Esteban Mira Caballos

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LA SINGLADURA EN CANOA DE JAMAICA A LA ESPAÑOLA (1503). UNA GESTA COMPARTIDA

20:35 por administrador1 Dejar un comentario

Cristóbal Colón aportó en 1503 a la isla de Jamaica con los barcos deshechos y sin posibilidad de repararlos. A sabiendas de que nadie iría a rescatarlos, encomendó a su fiel criado Diego Méndez de Segura una misión casi suicida: ir con dos canoas a La Española para buscar ayuda. Ya era difícil que alcanzara la isla, pero tampoco era seguro, dados los precedentes, que, en caso de hacerlo, el gobernador accediese a ayudarlos. Su actitud ante la petición habla por sí sola de su arrojo y valentía: «Señor, una vida tengo, no más, yo la quiero aventurar por servicio de vuestra señoría y por el bien de todos los que aquí están porque tengo esperanza en Dios…».

Una de las canoas la capitanearía el propio Diego Méndez y la otra el genovés Bartolomé Fieschi, pensando que habría más posibilidades de que una de las dos consiguiese su objetivo. Eran de buen tamaño, con capacidad para ocho personas, y les colocaron un pequeño mástil con una vela. Partieron de la playa de Santa Gloria el 15 de julio de 1503 y cubrieron algo más de doscientos kilómetros en cinco días y cuatro noches, a razón de poco más de siete leguas diarias. Adam Szászdi ha calculado que, dependiendo del estado de la mar, una canoa podía llegar a recorrer hasta veinte leguas diarias, por lo que los datos de Méndez son totalmente factibles.

Sin afán de restarle importancia a la travesía, hay que decir que el mérito hay que atribuírselo a todo el grupo, fundamentalmente a los indígenas que llevaban a bordo, expertos en la navegación insular. Pese al corto espacio de tiempo, los tripulantes pasaron hambre y sobre todo sed, hasta el punto de verse obligados a beber sorbos de agua salada. Por fin, la mayoría de la tripulación —salvo un indígena que pereció en el trayecto— alcanzó el cabo de San Miguel, en el suroeste de la isla, que era el punto más cercano a Jamaica. Llevaban varias jornadas sin beber ni comer, por lo que descansaron dos días, siendo abastecidos generosamente por los naturales. Pasado este tiempo, volvieron a zarpar, ya sin perder de vista la costa, en dirección a la desembocadura del río Ozama. El primer contratiempo se lo encontraron nada más desembarcar, pues el gobernador estaba en el cacicazgo de Xaragua, combatiendo una insurrección. Se encaminaron hacia allí y, según el propio Méndez, el extremeño en vez de ayudarlos los retuvo durante los siete meses que duró la contienda.

El resto es bien conocido, Colón sufrió todo tipo de penurias en Jamaica, incluida la defección de los hermanos Porras. Cuando la situación estaba más o menos controlada cuando apareció en el horizonte un navío de cierto porte. No tardaron en saber, con gran júbilo, que era Diego Méndez, que regresaba un año y tres días después con un navío capitaneado por un criado colonista, Diego de Salcedo. La emoción del momento la reflejó el propio almirante, quien le dijo a Ovando que se puso tan contento que después de verlo llegar no pudo dormir de la alegría. Y aunque las condiciones del mar no eran favorables, las prisas por abandonar aquella cárcel hicieron que el 29 de junio de 1504 zarpasen rumbo al puerto de Santo Domingo. Tardaron más de un mes en llegar porque, como en otras ocasiones, los vientos y las corrientes fueron contrarias, obligándolos a navegar a la bolina, hasta el punto que cuando entraron en puerto apenas se podían mantener a flote. Solo llegaron ciento diez supervivientes de los ciento cincuenta que habían iniciado la expedición, es decir, casi la tercera parte se había quedado por el camino.

Diego Méndez le pidió al almirante que en compensación por su esfuerzo le concediese el alguacilazgo mayor de La Española, a lo que este accedió, diciendo que lo que pedía era poco para lo mucho que le había servido. Pero su hijo Diego nunca llegó a cumplir la promesa de su padre y, como dijo el propio interesado, «yo quedé cargado de servicios sin ningún galardón». Diego Méndez, volvió a recordar en su testamento que al menos su hijo gozase del citado oficio de alguacil mayor, algo que nunca sucedió.

PARA SABER MÁS:

Esteban Mira Caballos: Colón. El converso que cambió el mundo. Barcelona, editorial Crítica, 2025.

Esteban Mira

Archivado en:Historia de America Etiquetado con:América, Cristóbal Colón

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