Esteban Mira Caballos

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10 DE OCTUBRE DE 1492. ¡MOTÍN A BORDO!

12:03 por administrador1 Dejar un comentario

Por aquellas fechas Colón ya sabía que estaban muy cerca de tierra porque en su contabilidad secreta había superado con creces la distancia a la que estimaba se encontraba la fabulosa isla de Cipango. Además, cada vez había más señales de la cercanía de tierra, como juncos, cañas verdes, palos cortados, peces que no se solían alejar de la costa y aves, como pardelas, lo cual no escapó a su sutil mirada. Ello no impidió que la situación se volviese ya casi insostenible desde el 9 de octubre, aunque él volvió a minimizar el asunto en su diario, al mencionar simplemente que la gente se quejaba de la larga singladura. Al día siguiente se produjo una nueva asonada general, y, por tanto, muy peligrosa, en la que estuvieron a punto de detenerlo o, incluso, de asesinarlo, pues decían los amotinados que, siendo extranjero, nadie les pediría cuentas. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería o el padre Las Casas sostuvieron que llegaron a plantearse tomar el control de la capitana y arrojar al genovés por la borda. Según un marinero de la Niña, Francisco de Morales, se juntaron los tres maestres en la Santa María y le dijeron que diese media vuelta porque no solo no había tierra, sino que, si avanzaban más, la dirección de los vientos no les permitiría regresar. La situación se tornó extremadamente tensa y Colón solo la consiguió controlar, una vez más, con la inestimable ayuda de Pinzón, quien los tranquilizó con dos argumentos: uno, convenciéndoles del error que suponía asesinarlo, porque, si sobrevivían, tendrían que rendir cuentas ante los reyes. Y otro, pidiendo un voto de confianza, es decir, que le ofreciesen un plazo de tres o cuatro días y, si en ese intervalo no llegaban a buen puerto, se podrían volver los que quisiesen, con alguna o algunas de las embarcaciones. Colón estaba convencido de que antes de finalizar ese plazo encontrarían tierras, primero, porque sabía que habían recorrido mucho más de setecientas leguas, aunque dijese que eran algo menos de seiscientas, y segundo, porque desde el 20 de septiembre vislumbraba claros indicios de su cercanía: la presencia continua de alcatraces y de hierbas arrancadas de las rocas evidenciaba su proximidad. Obviamente, no agotaría el plazo.

El 11 de octubre, en torno a las diez u once de la noche, Colón apreció en cuatro ocasiones lumbres a lo lejos e hizo llamar en secreto a dos oficiales, el repostero Pedro Gutiérrez y el veedor y contador de la armada Rodrigo Sánchez de Segovia. El primero ratificó la existencia de dichos destellos, aunque no el segundo. Pero fuese real o no, lo cierto es que ya estaba seguro de que en breve se iba a producir el avistamiento, por lo que puso en máxima alerta a las tripulaciones, pidiéndoles que abriesen bien los ojos y redoblasen la vigilancia. Poco después, un marinero, natural de Lepe, acudió a decir que había observado lumbres, pensando en cobrar la recompensa, aunque le advirtieron que el propio capitán ya lo había visto antes. Además de los diez mil maravedís a perpetuidad que había ofrecido la soberana, Colón prometió un jubón de seda al primer vigía que la divisase.

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Había luna llena, de ahí que se pudiese otear bien el horizonte. La Pinta, como casi siempre, iba en vanguardia cuando se divisó tierra a dos leguas de distancia. Fue Rodrigo de Triana, encaramado al palo mayor, quien profirió el famoso grito de ¡tierra! Segundos después, siguiendo lo acordado, se disparó desde la Pinta un tiro de lombarda y se alzaron las banderas. Eran aproximadamente las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492 y Colón ordenó de inmediato a las tres naves ponerse al paire o a la cuerda, arriando las velas para no avanzar. Con muy buen criterio, decidió esperar a las luces del alba para navegar, ya que estaban en aguas desconocidas y podían sufrir un percance, al tocar algún bajío. Eso sí, aprovecharon el parón para celebrar un solemne y sentido Te Deum laudamos, en acción de gracias por haber llevado a buen término su aventura. Según el padre Las Casas, muchos tripulantes, con lágrimas en los ojos, acudieron ante él pidiéndole disculpas por haber dudado y ofreciéndose a servirle en el futuro en todo lo que ordenase.

PARA SABER MÁS

Esteban Mira Caballos: Colón, el converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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