
La reciente polémica al no ser invitado el rey Felipe VI a la investidura de Claudia Sheinbaum por no hacer asumido la petición de perdón que le hizo AMLO en 2019 ha vuelto a reabrir viejas heridas. Hay que insistir que la mera idea de que Castilla ocupó aquellos territorios para civilizarlos y cristianarlos permitía enmascarar y justificar todo tipo de violencia, no solo física sino también psicológica. Nadie puede negar que la gran América mestiza que hoy conocemos, tuvo su origen en un dolorosísimo alumbramiento, tras el derrumbe del variado y diverso mundo prehispánico. Todas las invasiones expansivas a lo largo de la historia han sido al mismo tiempo aterradoras, explotadoras y creadoras. Y todos los imperios han tratado de justificar sus actuaciones, alegando que sus circunstancias eran especiales por su misión civilizatoria. Es importante no olvidar ni dejar de cuantificar la magnitud de esta barbarie inicial pero también es preciso señalar que, tras la hecatombe, surgió una nueva realidad, la mestiza, de la que es heredera la América actual. Además, la crítica no debe hacerse ni asumirse en clave nacional por varios motivos:
Primero, porque, como ha escrito en reiteradas ocasiones el profesor Miquel Izard, ni siquiera se debe hablar estrictamente de España en la época del descubrimiento y de la conquista porque no existía como tal, más allá de un conjunto de reinos, siendo el de Castilla y León el que se vinculó inicialmente a la empresa indiana. Y, en cualquier caso, los abusos perpetrados en la conquista fueron responsabilidad de los que los ejercieron y no de las personas que actualmente viven en sus pueblos de origen.
Segundo, porque se trató de una empresa multinacional en la que participaron personas de muy distintas nacionalidades europeas, africanas y asiáticas y que estuvo dirigida inicialmente por el reino de Castilla y León y después por el Imperio Habsburgo. Se contaron por cientos los portugueses e italianos, pero también fue significativa la presencia de alemanes, griegos, holandeses, ingleses, escoceses, y hasta húngaros y polacos.
Tercero porque contó con el apoyo decisivo de miles de aliados indígenas, fundamentales para la consumación del proceso, de manera que ya está más que superado el concepto conquistador-vencedor frente al indígena-vencido. En el bando vencedor hubo españoles, pero también tlaxcaltecas, huejotzingos, cempoaleses, michoacanos, cañaris, quimbayas, chachapoyas, guaraníes, etc. La importancia de los aliados indígenas es algo que ya destacaron muchos en el mismo siglo XVI, pues, como dijo Garcilaso de a Vega, la facilidad con que se ganó el Tahuantinsuyo se debió a la división de los naturales frente a la tiranía del inca (1986: 72). Por tanto, dejando al margen aspectos de lo que Matthew Restall ha llamado la mitohistoria, los españoles lo cambiaron todo, pero en entre los grupos enfrentados hubo siempre una aplastante mayoría de amerindios.
Y cuarto, porque los europeos conquistaron menos del 20 por ciento del continente americano, mientras que fueron las naciones surgidas a partir del siglo XIX las que diezmaron a numerosas poblaciones aborígenes en el 80 por ciento restante. El Prof. Miguel Izard ha realizado dos interesantísimos estudios, uno sobre los Llanos venezolanos, unos 500.000 kilómetros cuadrados en los que se asentaron marginados, rebeldes y oprimidos y que desarrollaron una economía ajena al modo de producción excedentario (1988: 17). Y el otro referido a la Patagonia, donde durante la época colonial vivieron naciones que Izard llama armónicas, cuya base era la autosuficiencia, la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación, siendo sus órganos políticos asamblearios (2011). Esto significa, siguiendo al Prof. Izard, que la Conquista, pese a su violencia, solo afectó a una pequeña porción del territorio americano. En el resto se mantuvo un cierto grado de libertad, solo destruido cuando los criollos de los nuevos Estados aparecidos tras la Independencia ocuparon las tierras históricas de las comunidades nativas.

Por tanto, queden claras dos cuestiones: una, que no es posible escribir la conquista y colonización de América en clave nacional, ni en servicio de intereses oficiales o personales cuando la expansión indiana estuvo inserta en un fenómeno atlántico, en el que participaron personas originarias de varios continentes. La historia ha sido usada durante siglos de manera interesada por los distintos regímenes e intereses clasistas y desgraciadamente pervive en el siglo XXI, especialmente en campos ajenos a la ciencia histórica ante la pasividad e inseguridad de los historiadores (Levi, 2019: 322). Es obvio que ha existido un sesgo político de la misma en función a los intereses de la clase dominante en cada momento, para legitimar a los nacientes estados nación o para justificar el mantenimiento de una jerarquía social casticista (Irurozqui, 2011: 223). Toda ella queda refutada por definición ya que toda nación conlleva de alguna manera una falsificación de sus orígenes y de su historia. Y otra, que es imposible pedir perdón por lo que otros hicieron hace ahora cinco siglos. Cualquier crítica que se pueda plantear no se debe referir a un país actual concreto, ni siquiera a los españoles del siglo XVI sino, en cualquier caso, a la propia humanidad, en la que contemplamos algunas luces aisladas, rodeadas de una verdadera plaga de sombras.
PARA SABER MÁS
Irurozqui, Marta: “Herencias escamoteadas. Una reflexión sobre los procesos de politización y de incorporación nacional de la población indígena, siglo XIX”, Culturas políticas de la región Andina, Christian Büschges, Olaf Kaltmeier y Sebastián Thies (eds.). Madrid, Iberoamericana, 2011.
Izard, Miquel: Agresores, resistentes y cimarrones. Barcelona, el Lokal, 2020.
Levi, Giovanni: “El pasado lejano. En torno al uso político de la historia”, en Microhistorias de Giovanni Levi, Bogotá, Ediciones Uniandes, 2019.
Mate, Reyes: Responsabilidad histórica. Preguntas del Nuevo al Viejo Mundo. Barcelona, Anthropos, 2007.
Restall, Matthew: Cuando Moctezuma conoció a Cortés. La verdad del encuentro que cambió la historia, México, Taurus, 2019.
Sánchez Jiménez, Antonio: “La Leyenda Negra: para un estado de la cuestión”, en Yolanda Rodríguez Pérez, Antonio Sánchez Jiménez y Harm den Boer (Edis.): España ante sus críticos: las claves de la leyenda negra. Madrid, Iberoamericana, 2015.
ESTEBAN MIRA CABALLOS
Totalmente de acuerdo. Una vez más los intereses políticos torciendo la historia. No veo tampoco a estas personas hablar en la lengua originaria desconociendo el lenguaje europeo que emplea. Y lo que anota usted; la colaboración de los pueblos sozusgados por las civilizaciones de entonces.