Esteban Mira Caballos

Blog del historiador Esteban Mira

  • Inicio
  • Blog
    • Historia de America
    • Historia de España
    • Reseñas de Libros
  • Libros
  • Ponencias
  • Sobre Mí
  • Contacto
  • Historia
  • Biografías
  • Todos los Libros

FUNDACIONES Y DONACIONES DE LA INDIANA CARMONENSE ELVIRA DE CASTELLANOS

17:40 por administrador1 Dejar un comentario

Un galeón, similar al que llevó a la carmonense a América.

Las mujeres también jugaron un papel destacado en la expansión del imperio español. Las hubo conquistadoras, encomenderas, hacendadas y otras muchas que llevaron una vida mucho más humilde. Todas ellas contribuyeron a construir la América mestiza que todos admiramos. Los nuevos territorios recibieron un contingente de población joven y emprendedora, mientras que para el territorio del que salía permitía, al menos en un primer momento, una válvula de escape de esos excedentes poblacionales.

La mayoría de estos emigrantes mostraron, antes de partir, su deseo de volver pronto a su tierra de origen cargados de riquezas, sin embargo, fueron muy pocos los que lograron este sueño. De hecho, se estima que solo un 10 por ciento de los que emigraron regresaron a su tierra natal. Entre ellos, la carmonense Juana de Mesa Honesta la cual estuvo en América y logró su objetivo de regresar con una enjundiosa hacienda e inhumarse en la bóveda de entierro de la capilla de Nuestra Señora de las Angustias, sita en el monasterio de San Francisco de Carmona.

Elvira de Castellanos fue otra de esas carmonenses singulares, fallecida en la ciudad de Veracruz (Nueva España), en la costa atlántica del actual Estado de México. Aunque nunca regresó a su localidad natal, no se olvidó en su terruño, estableciendo en el último suspiro de su vida varias fundaciones y donaciones.

Era hija de Juan Castellanos y de Catalina Muñoz, una modesta estirpe de la entonces villa de Carmona. Consiguió su licencia para viajar a Tierra Firme el 10 de enero de 1594, certificando que lo hacía en calidad de criada de Alonso Rodríguez, quien había conseguido su autorización tan sólo seis días antes. Una vez en Nueva España, la carmonense se desposó con Diego de Ledesma y, tras enviudar, se casó en segundas nupcias con el mercader Sebastián Ortiz, junto al que amasaría una estimable fortuna. En la villa de Veracruz instalaron su tienda de comercio, cuyas ventas se extendían hasta regiones como Tabasco, a juzgar por los deudores que tenía fuera de la propia Veracruz. A su muerte, su capital ascendía a unos 10.000 pesos de oro, incluyendo los 6.000 que valía la tienda y su morada, 1.000 pesos que tenía en efectivo, 734 pesos en que se subastó la ropa que había en la tienda, y los algo más de 2.000 pesos que, en el momento de su óbito, le quedaban debiendo.

Como falleció sin descendencia, el capital lo destinó a distintos fines píos, especialmente a la fundación de una capilla y una capellanía en su villa natal. Su testamento lo protocolizó en Veracruz, el 30 de abril de 1605, añadiendo un codicilo varios días después. Pidió ser inhumada en el monasterio de San Francisco de Veracruz, con el hábito de la orden franciscana y en el lugar donde reposaban los restos de su segundo marido, Sebastián Ortiz. Como albacea testamentario dejó a un tal Juan de Céspedes, vecino de Sevilla, en la parroquia de El Salvador, y con residencia en Veracruz, quien además fue gratificado con 700 pesos de oro que, según, la finada, le había dejado en su testamento su segundo marido. 

Estableció más de 2.000 misas rezadas por su alma, la de sus dos maridos, sus padres y sus abuelos, todos difuntos, en los días posteriores a su deceso. Dio completa libertad a su albacea, Juan de Céspedes, para que las distribuyese como mejor le pareciese entre las iglesias parroquiales y capillas. Más de un millar de ellas se distribuyeron en distintos templos de Sevilla, y 150 en la iglesia parroquial de San Bartolomé de Carmona, beneficiándose el párroco con 150 reales de los que otorgó carta de pago el 3 de diciembre de 1606.

Iglesia parroquial de San Pedro de Carmona, donde Elvira de Castellanos fundo la capilla y su capellanía.

En cuanto a las donaciones, dejó al monasterio de san Francisco de Veracruz doce pesos de oro, otros doce a la hermandad del Santísimo Sacramento de la iglesia mayor de Veracruz. Sin embargo, se acordó de sus advocaciones carmonenses, dejando veinticinco pesos de oro y una pieza de raso blanco de China para una casulla y frontal destinado a la imagen de Nuestra Señora de Gracia, venerada en la ermita de ese nombre. Asimismo, dispuso otros 25 pesos y un pedazo de damasco amarillo o blanco y otro colorado o verde que está en mi tienda, al monasterio de Nuestra Señora de la Consolación de Carmona. Dado que en el pueblo no existía ningún convento con dicha intitulación se interpretó que la manda iba destinada a la Virgen de la Consolación que recibía culto en el convento dominico de Madre de Dios. 

Otras importantes cantidades las destinó como limosna a distintos familiares suyos y de sus maridos: 500 pesos a unos sobrinos de su marido Sebastián Ortiz que vivían en Cádiz, otros 500 a otros sobrinos de su primer marido que residían en Lora (Sevilla), 700 a su compadre y albacea testamentario Juan de Céspedes, 200 pesos a su prima hermana María de Urbina, vecina de Sevilla, 200 pesos a las hermanas María e Isabel de Castellanos, vecinas de Carmona, y veinticinco pesos a su tía Isabel de Castellanos.

