viaje llega a decir que nunca codició bienes materiales, pues ni el dinero, ni la soberbia podían salvar a las personas, sino que su única ambición fue la expansión de la cristiandad, «en honra y servicio de Dios». Además, se lamentaba de que todos menospreciaban su empresa por no haber enviado navíos cargados de oro, pero que eso se debió a la premura de tiempo, y que nadie valoraba que hubiese abierto la puerta de la fe a ignotos y apartados territorios. Inteligentemente, cada vez más insistía en su misión sagrada, porque el Descubrimiento, insistía, había sido fruto de la voluntad divina. Era una empresa bendecida por Dios, cuyo último objetivo era la conversión de los gentiles, por lo que no entendía que se escatimase en su financiación. Además, esgrimía que los portugueses habían invertido mucho peculio en sus exploraciones a la India y que no por ello se desanimaron, algo que, por cierto, era absolutamente cierto.
Asimismo, Colón estaba imbuido de ese espíritu mesiánico tan arraigado entre los franciscanos, convencidos de que el Juicio Final se produciría cuando la palabra de Dios hubiese llegado a todos los rincones del mundo. Por ello estimaba que los soberanos debían mostrar gran alegría por haber encontrado miles pueblos indígenas dispuestos a convertirse al cristianismo. Se debía implantar al otro lado del charco una nueva cristiandad, libre de las taras que se habían derivado en Europa, compensando el traumático avance de la Reforma.
Después de su cuarto viaje, terminó de compilar, con la ayuda de su amigo fray Gaspar Gorricio, su texto profético, aunque lo esencial de la obra lo tenía preparado en 1502, cuando predijo el fin de los tiempos, basándose en san Agustín. Este libro es una recopilación desordenada de citas bíblicas que nunca fue terminado de componer ni ordenar. Según el santo de Hipona, el fin del mundo llegaría siete milenios después del nacimiento de los sacros teólogos, por lo que calculaba, en 1502, que faltaban ciento cincuenta y cinco años para el cumplimiento de los siete mil, situando este evento en el año 1657. Un año que no sería para nada halagüeño, aunque distó mucho de producirse el fin de la vida terrena, apenas un tsunami en la ciudad de Concepción, en Chile, un mortífero incendio en Tokio, que dejó cien mil fallecidos, o el ataque inglés al puerto de Santa Cruz de Tenerife. Por lo demás, a diferencia de 1659, no fue un mal año agrícola, por lo que la gente, al menos en España, no padeció especialmente la hambruna.
Está claro que Colón era un gran entendido en las cosas del mar, pero no se le daba nada bien hacer de profeta o adivino.
Para saber más:
Esteban Mira Caballos: “Colón, el converso que cambió el mundo”. Barcelona, Crítica, 2025.
Esteban Mira Caballos

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