Esteban Mira Caballos

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EL DESCUBRIMIENTO DE EUROPA SEGÚN MAURO ALVES

17:32 por administrador1 1 comentario

Esteban Mira Caballos, El Descubrimiento de Europa. Indígenas y mestizos en el Viejo Mundo, Barcelona, Crítica, 2023, 478p., ISBN 978-84- 9199-534-0.

Esteban Mira Caballos es uno de los nombres más destacados en la actualidad en el tema de investigación de los indígenas americanos en territorio europeo, concretamente ibérico, durante la Edad Moderna. Y el libro que ahora nos proponemos comentar y analizar sucintamente es, hasta el momento, su mayor esfuerzo por difundir resultados en este campo. Autor prolífico de obras históricas de alto calibre relacionadas con la expansión colonial española, específicamente en la América de los siglos XVI y XVII, también es un minucioso investigador de archivos regionales. Describir su perfil profesional, además de enumerar sus obras, es ciertamente innecesario para enfatizar la importancia de su trabajo, sin embargo (y aun así) vale la pena señalar cuatro características -decisivas, en mi opinión, para ciertas elecciones en este ensayo suyo- sobre tu trayectoria académica. Ser de Carmona, tener un Doctorado en Historia de América por la Universidad de Sevilla, ser miembro de la Academia Dominicana de la Historia y hoy ser (principalmente) profesor de secundaria (bachillerato en España). Ahora revelaré las razones detrás de este elogio concreto, pero primero leamos brevemente el contenido de este nuevo libro.

Los primeros tres capítulos buscan abordar el contexto histórico del estudio de caso que pretendemos escudriñar. Si consideramos el carácter documental del material de trabajo de los historiadores sobre estos temas, el derecho (y particularmente la legislación) es la columna vertebral para entender el porqué de “Indígenas y mestizos en el Viejo Mundo”. Así, en esta parte inicial, se trabajan, por orden, las disputas jurídicas sobre la trata transatlántica de personas –particularmente las reticencias en la abolición de la esclavitud indígena en la primera mitad del siglo XVI–, el contraste ideológico referido a la llamada esclavitud posterior al momento formativo de la Monarquía Pluricontinental Hispanista –materializado en el debate Las Casas/Sepúlveda– y la tortura (en sus diversas manifestaciones, incluidas las económicas) que representaron los viajes oceánicos en esta temprana época.

Podríamos llamar a los capítulos cuatro y cinco la –en realidad– primera parte del contenido del libro, en el sentido de que sólo a partir de ahí el autor comienza, efectivamente, a atenerse al tema que pretendía estudiar, densificando el texto con más información reciente. Aunque estos apartados iniciales son los que se centran en la esclavitud, cualquier lector tiene claro que se trata de pueblos indígenas, prácticamente siempre sin datos biográficos, con meras referencias lacónicas a sus nombres (Mira Caballos incluso menciona “históricamente silenciados” (p. 72) aquellos que constituyen la gran masa de estadounidenses en el Viejo Mundo. Y, como tal, este tipo de indígenas permearán a partir de entonces cada página del libro. Destacan las estrategias de los traficantes de esclavos al borde de la legalidad (o, a menudo, fuera de ella) que, en consecuencia, ocultaron por completo los lugares de origen de estos indígenas (ej. p. 75). El autor también llama la atención sobre ciertos aspectos económicos exclusivos de los esclavos indígenas de América o, al menos, diferentes a los de África. Por ejemplo, el primero, aunque mucho más barato que el segundo, permitía una tasa de ganancia mucho mayor dada la diferencia de precio entre la adquisición en tierras americanas y la venta en Europa (p. ej., p. 101-102). El aporte más valioso del libro se encuentra entre los capítulos sexto y noveno. Aquí abundan los ejemplos y las historias particulares. Sin perder la noción de que los esclavos eran la modalidad predominante, también se toma conciencia de la multiplicidad de formas en que un indígena americano de los siglos XVI al XVIII pudo llegar a Europa. Temas que en los últimos años han caracterizado los estudios americanistas: las consecuencias del mestizaje, lo indígena en la imaginación europea, los tentáculos oficiales del poder colonial estructurante, la realidad multiétnica y multifacética de un tejido social permeable a fisuras jurídicas, los efectos subyacentes a la conquista acordada entre indígenas y europeos, el papel protagónico de familias indígenas influyentes en un mundo ya integrado entre dos continentes. Para coronar esta exuberancia de casos, Mira Caballos ofrece breves resúmenes biográficos de las personalidades indígenas o mestizas historiográficamente más destacadas de Europa. Anteriormente ya había examinado la vida de Don Pedro Moctezuma y su hijo (p. 161-163), pero en este noveno capítulo hablamos de Diego Colón (de la isla de Guanahaní, miembro del primer grupo de indígenas americanos que establecieron pie en suelo europeo, fundamental para Cristóbal Colón en su segundo gran viaje), Francisco Tenamaztle (uno de los líderes más destacados de las rebeliones del Mixtón que pudo haber tenido estrecho contacto con Las Casas), Martín Cortés (el famoso hijo de Hernán Cortés y Malinche), Francisca Pizarro Yupanqui (también notable hija de Francisco Pizarro y que el Inca bautizó como Inés Huaylas Yupanqui – a la vez hija de Huayna Cápac) y El Inca Garcilaso (nombre famoso en la literatura mundial por sus “Comentarios reales de los incas”, obra con una relación específica con Lisboa: relación que, entre otras glorias, también le valió más tarde un busto en el actual Campo Mártires da Pátria de la capital portuguesa). Es a través de esta última sección que, de hecho, el lector menos familiarizado con los estudios de la historia colonial de la Edad Moderna puede sorprenderse más por la amplitud planetaria de circulación de seres humanos de culturas tan dispares. Basta pensar en el posible encuentro entre Martín Cortés y El Inca en el contexto militar de las Alpujarras granadinas. El décimo capítulo se centra en el patrimonio cultural bidireccional ocurrido entre América y Europa, prestando especial atención a un tema relativamente familiar para el autor, tema que no suele ser uno de los más discutidos en relación al intercambio transatlántico de productos: las plantas medicinales. (págs. 226-227).

