Esteban Mira Caballos

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EVANGELIZAR Y CIVILIZAR. LA COARTADA DE LA IDEOLOGÍA DE PROGRESO

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Desde los orígenes de la civilización, la guerra ha sido un elemento omnipresente, en el que han participado de lleno las grandes religiones monoteístas. Ya en el Antiguo Testamento se reflejaba el carácter guerrero de muchos de los grandes profetas. De hecho, Moisés, líder bíblico de los hebreos que vivió en el siglo XIII a. C. y sus sucesores, perpetraron grandes atrocidades que fueron justificadas como designios divinos. De hecho, en el libro del Éxodo se señalaba como Moisés destruyó más de medio centenar de pueblos fortificados, asesinando a todos sus habitantes, incluidas mujeres y niños. Los sucesores del profeta prosiguieron estas matanzas sistemáticas durante varios siglos (Ghiglieri, 2005: 202-203).

En la Baja Edad Media se conoce bien la existencia de un buen número de Papas guerreros que no dudaban en empuñar la espada para combatir a los infieles. Las Cruzadas comenzaron en el siglo XI de nuestra era, prolongándose por espacio de varios siglos. En ese intervalo se pusieron en marcha al menos ocho campañas con el objetivo de recuperar los Santos Lugares, Palestina en poder de los chiitas fatimíes y el actual Líbano en poder de los turcos. Estos se habían mostrado hostiles frente a los peregrinos cristianos que intentaban acceder a los territorios sagrados. Pero no era tanto la fe lo que atraía a los cruzados como las promesas de enriquecimiento. Muchos retornaban ricos, tras practicar la rapiña entre los pueblos infieles lo que a su vez animaba a otros a incorporarse a la guerra santa. Un ejemplo muy significativo es el de Andrés II, rey de Hungría, que regresó de su cruzada por Tierra Santa con un cuantioso botín en el que se incluía el supuesto aguamanil usado en las célebres Bodas de Caná de Galilea, en las proximidades de Nazaret. (Mitre, 1983: 225).

Las cruzadas se convirtieron en la solución perfecta a los problemas socio-económicos que padeció la Europa medieval, proporcionándoles un medio de vida a hidalgos sin fortuna o a segundones desheredados. Posteriormente, se continuaron expidiendo bulas de cruzada, aumentando su número en el siglo XV. Así, tras la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453 la Santa Sede se mostró muy propensa a compensar dicha pérdida, favoreciendo cualquier empresa que quisiera expandir la frontera cristiana. Los papas Nicolás V, Calixto III, Pío II y Sixto IV otorgaron en la segunda mitad del siglo XV numerosas bulas de cruzada a los portugueses, bendiciendo y auspiciando su expansión a lo largo de la costa africana.

Tradicionalmente la historiografía ha ampliado el marco de las cruzadas hasta la Reconquista de la Península Ibérica, e incluso, hasta la Conquista de América. Es cierto que siete siglos de lucha contra Al-Ándalus marcaron el carácter hispano que siguió expandiendo la frontera cristiana más allá del océano. Los hombres de armas, que en muchos casos se siguen llamando adelantados, tenían una forma de vida forjada por una tradición de siglos y que continuó muchas décadas más en la nueva frontera indiana (Bernal, 2015: 115-116). Y no se puede cuestionar el carácter mesiánico y evangelizador de la época de la Conquista, aunque ésta fuese más una guerra santa que una cruzada.

Desde hace siglos existe un vetusto debate entre los que han defendido que la Conquista fue una cruzada, la última cruzada medieval, y los que, por el contrario, lo han negado. Ya en el siglo XVII, Vicent Le Blanc, señaló ciertos paralelismos entre la conquista del Santo Sepulcro y la de América. España era la gran defensora del catolicismo y además había recibido la donación papal a cambio de la evangelización. A finales del siglo XIX escribió Joaquín García Icazbalceta lo siguiente: La Iglesia urgía siempre para que se llevase la luz de la fe a las regiones incógnitas. España era el primer campeón del catolicismo, y así como en el Viejo Mundo sostenía terrible lucha contra las nacientes herejías, del mismo modo en el Nuevo agotaba sus fuerzas para extirpar la idolatría (1894: 18).

Pensadores clásicos como Ramiro de Maeztu, sostuvieron ya en las primeras décadas del siglo XX que toda España era misionera en la época de la Conquista, mientras que Claudio Sánchez Albornoz la interpretó como una prolongación de la cruzada que España llevaba a cabo desde hacía ocho siglos contra el Islam (Cit. en Izard, 2000: 61 y 130). Asimismo, el alemán Georg Friederici defendió este espíritu de cruzada de la Conquista, aunque incluyendo tanto la ambición divina como la humana, es decir, religión y lucro económico de la mano. (1973: 261).

Otros muchos historiadores como William Prescott, Carlos Pereyra, A. Rubio y Muñoz-Bocanegra, Salvador de Madariaga, Silvio Zavala, Manuel Giménez Fernández o Francisco Morales Padrón han esgrimido este mismo planteamiento de corte casticista según el cual el espíritu de cruzada impregnó toda la expansión hispánica. Para ellos la Conquista fue la última aventura religiosa que cerraba el ciclo de las cruzadas medievales.

Sin embargo, la Conquista no fue exactamente una cruzada sino una guerra santa ya que los conquistadores no fueron caballeros cruzados, ni pretendían recuperar Santos Lugares, ni participó la Santa Sede, ni fue su primer objetivo la expansión del cristianismo. Asimismo, cabría preguntarse si había infieles en América. La respuesta no dejar lugar a dudas: no. Los amerindios eran en cualquier caso paganos, es decir, en general rendían culto a diversos elementos de la naturaleza, frecuentemente al sol y a la luna, pero no ofendían al cristianismo. De hecho, el culto al sol estaba ampliamente difundido por todo el continente americano. (Friederici, 1973: 214). Ya lo advirtió el propio Colón en la su carta del 15 de febrero de 1493: no conocían ninguna secta ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo… (Colón, 1992: 48).