Asimismo, donó a su comadre, la carmonense Ana Martínez, una esclava angoleña que poseía, llamada Juana, con la condición de que no la pudiese enajenar, ni vender. Resulta sorprendente esta manda porque lo frecuente era que se vendiesen en almoneda los esclavos y los réditos se remitiesen a sus herederos en España. Lo más probable es que sintiese un gran afecto por esa mujer africana en cuyo caso tenía dos opciones: una, liberarla, pero no siempre era la mejor solución si la esclava no tenía un medio de vida o si tenía ya una cierta edad. Y otra, donarla a una persona de su total confianza para que la amparase el resto de su vida. Se ve que la carmonense optó por la segunda de las opciones y sería el albacea el encargado de pagarle el pasaje o de encargarle a alguien su custodia hasta la localidad de Carmona.

Finalmente, doña Elvira de Castellanos fundó una capellanía en la iglesia de San Pedro donde, asimismo, dispuso que se construyese una capilla para oficiar las misas. Una capellanía era el establecimiento de un número de misas a perpetuidad, dejando rentas suficientes para su dotación anual, y el fundador establecía tanto al patrono y a sus sucesores como al capellán. Tres motivos favorecieron la proliferación progresiva a lo largo de la Edad Moderna de estos patronatos: Uno, la importancia que le concedían a la salvación de sus almas y la idea que tenían de reducir el tiempo de paso por el purgatorio, según estipuló el concilio de Trento (1545-1560). Dos, el prestigio que estas fundaciones reportaban, cumpliendo con el ofrecimiento de una imagen pura de la familia ante la sociedad, al encontrarse en buena sintonía con Dios y con la Iglesia. Y tres, la posibilidad de dotar de rentas a un familiar cercano. Concretamente, la carmonense estableció una modesta capellanía consistente en 9 misas anuales rezadas en la fiesta de Nuestra Señora. Por capellán dejó, como solía ser usual, al pariente más cercano que estuviese consagrado.

Algunos años debieron transcurrir para que la fundación de la capilla se llevara a efecto, pues hasta el 27 de junio de 1609 no autorizó el provisor del arzobispado su construcción. Huelga decir que, aunque en la documentación se habla de capilla, en realidad, se trataba de un altar en uno de los muros laterales del templo parroquial. Concretamente, se ubicaría entre la puerta principal del templo parroquial y el altar de San Gregorio, pagando a la parroquia la limosna estipulada de 24 ducados. Pocos meses después, y concretamente el 12 de agosto de 1609, se concertaba Alonso de Céspedes con el albañil carmonense Alonso Pérez de Alarás para construir el altar, ascendiendo la cuantía a la modesta cifra de 1.232 maravedís. Este albañil formaba parte de una saga de alarifes y albañiles de la localidad, y, de hecho, su hijo, llamado Diego Pérez de Alarás, construyó una capilla del Sagrario de la iglesia de San Felipe entre 1627 y 1628.

Asimismo, el 11 de agosto de 1609 Alonso de Céspedes se concertó con el pintor Juan Bautista de Amiens para que pintase el retablo principal de la capilla. Por cierto, hemos localizado la pintura, pero no la obra del tallista del retablo, aunque es probable que fuese Bernabé Rodríguez, que solía colaborar con el citado pintor de origen flamenco. El retablo se dedicó, siguiendo los deseos de la fundadora, a San Sebastián, pues, se estipuló que en el tablero principal figurase su efigie que debía ser similar a la que se veneraba en la iglesia de San Salvador de Sevilla o a otra que hizo pintar el obispo Sebastián de Perea. El programa iconográfico del retablo se completaba en la parte baja con una imagen de Santa Elvira y otra de San Juan Bautista, a los lados de la imagen principal, con dos milagros de San Sebastián y en el remate el Padre Eterno. La obra la debía entregar en Pascua de ese mismo año de 1609 cobrando por toda la obra 57 ducados abonados en tres pagas. De esta forma, a fines de 1609, pudo quedar acabado el altar, cuatro años y ocho meses después de que fuese dispuesto en su testamento.

Y para concluir, solo decir que está por cuantificar el volumen total de los caudales de origen indiano que llegaron a Carmona, así como las fundaciones, patronatos, obras pías y donaciones que se formalizaron. Unas inversiones que tuvieron una repercusión muy significativa en la mejora de la calidad de vida de los parientes que permanecieron en la localidad.

BIBLIOGRAFÍA

Mira Caballos, Esteban: “Inversiones indianas en Carmona durante la Edad Moderna”, Actas del II Congreso de Historia de Carmona, Sevilla, 2003, pp. 73-84.

Mira Caballos, Esteban: “Carmonenses en el descubrimiento, conquista y colonización de América (siglos XVI al XVIII)”, El paisaje cultural de Carmona, Sevilla, 2026, pp. 277-306.

Mira Caballos, Esteban y Fernando de la Villa Nogales: Carmona en la Edad Moderna. Religiosidad y arte, población y emigración a América. Sevilla, Muñoz Moya, 1999.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 Artículo publicado en la Revista Carmona y su Virgen de Gracia, 2026, pp.  36-38.

Archivado en:Historia de America

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Redes Sociales

Facebook

Linkedin

Twitter

 

Aviso Legal

Política de Privacidad

Contador

1835556

Copyright © 2026 Esteban Mira Caballos