Recuperando la obra de Santiago Sebastián (p. 231), Mira Caballos busca también en este apartado completar y constatar que la imagen de los indígenas americanos obtenida iconográficamente en el Viejo Mundo obedecía a cánones que en modo alguno eran compatibles con la presencia significativa de indígenas. personas en las ciudades europeas.

Tras las conclusiones, la obra finaliza con un apéndice historiográfico donde el autor explica el germen de su texto, así como el ambiente académico que lo rodea. Incluye también un glosario muy escueto, ochenta y cinco páginas de apéndices (dedicadas a tablas y transcripciones de documentos, la gran mayoría de los cuales se encuentran en el Archivo General de Indias de Sevilla: cabe destacar la riquísima información, desde el punto de vista del tratamiento social de los indígenas en los primeros años en varias partes de la América española, otorgado por Gregorio López en 1543 -Anexo XX: p. 354-372-) y un índice onomástico que, en una obra tan llena de particularidades casos (y, por tanto, un trabajo que también puede ser útil a muchos a través de consultas específicas), es fundamental.

En general, la lectura es muy accesible y el contenido es rico, relevante y necesario. Ofrece un sinfín de ejemplos (algunos prácticamente desconocidos), muy útiles y eficaces, para componer una tesis fácilmente comprensible por cualquier público interesado en temas históricos y, al mismo tiempo, ayudar en el desarrollo del trabajo de los especialistas. El debate que ya se ha desatado en algunas instituciones y en foros alternativos (a saber, canales de streaming en Internet) expresa, de hecho, esa aprensión. Y el libro es necesario, por un lado, porque alcanza -por las características de la editorial- un número muy importante de lectores que aún conservan ciertas visiones extremadamente parciales sobre la colonización europea (fomentadas por los discursos populistas o nacionalistas de la “Leyenda Negra” o, por el contrario, de la “Leyenda Rosa”) y, por otro, porque se abre definitivamente a la academia, al menos castellanohablante, un nuevo universo hermenéutico, de estudios de transversalidades, circulaciones y mentalidades. Con esto no quiero sugerir que la obra sea pionera en el tema porque no lo es, como atestigua el propio autor. Desde la década de 1990, los pueblos indígenas en suelo europeo han sido claramente identificados y estudiados por otros autores, y también ha habido un resurgimiento más reciente en este sentido. Sin embargo, creo que no es excesivo decir que el alcance de este trabajo permite poner fin definitivamente a la novedad y sorpresa de este nicho de los estudios coloniales en la academia. Así, y a través de la ampliación y solidificación de su propia obra a partir del año 2000, Esteban Mira Caballos comenzó a sentar las bases de nuevas investigaciones que contemplarán ahora la realidad de los pueblos indígenas en suelo europeo, no como algo episódico o marginal, sino como un caso relevante, proceso histórico que siempre será tenido en cuenta.