Años más tarde, fray Bartolomé de Las Casas O. P. denunció que se hubiesen conquistado reinos indígenas como si fueran infieles, ignorando que eran simples idólatras que en absoluto combatían a la cristiandad (1951: III, 257).  Y se lamentaba de que tuviesen herrados a miles de naturales como si de islámicos se tratase, cuando en teoría habían sido declarados vasallos por la reina Isabel de Castilla y, por tanto, miembros en potencia del reino de Dios. Cierto es que los mexicas y los incas poseían religiones más complejas. También los chibchas disponían de un dios civilizador, Bochita, que protegía a los hombres de las perversiones de la diosa hechicera Huitaca. Pero, en cualquier caso, no dejaban de ser credos paganos.

En el seno de la Iglesia cristiana había tres doctrinas: la primera, conocida como humanista, era minoritaria y toleraba la existencia de otros credos, negando además la esclavitud. Benito Arias Montano, fray Pedro de Córdoba, fray Bartolomé de Las Casas, Francisco de Vitoria o fray Bartolomé de Albornoz son algunos representantes de esta corriente de pensamiento. Ya San Pablo y posteriormente San Basilio habían condenado a los esclavistas e indirectamente a la institución de la esclavitud. Melchor de Covarrubias, Bartolomé de Las Casas y Francisco de Vitoria entre otros asumieron esta idea. Este último, por ejemplo, mantuvo que la aceptación de la fe cristiana debía hacerse voluntariamente y sin coacción. Pero por desgracia, esta corriente fue minoritaria a lo largo de la Edad Moderna (Pereña, 1956: 159). La segunda de las doctrinas reconocía un trato diferenciado a infieles y paganos. A los infieles había que hacerles la guerra, pero, en cambio, a los paganos simplemente se les debía incorporar pacíficamente a la cristiandad. Con estos últimos, que en absoluto ofendían a los cristianos, sólo era posible emplear prácticas evangélicas. Y, finalmente, la tercera, probablemente la más radical, incluía dentro del concepto de infiel tanto a los herejes como a los paganos. Así lo señalaba fray Luis de León, aludiendo a San Gregorio, doctor de la Iglesia (1999: 4). Por su parte, San Agustín había aclarado que la guerra era una consecuencia directa del pecado en el que vivían los paganos y, por tanto, era lícito hacerles la guerra. Tanto San Agustín como Santo Tomás aceptaron la guerra como inevitable y hasta necesaria, aunque siempre que hubiese causa justa.

Pues, bien, desde mucho antes del Descubrimiento de América, la Iglesia había optado por la tercera de las doctrinas. La guerra era inherente al hombre, generaba destrucción, pero, al fin y al cabo, el destino último del ser humano no era otro que la muerte, su propia destrucción física. No resultaba tan difícil unir el sentimiento religioso con la necesidad de practicar la guerra, cuando los intereses de la cristiandad así lo requiriesen. Ya el 18 de junio de 1451 el Papa Nicolás V, expidió una bula a los portugueses por la que les concedió la facultad de invadir, conquistar y anexionar los territorios habitados por paganos e infieles, sometiéndolos a esclavitud (Torre, 1950: 49). Adviértase que el Vicario de Cristo decidió incluir en el mismo saco a infieles y a paganos, lo que implicaba desde el punto de vista material la posibilidad de eliminar todas sus instituciones y de arrebatarles sus propiedades (Artola, 1999: 27). Esta tercera doctrina fue la que se impuso en América; los paganos eran también infieles y, por tanto, era legítimo combatirlos. Paganos equivalía a infieles, y estos a su vez a bárbaros, lo que equivalía a una auténtica patente de corso para someterlos a sangre y fuego. No extraña que cronistas como Baltasar de Obregón llamen a los indios alárabes, a sus templos mezquitas y a sus sacerdotes alfaquíes, equiparándolos con los infieles seguidores de Alá (Obregón, 1924: 181). Pero podía ser aún peor, por sus ceremonias y su enemistad con los hispanos muchos sospechaban que descendían de los judíos, de una de las tribus perdidas de Judea. (Cervantes de Salazar, 1971: I, 128-129). Incluso, hubo quien sostuvo que sus sectas eran demoníacas y que no solo desconocían a Dios, sino que estaban bajo la influencia del mismísimo Satanás.

En nombre de unos supremos y superiores valores cristianos, los europeos se sintieron autorizados a someter a sangre y fuego en nombre de Dios. Las matanzas de paganos o infieles constituían un servicio espiritual que sería debidamente recompensado en la otra vida. Y ello porque hacía tiempo que el pueblo español se sentía llamado por Dios para expandir la fe cristiana (Goytisolo, 2002: 23). De manera que el cristianismo lejos de suponer un obstáculo a la expansión imperial, la bendijo y la impulsó (Stallaert, 2006: 382). Una política que emprendieron los Reyes Católicos y que continuaron sus sucesores no sólo en América sino también en Europa donde pretendieron crear un imperio cristiano.

Efectivamente, por encima de cualquier proyecto mercantil, uno de los grandes objetivos alentados desde la Corona fue que en los nuevos territorios imperara la unidad cristiana (Carande, 1989: 34). En América no tendrían cabida ni los moros, ni los moriscos, ni los judíos, ni los gitanos, ni los herejes, solamente personas de un probado catolicismo. Bien se pudieron haber aprovechado las colonias como válvula de escape para las minorías religiosas, como hicieron los ingleses, pero se optó por preservar la pureza de la fe en todo el imperio (Elliott, 2006: 67).

El contexto histórico era el idóneo porque, desde el siglo XV, se habían radicalizado las posturas, pasando de la tolerancia a la intolerancia. Por intolerancia entendemos cualquier comportamiento, expresión u actitud que atenta contra los derechos o los niega. La intolerancia puede estar ligada al odio racial, sexual o religioso. En el caso de la conquista de América la intolerancia fue esencialmente de signo religioso.

Ya a mediados del cuatrocientos, la intransigencia se comenzó a ver como una gran virtud cristiana, un signo externo del gran celo por la obra de Dios mientras que, por el contrario, la tolerancia se interpretaba como una peligrosa debilidad. Nada quedaba ya de aquella Iglesia primitiva y liberadora que en tiempos de San Pablo había condenado la servidumbre. La Iglesia se convirtió en legitimadora del Estado expansivo, bendiciendo de esta forma la desigualdad de los hombres y la sumisión. Pruebas de este fanatismo son la creación del Tribunal de la Inquisición en 1478 o la expulsión, catorce años después, de los judíos. La famosa y casi legendaria convivencia de las tres religiones en la Península Ibérica –la cristiana, la judía y la islámica-, se había esfumado definitivamente desde finales del siglo XV. Atrás quedaba ese espíritu apaciguador de Alfonso X El Sabio y la conciliadora Escuela de Traductores de Toledo. Los Reyes Católicos consagraron un modelo de Estado cuya base será el monolitismo religioso, donde ni lo judaico ni lo islámico tendrían cabida. La España de la Conquista se correspondía en el tiempo con la Europa de la Reforma, un continente donde se mata o se muere por cuestiones religiosas. (Fernández Álvarez, 1983: I, 359).

El propio Cardenal Cisneros quiso ir personalmente a Oran a castigar a los infieles, mientras el Papa Paulo III pedía encarecidamente a Carlos V que recuperase Constantinopla para la cristiandad. Y el emperador no se quedaba corto en sus respuestas a su Santidad pues en más de una ocasión le confesó que se sentía el capitán del ejército de su Santidad, es decir, el adalid de la cristiandad.

El cristianismo estaba en esos momentos en plena guerra santa, precisamente en unos momentos en los que el islam practicaba una cierta tolerancia religiosa. El ideal de la expansión del cristianismo no fue una idea original de Jesús, que nunca predicó ante los gentiles, solo ante su pueblo, el judío. San Pablo, contra sus dictados, sí predicó a los gentiles y después del Concilio de Nicea del año 325 se generalizó la idea de predicar el evangelio a todos los pueblos (Saban, 2008: 381-382).

Muchas palabras de líderes actuales del integrismo islámico, que tanto nos escandalizan, tienen su paralelismo en el cristianismo del quinientos. De hecho, en más de una ocasión, el ya fallecido Osama Bim Ladem sostuvo a los cuatro vientos que todos aquellos que diesen su vida por el islam tendrán como premio el paraíso. Un planteamiento idéntico al que defendían muchos cristianos al menos desde la Edad Media. En el siglo VIII el Papa Esteban II escribió que quién combatiese a los infieles les serían perdonados sus pecados. Un siglo después el Papa León IV, en la misma línea, sostuvo que quien combatiese a los sarracenos no le será negado el acceso al reino de los cielos. Igualmente, en el siglo XIII, el Cardenal Ostiense calificaba de justísima toda guerra contra los infieles, especialmente a la nación mahometana, calificada de summa culpabilis (Contamine, 1984: 339 y 349). Había que convertir a los infieles, pero obviamente, desde las Siete Partidas todo cristiano que se convirtiese al islam o al judaísmo debían matarlo por ello. (Part. VII, Tit. 24, Ley 7). Poetas como Jorge Manrique reflejaron la manera en que se podía alcanzar la salvación, los religiosos rezando y los caballeros con trabajos y aflicciones contra moros (Fernández Álvarez, 2004: 156).  Es decir, afligir o matar moros o cualquier espécimen infiel era la mejor forma de alcanzar el Paraíso.

Los conquistadores tenían claro que guerrear contra los paganos –igual que en la Península Ibérica contra los infieles- era del agrado del Creador y que con ello estarían más cerca de ganar el cielo (Bernal, 2015: 117). El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, sostuvo sin rubor que calcinar indios paganos equivalía a quemar incienso al Señor. (Cit. en Todorov, 1999: 162).

Los capitanes reforzaban la moral de su hueste recalcando que la guerra era justa porque luchaban contra infieles lo que a la postre les proporcionaría gloria eterna. Los muertos en combate serían mártires de Dios, al igual que los integristas islámicos de hoy son mártires de Alá. De paso España convertía la ocupación de aquellos territorios no solo en un derecho sino también en un deber de ocupar y establecer la verdadera fe, la cristiana. Ese era el espíritu intransigente que reinaba en España en los albores de la Edad Moderna.  

Es obvio, pues, que la empresa americana se entendió desde un primer momento como la prolongación de la guerra santa que desde hacía varios siglos se venía librando en la Reconquista. No en vano, ya en el primer viaje colombino se utilizaron fondos de la bula de Cruzada. Pero no tardó en cobrarse la bula en el territorio americano; ya en 1503 se destinaron a este fin los fondos no reclamados de los bienes de difuntos. Y desde 1511 se empezó a predicar la citada bula en las Indias, aunque eso sí, los fondos irían destinados a combatir la guerra contra los turcos y los moros y no la de los infelices indios. Y es que, si algún espíritu de cruzada inspiraba a los españoles consistía en encontrar riquezas con las que después poder contribuir a la financiación de una nueva cruzada sobre la ciudad sagrada de Jerusalén.