Sin embargo, y pese a ser secundarias si pensamos en el alcance pretendido, no todas las características de este libro son exclusivamente positivas. Aquí me concentro sólo en algunas particularidades que –aunque de ninguna manera devalúan el hercúleo esfuerzo del autor en el trabajo de archivo, síntesis y organización de datos– pueden no contribuir a un análisis suficientemente crítico de los procesos históricos por parte del lector. Empecemos por los aspectos formales. Algo que ya se sospecharía con el título del libro (de hecho, bastante sinódico), pero que se confirma a lo largo de las páginas, es que este tema es demasiado vasto para condensarlo en un solo volumen. Para dar un contexto histórico adecuado a los diferentes actores en juego, con un alcance geográfico ciclópeo y una cronología nada modesta, Mira Caballos tuvo que hacer selecciones, intentando separar los subtemas en capítulos.

Al mismo tiempo, sin embargo, se nota cómo estas separaciones son claramente forzadas y la mayoría de los temas acaban siendo transversales a las divisiones. Si por un lado es algo natural, por otro también se ha convertido en una debilidad. Este estilo de escritura no complica la lectura, pero sí la consulta. Lo que se ganó en ligereza y fluidez, se perdió en capacidad de sistematización y termina funcionando menos como herramienta de trabajo para los investigadores de lo que tendría potencial para serlo. También creo que se podría haber tenido más cuidado con la redacción, ya que parece haber cierta prisa en ciertos apartados en la revisión del texto, acompañada de un número de errores tipográficos más frecuente de lo habitual (p. ej. la nota 134 (p. 433) es una repetición del texto en la página 164; en la página 178 (notas 240 y 241) se citan diferentes obras por repetición de ideas y palabras, etc.).

En segundo lugar, Mira Caballos aún insiste en ciertas valoraciones sobre el mundo indígena basadas en una historiografía anticuada. Hace muy poco, Natalia Moragas Segura hablaba lacónicamente sobre este punto, precisamente. Porque, especialmente para los etnohistoriadores, antropólogos o arqueólogos americanistas, es evidente que los “estados” culturales de Elman Service en las últimas décadas se han convertido en categorías teóricas sin fundamento. Derivadas de una visión evolucionista de Lewis Morgan, estas divisiones hoy no encuentran aprobación entre los especialistas, precisamente porque nuevos datos y estudios revelan cómo las sociedades son poliédricas, heterogéneas, cambiantes y altamente permeables, caracterizaciones que no encajan con la visión esquemática (y, dicho sea de paso, etic) de Service. Mira Caballos, además de caer varias veces en digresiones reduccionistas de la realidad americana preeuropea (p. ej. p. 147, 240), utiliza con facilidad los calificativos de culturas “primitivas” o “avanzadas” de Service (p. ej. p. 68-69, 241). Para quienes conocen la historiografía mesoamericana, también resulta chocante que el autor haya recuperado una obra de más de ocho décadas de antigüedad para ofrecer descripciones de la sociedad mexica (el clásico popular de Vaillant, ya obsoleto desde hace décadas en la gran mayoría de temas (pág. 115, nota 35). En tercer lugar –y no tanto considerando un aspecto menos positivo sino más bien como algo que eché en falta en la obra y que la enriquecería enormemente–, sería útil un aparato crítico más consistente en lo que respecta principalmente a la terminología utilizada, pero también a su historiografía.

A veces, la generalización de un tema que puede resultar delicado –como el que se aborda en el libro– puede dar lugar a lecturas contradictorias. Hablamos esencialmente de “indios” e “indígenas” (y, por derivación, de “negros”, “mulatos” o “zambos”), pero también de términos ya banalizados, como el de “élites” que, analizados en estos contextos coloniales, tienen poco que ver con la transparencia. Además de los dos puntos mencionados anteriormente, que probablemente estuvieron involucrados en las razones de esta simplificación terminológica, sospecho que pudo haber otro doble fenómeno: una transposición parcialmente literal del discurso de las fuentes antiguas al texto final y, al menos, al mismo tiempo, un intento de no sobrecargar al lector con contenidos excesivamente especializados. Aquí entra en juego una de las características del autor que destacó al principio: ser profesor de secundaria. Todo el ensayo presenta un discurso claro y didáctico. Agiliza la lectura y camufla el tema complejo que es. Muchos pasajes parecen haber sido transcritos oralmente, lo cual en muchos sentidos es fantástico. Lamentablemente para mí, en esta oralidad se pierden ciertos matices y aparecen ambigüedades, como, por ejemplo, “La inmensa mayoría de los indígenas que llegaron como esclavos voluntariamente permanecieron en la Península. (…), incluso, algunos nacieron aquí”. (pág. 221).