Como es bien sabido, Santiago Matamoros había ayudado de forma decisiva a derrotar al islam en la Península y ahora reaparecía ante los españoles para someter a los nuevos infieles, los indios. Al igual que Alfonso VIII y sus soldados vieron al santo en su caballo blanco, guiándolos en la batalla de las Navas de Tolosa, allá por el año de 1212, en la conquista de América fueron muchos los que creyeron verle, al frente de las huestes cristianas. Por fortuna para los hispanos, Santiago cruzó el charco junto a las mesnadas conquistadoras, para ayudarlos en su difícil y loable misión de extender la frontera cristiana allende los mares. En América dejó de ser Santiago matamoros para convertirse en Santiago mata indios. En numerosas ocasiones citan las crónicas la presencia de este apóstol al frente de las huestes, aunque también aluden a la aparición de la Virgen María y ocasionalmente a San Pedro, San Francisco y San Blas. No era la primera vez que San Pedro se aparecía ante las huestes cristianas. Ya en el siglo XII, antes de entrar en combate el Cid contra el rey Búcar, se le apareció, prometiéndole la ayuda de su hermano Santiago en el día de la batalla. (Romancero del Cid, 2007: 122-124).

Como podemos observar, la ayuda divina enviada por el mismísimo Creador no se limitó al santo matamoros, sino que se extendió a poco menos que a media corte celestial. Con toda seguridad, la inclusión de la providencia divina en las crónicas de Indias es una coartada ética para convencerse ellos mismos y a los demás de que su conquista era justa y contaba con el beneplácito de Dios (Restall, 2013: 29). La pólvora y la ayuda del Santísimo constituyeron un cóctel explosivo que acabó rápidamente con el mundo indígena, permitiendo a medio y largo plazo hacer efectiva la expansión de la frontera cristiana.

El mesianismo era algo fuertemente arraigado en la mentalidad de una parte de la población castellana. La idea de que la providencia divina había elegido a unos hombres para expandir el cristianismo está muy extendida. Es bien conocido el mesianismo del propio Cristóbal Colón, convencido de ser un elegido por la providencia para cumplir altos fines a favor de la cristiandad. También el padre Las Casas, el primer protector de los indios, se consideró a sí mismo un elegido para denunciar los abusos sobre los naturales y salvar lo mismo sus cuerpos que sus almas (Rivera Pagán, 1992: 91). Por su parte fray Toribio de Benavente, más conocido como Motolinía, identificaba a España con el imperio de Jesucristo mientras que los indios eran los paganos a los que había que convertir (Paz Haro, 1991: 69). Asimismo, fray Gerónimo de Mendieta O.F.M. comparó a Hernán Cortés con Moisés. A su juicio, el conquistador extremeño fue un elegido por Dios para guiar al pueblo español en su misión de expandir la cristiandad (1980: 175-176).

Muchos de estos clérigos, especialmente los franciscanos, llevaron a cabo conversiones en masa, pensando en la vieja idea de que, cuando la palabra de Dios hubiese llegado a todos los rincones del mundo, Jesús regresaría para hacer su Juicio Final. Unas conversiones masivas que guardan bastante relación con las que encabezó el Cardenal Jiménez de Cisneros en la Península Ibérica poco antes del descubrimiento (Bosch Gimpera, 1996: 116-117). También el padre Acosta afirmó que el hecho de que hubiese parcialidades y guerras entre los naturales fue obra de Dios porque de otra firma ni Hernán Cortés ni Francisco Pizarro hubiesen podido ganar la guerra (1987: 501).

Pero no sólo hubo religiosos convencidos de la alta misión cristiana de España sino también un buen número de visionarios laicos. El caso de Colón era algo especial porque, como es bien sabido, tenía una personalidad compleja, a medio camino entre profeta y usurero. Todorov sostiene que su primer objetivo fue la victoria universal del cristianismo, es decir, la expansión de la fe, y que cuando el genovés aludía al oro, lo hacía para captar el interés de los reyes y de los colonos (1999: 19-20).

La verdad es que cuesta creerlo, tratándose de una persona que tantos cargos ambicionó –las Capitulaciones de Santa Fe dan prueba de ello- y que tanto oro buscó. Incluso, en su ansia por hacer fortuna se involucró en el tráfico de esclavos indios, planeando enviar a la Península Ibérica una remesa de cuatro mil piezas que, según sus cálculos, le reportarían unos beneficios superiores a los veinte millones de maravedís

Otra de las grandes figuras de la empresa americana, Hernán Cortés, manifestó en más de una ocasión que él no había ido a las Indias por tan poca cosa como era el vil metal sino para servir a Dios y al Emperador. Y es cierto que él iba un poco más allá que la mayoría de conquistadores, que se conformaban con el vil metal; él aspiraba a algo más, es decir, a ganar la eternidad. Se dice que a su partida de Cuba en 1519 llevaba un estandarte blanco y azul con una cruz roja y debajo una inscripción latina que traducida decía: Sigamos la Cruz, y con fe y esa señal, venceremos.  El hecho de que las armas y, sobre todo, las banderas, llevasen inscripciones piadosas fue una constante a lo largo de todo el período medieval. También fue frecuente, después de la primera cruzada, que muchos combatientes usasen en su ropa cruces de tela de distintos colores y formas. (Contamine, 1984: 369).

En las ordenanzas militares que pregonó en Tlaxcala, poco antes de poner cerco a Tenochtitlan, escribió que el objetivo tenía que ser la expansión del cristianismo porque de lo contrario la guerra sería injusta y la restitución de lo robado obligada. Estaba claro, que el metelinense conocía las teorías de la guerra justa y quería evitar futuras sorpresas. Por lo demás, se afanó en destruir con saña todos los templos indígenas que encontró a su paso, a la par que mostraba una gran obsesión por levantar cruces en los sitios más altos para que, como sostuvo el cronista Francisco Cervantes de Salazar, pudiese ser contemplada y adorada por todos. Sin embargo, paralelamente a esta actitud tan intransigentemente cristiana muestra un enorme interés por los bienes terrenales. De hecho, lo primero que hizo cuando entró en Tenochtitlán fue robar, junto a sus hombres, los tesoros de la recámara de Moctezuma. Éste, a sabiendas de que el interés del extremeño no era tan espiritual como manifestaba, lo había escondido, emparedándolo. Pero la frescura del muro no pasó desapercibida y no tardaron demasiado en dar con el fabuloso botín. Según Bernal Díaz, cuando contemplaron el tesoro del emperador mexica se sintieron aliviados en sus dolores y penalidades y la mayoría pensó en cogerlo y regresar prestos a España. Lo cierto es que el medellinense en tan sólo tres años se convirtió en la persona más ricas de las Indias. Su codicia superó con mucho a sus posibles prejuicios religiosos y/o morales; estos eran los elegidos por Dios, unos hombres que después de ver el oro ya no querían evangelizar a nadie sino regresar lo antes posible a su tierra natal.

Muchos cristianos creyeron que los credos indígenas estaban inspirados por el mismísimo Satanás. Si no tenían un dios omnipresente, ni eran europeos, ni cristianos, ni judíos, ni moros no podían ser otra cosa más que discípulos aventajados del Príncipe de las Tinieblas. Y para colmo las ideas satánicas habían enraizado profundamente en la población indígena porque el mismísimo Satanás había campado a sus anchas por el continente americano durante mil quinientos años, sin oposición alguna por parte de los cristianos. Así pensaba el cronista Juan Suárez de Peralta para quien el Nuevo Mundo había estado señoreado por el demonio y fue voluntad de Dios su conquista, en la que ayudó decisivamente a través del apóstol Santiago (1990: 66-67).

Todavía en la primera mitad del siglo XVII eran muchos los religiosos que pensaban que las almas de los amerindios estaban tomadas por el demonio. De hecho, el arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez, aconsejaba a los visitadores que comenzaran la conversión de los indios exorcizándolos, es decir, pidiendo en voz alta a los espíritus del mal que abandonasen sus almas. Lo cierto, es que esta simplificación, en parte interesada, de Dios/ Satanás sirvió para justificar los medios. Cualquier acción, por cruenta que fuese, era tolerable y hasta recomendable si contribuía a la victoria definitiva sobre las sombras del Infierno. A la Corona le daba lo mismo que se interpretase que los amerindios eran siervos de Alá o de Lucifer, porque lo realmente importante era hacerles la guerra santa y de paso reforzar la cohesión social. No olvidemos que en América se dieron cita personas de muy distintos reinos peninsulares y europeos, desde griegos, a alemanes, pasando por flamencos, genoveses, portugueses, milaneses, venecianos y sicilianos. Toda esa heterogeneidad sólo tenía un nexo de unión: el credo. Efectivamente todos eran profundamente cristianos además de católicos, apostólicos y romanos. En su universo mental, se podía tolerar todo menos la más mínima desviación del dogma. También la lengua castellana terminó siendo el otro gran instrumento vinculador del grupo.

Pero la mayoría de ellos tenía una idea mucho más materialista de la vida, aunque muy pocos lo reconocieran. Todos afirman que el esfuerzo lo hacían por una encomiable voluntad de servicio a Dios y a la Corona, aunque su objetivo prioritario era el enriquecimiento. Las huestes buscan ansiosamente riquezas fáciles de transportar –de ahí que fundan el oro y la plata en lingotes- para regresar ricos a la tierra que los vio nacer. El trujillano Francisco Pizarro, hijo ilegítimo del capitán Gonzalo Pizarro y analfabeto, se comportó de forma mucho más espontánea y realista. Antes de partir para el Perú, estando en Panamá junto a Diego de Almagro y Hernando de Luque, oyeron misa, comulgaron y acordaron compartir en partes iguales el botín que arrebatasen a los infieles (Bataillon, 1998: I, 121-122).

Años más tarde, cuando fray Bernardino Minaya le pidió que, antes de su encuentro con Atahualpa, explicara a los nativos que la razón de su presencia era la evangelización el trujillano se negó, diciendo que él había venido de México a quitarles el oro (Cit. en Flórez, 1992: 34-35). No menos claros se mostraron la mayoría de los cronistas, pues según Gonzalo Fernández de Oviedo nadie se jugaba la vida en el océano por amor del alma, sino para sacar de necesidad y pobreza su persona lo más presto que ellos puedan (1992: III, 308). E igual de sincero se mostró el cronista llerenense Pedro Cieza de León cuando escribió con rotundidad que la única pretensión de los hispanos era conseguir oro. Estaba claro que, aunque muy pocos lo reconocieran abiertamente, la inmensa mayoría solo estaba dispuesta a jugarse la vida bajo la fundada promesa de obtener un enjundioso botín. La dura y peligrosa travesía era capaz de transformar hasta al más piadoso. De hecho, el padre Las Casas se encargó de elegir a un grupo selecto de agricultores para asentarlos allá, pero, apenas se descuidó, dejaron sus oficios y se dedicaron a un negocio mucho más lucrativo, es decir, el de robar y saquear las posesiones de los pobres aborígenes (Hanke, 1967: 125).