Queda por preguntarse: ¿eran estos últimos todavía “indígenas” entonces? Hubiera sido relevante centrarse un poco más en las cuestiones geográficas que en las sociales, pues son estas discusiones las que permiten tener una imagen más clara del “mestizo” y de cómo esta entidad se diluye tan fácilmente en unas pocas generaciones. Finalmente, y no ajena a los puntos anteriores, sentí otra necesidad que, sin embargo, ciertamente excedería las capacidades –al menos, en este momento- de cualquier investigador archivístico. ¡Hágase honor a Mira Caballos por su audaz y corpulento trabajo! Sin embargo, algo que no se puede pasar por alto es que la abundancia de documentos procedentes de Sevilla y, en menor medida, de tierras andaluzas o extremeñas como Carmona o Zafra, resulta desequilibrada respecto a la documentación procedente de otros lugares y, por tanto, condiciona el rumbo de las conclusiones. Además, a un nivel que al autor le resulta aún más difícil evitar, surgieron esencialmente tres focos en tierras americanas que eclipsaron al resto del territorio americano: los centros políticos de Nueva España y Perú, así como Santo Domingo en las Antillas. Volvemos, una vez más, al principio: esas tres características restantes de la carrera académica del autor están naturalmente ligadas a estos caminos historiográficos. Sería más que injusto denigrar la imagen de la obra por estos factores y evidentemente ese tampoco es mi objetivo.

Lo relevante es utilizar estas ausencias como incentivo para que nuevas investigaciones consideren otras realidades documentales. De hecho, esta es también la razón por la que escribo estas líneas en portugués y para una audiencia de habla portuguesa. A lo largo de la obra aparecen varias veces alusiones a Portugal, principalmente en relación al puerto de Lisboa. A pesar de las prohibiciones castellanas sobre la esclavitud indígena, efectivamente surgió un fructífero comercio paralelo con el puerto portugués (p. 34 y siguientes) y acabamos conociendo casos de indígenas obligados a declarar su falso origen portugués (p. 82). Asimismo, ejemplos de manifestaciones de poder con indígenas provenientes de los dominios de D. João III -como el de los duques de Medina-Sidonia- (p. 139), deberían alentar nuevos trabajos que estimen la voz de los documentos de archivo de tierras portuguesas. Son puertas abiertas a un universo de colecciones prácticamente inexploradas en este campo.

En definitiva, “El Descubrimiento de Europa” es una obra importante que abre un nuevo camino en la historiografía de los estudios coloniales de la Edad Moderna y que, sobre todo, pide más. Esperemos que el doctor Esteban Mira Caballos no termine aquí su incesante búsqueda de indígenas americanos en territorio peninsular y que, de ahora en adelante, en un diálogo comparativo, sea posible integrar cada vez más análisis de investigadores que suelen estar más alejados de estos temas de los estudios americanistas: como los que se centran en los repositorios portugueses –por supuesto– pero también otros.

Mauro Alves

Universidad Complutense de Madrid

Publicado en:

Revista Portuguesa de História – t. LV (2024) – pp. 379-385.

https://impactum-journals.uc.pt/rph/article/view/14231

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Comentarios

  1. Mauro Alves dice

    en 15:56

    Acabo de saber que el Doctor Esteban Mira Caballos publicó este texto basado en mi reseña publicada en la Revista Portuguesa de História. Un texto que he escrito poco después de que salía su libro y que, sin embargo, tardó bastante en publicarse (con alguna alteración, por ejemplo, añadiendo una referencia a la estimada Doctora Natalia Moragas que, mientras tanto, también ha comentado sobre la dicha obra). Mucho le agradezco por esta divulgación y, además, reitero la enhorabuena por «El Descubrimiento de Europa». Solo necesito agregar dos notas sobre el texto que está en este blog . La primera es que se trata de una traducción y adaptación (hay alguna omisión) de mi reseña, así que invito el interesado lector a consultar la misma en su versión original en el enlace disponible (en acceso abierto) por la Revista Portuguesa de História. La segunda nota se refiere a la diferencia entre mi manuscrito y la versión publicada en dicha revista. Pese a mi esfuerzo contrario, la dirección de la Revista Portuguesa de História cambió mi texto final, adaptándolo al «Acordo Ortográfico de 1990″, «régimen» ortográfico que no sigo. Una cuestión que, por fortuna, todavía no hay que preocuparse en el mundo castellanohablante. De resto, espero que siga de forma apasionante el debate sobre el tema que el libro del Doctor Esteban Mira Caballos ha tanto enriquecido.

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