Y es que todo el mundo en Europa identificaba las Indias con el oro; en las primeras décadas a casi nadie se le pasó por la cabeza jugarse la vida en el Mar Tenebroso con el simple objetivo de cultivar los campos. Pese a las fertilísimas tierras que había no es de extrañar, como refería John Elliott, que todavía en la tercera década del siglo XVI se afirmara que las Indias no daban pan ni vino, sino solamente oro y en grandes cantidades. Gonzalo Fernández de Oviedo se preocupó en preguntar a un miembro de la hueste de Hernando de Soto por qué siempre avanzaban, sin detenerse a poblar en ningún territorio. (1992: II, 172). La respuesta de su entrevistado no pudo ser más clara: su intento era de hallar alguna tierra tan rica que hartase su codicia (Ibídem).

Un afán de riquezas que incluso hizo volar su imaginación: la leyenda de Jauja, el Dorado, las ciudades míticas de Cibola, de Quivira o las versiones legendarias del Cerro Rico de Potosí. El Dorado fue ubicado entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Estos mitos, más que el servicio a Dios, fueron los que realmente mantuvieron en alto las espadas y en algunos casos perduraron hasta el siglo XVIII. Por ejemplo, Diego de Peñalosa, siendo gobernador de Nuevo México, organizó una expedición en 1662 en busca de la mítica ciudad de Quivira. De regreso en Nuevo México escribió una relación, narrando la riqueza y la grandeza de dicha ciudad. La dureza del viaje debió afectar seriamente a su sistema neurológico porque ninguno de los miembros de su expedición pudo ratificar ni una sola de sus palabras. Solo él vio o creyó ver la legendaria ciudad.  

Conquistadores como Jiménez de Quesada, Antonio Sedeño, Sebastián de Belalcázar, Nuño Beltrán de Guzmán, Francisco Vázquez de Coronado, Hernán Pérez, Lope de Aguirre o Nicolás Federmann quedaron deslumbrados por los mitos áureos. Pero esta doble moral, esta dicotomía entre lo que decían y lo que hacían, era perfectamente compatible con el ideal de la guerra santa que, como ya hemos repetido en varias ocasiones, nunca fue ajena al afán de botín. E incluso, si llegado el caso había que recurrir a matanzas indiscriminadas, el fin las justificaba. De hecho, como escribió Eric Hobsbawm, todas las guerras religiosas de la Historia se han caracterizado por su crueldad. Si en el noble fin de expandir la religión cristiana, había algún exceso, era un pecado venial que se solventaba pagando alguna bula.

Si para conseguir el ansiado botín era necesario convertirse en huaqueros o ladrones de lugares sagrados y tumbas nadie dudaba en hacerlo. La palabra huaca era pan andina y aludía a un lugar sagrado, lo mismo un enterramiento que a un adoratorio o simplemente un objeto o sitio sagrado. Durante la conquista hubo saqueos sistemáticos de templos, tumbas y adoratorios, pero siempre bajo iniciativas individuales, pese a las amenazas de excomunión que lanzaban algunas autoridades religiosas. Ya el padre Las Casas puso en duda la legalidad de excavar las tumbas de los naturales, y en 1567 el II Concilio de Lima prohibió dichas prácticas, amenazando a los posibles infractores con la pena de excomunión (Ots Capdequí, 1993: 126).

Y avanzado ya el siglo XVI, se llegaron a formar incluso compañías para realizar estas excavaciones arqueológicas (Delibes Mateos, 2010: 59). No eran trabajos científicos y de hecho causaron un enorme daño al patrimonio, pero sí que eran legales hasta el punto que la legislación regulaba incluso los impuestos que había que pagar a las arcas reales. La legislación fluctuó mucho; en 1536 se dispuso que se pagase al fisco la mitad mientras que al año siguiente se redujo a la cuarta parte, aunque los huaqueros siempre reivindicaban su reducción al quinto (Ibídem: 37).

Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo– que, si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos (1992: II, 144). En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas (Martínez, 1992: 474).

También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente tanto templos y adoratorios como las viejas sepulturas. Hernando Pizarro, en abril de 1533 saqueó el templo sagrado de Pachacamac, un santuario yunga, cercano a la costa. El adoratorio en cuestión era uno de los más venerados del Tahuantinsuyo, junto a los santuarios del Sol, ubicados en Cusco –el Coricancha- y a orillas del lago Titicaca. El 14 de abril de ese año regresó a Cajamarca, trayendo en sus alforjas un cuantioso botín. Por su parte, Sebastián de Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó al no hallar las riquezas esperadas, aunque desenterraron a todos los muertos que se encontraron. (López de Gómara, 1985: I, 189). Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cusco; no contento con la presa encontrada, atormentó a los indios para que les mostrasen dónde estaba ubicado el camposanto (Ibídem: I, 187). También su hermano, Gonzalo Pizarro, buscó durante mucho tiempo el sepulcro de Viracocha Inca que tenía fama de haberse inhumado con muchas riquezas. Después de atormentar a muchos naturales para que confesaran lo halló en Jaquijahuana, cerca de Cusco, tomando su ajuar e incinerando la momia, cuyas cenizas entregó a los naturales (Acosta, 1987: 421).

Pese a que el derecho civil romano prohibía el saqueo de tumbas so pena de destierro, la Corona no quiso quedar al margen de un negocio tan lucrativo que de facto se producía por lo que simplemente reclamaba la mitad de lo hallado (Friederici, 1973: 254). En 1538, la Corona concedió la exclusividad de su explotación en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente. Dichas actividades continuaron porque en una orden, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas (Encinas, 1945: IV, 324).

Tumba del señor de Sipán

En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en cincuenta mil pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro (1985: 221). Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

Por otro lado, muchos de los miembros de las huestes indianas habían luchado en la Reconquista y tenían presente todo lo que suponía la lucha contra el islam. En realidad, se trataba de seguir haciendo lo mismo que habían hecho siempre, es decir, conquistar y repoblar, y de paso llenarse los bolsillos. Los rasgos de la lucha contra el moro están presentes continuamente en la mente de los conquistadores. Con frecuencia comparaban a los indios con los moros. Son varios los cronistas que afirman que los indios eran de la secta de Mahoma, mientras que Manuel de Nobrega señaló que los indios brasileños eran tan bestiales como los moros (Taboada, 2004: 223).

En las instrucciones que recibió Hernán Cortés en 1518 se le pidió que averiguara si había mezquitas o alfaquíes, es decir, musulmanes doctos en leyes. Los templos indígenas eran mezquitas. Así calificó Cortés los santuarios que había en la ciudad sagrada de Cholula. Pero, ¿Por qué mezquitas y no iglesias o catedrales? Realmente, los templos mesoamericanos no se parecían más a las mezquitas que a las iglesias cristianas. Probablemente, usaron ese símil a conciencia para reforzar de este modo la asimilación del indio con el infiel. Asimismo, los cronistas compararon Tenochtitlán con Estambul y la corte de Moctezuma con la de Boabdil (Ibídem: 224).

Tampoco dudaron en constatar la presencia cercana de judíos. En la expedición de Juan de Grijalva a Yucatán observaron algunos sacerdotes que se mortificaban, sangrándose el pene, lo cual identificaron rápidamente con la circuncisión judía. No cabía duda, todos eran moros o judíos, es decir, infieles a los que debían someter. Por ello, afirmaron que las encomiendas las merecían por haber conquistado las Indias, igual que los hidalgos castellanos ganaron sus libertades por haber ayudado a los reyes a ganar sus reinos del poder de los mahometanos (López de Gómara, 1985: I, 225).

Pero había negocios mucho más lucrativos como las razias que se practicaban por doquier en los pueblos indígenas esclavos. ¿Qué eran sino las armadas de rescate? Pues no eran más que la reproducción mimética de las cabalgadas medievales que se habían llevado a cabo de forma sistemática en territorios de infieles, tanto los situados en territorio nazarí como los que se encontraban en la costa occidental africana. Las cabalgadas eran incursiones realizadas por un contingente de hombres a caballo con el único objetivo de destruir el territorio enemigo y de paso obtener un botín.

Se trataba de paralelismos que rondaron en todo momento la mente de los conquistadores. Hernán G. Taboada (2004) ha defendido la idea de que estos conceptos, extraídos de la Reconquista, no tenían un hondo calado en la mente de los conquistadores, que se trataba más bien de una coartada. Es difícil saber qué pensaban en lo más profundo de su ser, pero, a juzgar por lo que decían y por lo que hacían, el ideal de la Reconquista debía estar fuertemente arraigado en su mentalidad.

Los capitanes y adelantados, para motivar a sus huestes, las arengaban a luchar en nombre de Dios, consiguiendo de esta forma que se dejasen la piel en el combate. Se trataba de un ritual idéntico al que se hizo en las Navas de Tolosa o, décadas después, en la batalla de Lepanto, invocando la ayuda divina, por mediación del apóstol Santiago. Incluso en pleno siglo XX, el general Francisco Franco, confesó al padre Sánchez de León que ganó la batalla de Brunete gracias a la ayuda providencial del apóstol Santiago. Cit. en (Izard, 2016: 216).

Hay decenas de ejemplos documentados en todo el proceso conquistador. Así, el medinense Bernal Díaz del Castillo escribió que, estando en la región de Tabasco rodeados de oponentes, todos los españoles salieron contra ellos gritando el nombre del apóstol matamoros, haciéndolos retroceder. Asimismo, poco antes de la batalla de Otumba Cortés arengó a sus huestes para que luchasen como cristianos contra los infieles porque solo de esa forma obtendrían el favor de la providencia y la victoria. (Fernández de Oviedo, 1990: IV, 85). Y nuevamente, antes de iniciar el asalto final a la gran capital mexica, la ciudad lacustre de Tenochtitlan, se volvió a dirigir a su hueste, persuadiéndoles que luchaban por una causa justa, desarraigar la idolatría y ponerlos en camino de salvación (Polavieja, 1909: 137). Por su parte Gil González Dávila, en 1523, antes de entrar en combate, y para levantar el ánimo de sus hombres, les relató el caso de Fernand González, quien venció al gran caudillo Almanzor con la ayuda de Dios (Fernández de Oviedo, 1990: III, 292). Y, en el virreinato peruano, Francisco Pizarro se dirigió a sus hombres en términos muy similares, aseverando que el altísimo les asistiría para derrotar a los infieles y traerlos así al seno de la cristiandad (Ibídem: V, 44). No menos claro se mostró su hermano Hernando Pizarro cuando alentó a sus mesnadas a batallar en servicio de Dios porque en este caso éste pelearía junto a ellos garantizando el éxito (Ibídem: V, 54). Era una buena forma de reforzar las convicciones del grupo y su moral, algo que a la postre resultó fundamental en la victoria de los europeos.

En definitiva, unos creyeron que se trataba de una verdadera guerra santa, mientras que otros debieron ser más o menos conscientes de la realidad, es decir, que la guerra santa era simplemente una tapadera ideológica. Es decir, la justificación moral para destruir y robar a millones de indios, equiparados erróneamente con los infieles. No debe extrañarnos, pues religión y botín han estado secularmente ligados a lo largo de la historia. Ya en la Edad Media los Caballeros Teutónicos utilizaron la cruzada para saquear salvajemente los territorios bálticos. Asimismo, la expansión por el Nuevo Mundo estuvo impulsada por un fuerte mesianismo (Payne, 2017: 62-63). Como ha escrito acertadamente Josefina Oliva de Coll, en América se usó y se abusó del nombre de Dios para justificar todo tipo de tropelías (1986: 13). Y huelga decir que no se trata de una opinión nueva, pues la sostuvieron varios cronistas de la época. Girolamo Benzoni escribió que la prueba de que combatieron por codicia y no por la evangelización lo atestiguaba el hecho de que allí donde no encontraron riquezas no se quisieron quedar. Fernández de Oviedo por su parte refirió que nadie se jugaba la vida en el océano por amor del alma, sino para sacar de necesidad y pobreza su persona lo más presto que ellos puedan (1992: III, 308). Palabras muy similares a las que empleó años después Alonso de Ercilla en su poema épico La Araucana. Decía así: Y es un color, es apariencia vana querer mostrar que el principal intento fue el extender la religión cristiana siendo el puro interés su fundamento; su pretensión de la codicia mana que todo lo demás es fingimiento (XXIII, 12-13).

También las víctimas lo tuvieron así de claro; estaban convencidos, y las pruebas estaban a la vista, que los extranjeros habían ocupado sus territorios fundamentalmente para explotarlos y saquearlos. En más de una ocasión manifestaron que el único culto que rendían era al vil metal. Por cierto, que esta idolatría al oro era una actitud que tenía orígenes bíblicos y que había sido denunciado ya en la antigüedad por los profetas y sabios de Israel.

¿Cómo explicar estas contradicciones entre lo espiritual y lo terrenal? ¿Cómo eran capaces de manifestar una cosa y de hacer lo contrario? Conquistadores, encomenderos y funcionarios públicos trataron de justificar la ocupación del territorio y lo hicieron a sabiendas de que la realidad no se correspondía exactamente con lo que ellos decían o predicaban. De ahí que se viesen obligados a inventar absurdos formulismos legales como el Requerimiento, redactado por Juan López de Palacios Rubios en 1514, que ningún indio entendía pero que servía para justificar lo injustificable. El objetivo era dar legitimidad teológica a un acto de conquista, pues se suponía que la donación papal implicaba en teoría la evangelización de los nuevos súbditos. (Rivera Pagán, 1992: 52).

Por ello, cuando hablaban de la necesidad de luchar contra el infiel trataban de justificar unas acciones que, en el fondo, no perseguían tanto ese objetivo como su propio enriquecimiento. Eso no significa que no hubiese religiosos y también laicos imbuidos de ese espíritu evangelizador que se dejaron sus esfuerzos y hasta sus caudales por expandir la fe entre los indígenas. Pondré solo un ejemplo significativo: el canónigo de la Catedral de Lima Rodrigo Pérez, en su codicilo del 15 de septiembre de 1550 instituyó una cátedra de lengua quechua, para facilitar decía la instrucción de los naturales en la fe cristiana. Y para tal efecto donó 350 pesos de oro para que se invirtiesen en rentas con las que mantener dicha institución (Castro Pineda, 1963: 136-147). 

Queda claro, pues, que la idea de la expansión misional y el lucro económico fueron juntas; lo temporal y lo espiritual de la mano como ha ocurrido siempre en todas las guerras de religión (Dussel, 1983: 88). Con razón, alguien escribió que el día que faltase el oro en las Indias ni habría muchedumbre de hombres civiles ni de sacerdotes. (Cit. en Gutiérrez, 1990: 118).

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

Nota: este artículo mereció una mención especial en el premio “pensar a contracorriente” convocado en la ciudad de La Habana, convocatoria de 2020.

Archivado en:Historia de America Etiquetado con:cruzadas, evangelizar, Ideología de progreso, tumbas

Comentarios

  1. Julio Diana dice

    en 16:11

    Nosotros, en Escuela Tolteca e Iglesia Tolteca (Facebook) desde 1999 venimos promulgando que la invasión asesina fue RELIGIOSA cristiana. Miracaballos nos confirma magistralmente. Tlasokamati.

    Responder
  2. angel garcia cintas dice

    en 01:50

    Miles de perros domados para matar personas les daban de comer niños pequeños.

    Responder
  3. Jonathan Villanueva dice

    en 03:10

    Excelente artículo muy bien documentado y explicado.

    Responder
  4. Alonso Contreras dice

    en 04:49

    Soy un estudioso y seguidor del tema de la conquista española. A mí parecer este artículo es todo un documento digno de tener en los archivos de estudio. Minucioso y conciso, expone sin embagues ni adornos la real naturaleza de lo que aconteció. Estoy convencido de que las heridas se cierran no solo aceptando a los antepasados en su tiempo con sus virtudes y defectos sino comprendiendo los poderes e ideas de las que fueron objeto. Siempre se pide y se busca la comprensión de lo que fue el mundo europeo ese es época pero muy poco se habla de las huellas de dolor que aún en estos tiempos perciben en la América hispana y que aún claman por lo menos por una disculpa.
    Gracias por tan excelente artículo!

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    • Jose luis Panizo dice

      en 05:53

      Perdón disculpa de que? España desde la la Hispania prerromana, fue invadida, conquistada y borrada del mapa, aprendieron y crecieron con ellos. Siguieron los fenicios, después los cartagineses, después los griegos, visigodos, vándalos, alanos siguieron los romanos, y para acabarla los árabes 711 años. Por lo tanto España casi desapareció. Entiendo que las huellas de dolor son fuertes, imagínese por un instante la de los españoles desde la época de los Tartessos, desde la época de las columnas de Heracles.
      Desgraciadamente los pueblos todos de alguna manera han sido invadidos.

      Responder

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