Esteban Mira Caballos

Blog del historiador Esteban Mira

  • Inicio
  • Blog
    • Historia de America
    • Historia de España
    • Reseñas de Libros
  • Libros
  • Ponencias
  • Sobre Mí
  • Contacto
  • Historia
  • Biografías
  • Todos los Libros

LA VIDA Y LA MUERTE EN UN MESÓN DE CARMONA EN 1563

17:10 por administrador1 Dejar un comentario

Mi buen amigo Manuel Pachón me invita a participar en la revista especial del 75 aniversario de la fundación de la querida Peña Los Tranquilotes. Y para mi es un honor colaborar con esta señera institución carmonense, por los recuerdos que me trae de mis años mozos en la feria de Carmona. Recuerdo que, siendo un muchacho, la feria tenía un encanto especial, era nuestra feria, y solo teníamos una, esa. Con cierta frecuencia, la alternativa más plausible que teníamos yo y mis amigos era refugiarnos en la caseta de los Tranquilotes. Ninguno de nosotros era socio, pero casi nunca había un control en la puerta, o si lo había lo esquivábamos con facilidad, a diferencia de lo que pasaba en otras señeras casetas del recinto ferial. Así que solíamos terminar allí para recuperar el aliento, escuchar música flamenca, ver bailar por sevillanas y, tomarnos varias cervezas, acompañadas por unos montaditos o unos pinchitos morunos y unas papas fritas.

Dado que soy un simple historiador, solo puedo contribuir con lo único que sé hacer, escribir algún pasaje entretenido o curioso de historia de Carmona. Espero que a los lectores de la revista les guste el glosado de este documento inédito que acabo de ver, aunque no pasa de ser una anécdota luctuosa. Concretamente se trata de un expediente por la muerte de un transeúnte en el mesón Los Leones de Carmona, ubicado en el arrabal, fechado el 16 de septiembre de 1563, y protocolizado ante el escribano local Pedro de Hoyos (fols. 1080r-1081v). Hay que empezar diciendo que no tenía noticias de este mesón, pues, en la documentación bajomedieval publicada por el Prof. Manuel González Jiménez, solo figuran tres: el del Águila, que se ubicaba junto a la antigua parroquia de El Salvador, en el entorno de la actual Plaza de Arriba, el del Baño y el de las Monjas.

Ese día de septiembre de 1563, el mesonero Francisco Pérez se personó ante al corregidor de Carmona, don Juan del Raso, para informarle de que un huésped -del que no se especifica el nombre- había fallecido en su establecimiento. Lo primero que hizo el corregidor fue personarse en el lugar de los hechos para verificar lo sucedido y comprobar que la persona en cuestión era finada:  

El dicho señor corregidor subió a un alto del dicho mesón y, en él, halló un hombre barbitaheño que, a su aspecto, parecía de hasta treinta y cinco años, poco más o menos, el cual parecía estar muerto porque yo el escribano, estando amortajándolo unas mujeres, lo llamé tres veces y no respondió, por lo cual pareció estar muerto. Siendo testigos Alonso Gómez Ranilla y Francisco Pérez y Salvador Rodríguez, vecinos de esta villa.

Como se especifica en el documento, era un varón adulto de unos 35 años más o menos y barbitaheño, es decir, pelirrojo. A todos los presentes les pareció que había sufrido una muerte natural, aunque no sabían la causa ni tampoco era una pregunta que se planteasen en esos momentos. De hecho, la gente se moría porque así lo quería Dios y punto. Curiosamente el documento indica que el cuerpo inerte lo estaban amortajando unas mujeres; tengo la impresión por otros casos que he localizado a lo largo de varias décadas, que era un trabajo que solían hacer las féminas. Acto seguido se decidió tomar una declaración jurada a los mesoneros, Francisco Pérez y su esposa Leonor Pérez, quienes siendo interrogados por el señor corregidor manifestaron:

Que desde el lunes seis de septiembre hasta hoy jueves dieciséis días del dicho mes, le dio y gastó en medicinas, y pollos, y cama, y mortaja, treinta reales y doce maravedís. Y so cargo del juramento, declararon debérsele los dichos treinta reales y doce maravedís. Fueron testigos Alonso Gómez Ranilla, y Juan de Baena, y Salvador Rodríguez, vecinos de esta villa de Carmona.

De la declaración se deduce que había estado los días previos enfermo, aunque no solicitó asistencia médica. En cambio, sí que le compraron medicinas, seguramente a indicación del propio convaleciente, y le sirvieron para comer pollo, y seguramente caldo, que eran alimentos que habitualmente se proporcionaba a los enfermos. Huelga decir que en esa época no era extraño ni singular que una persona pudiese morir en un mesón. La gente moría en sus casas, y los transeúntes -salvo que fuera un pobre de solemnidad- en un establecimiento hostelero. Por poner un ejemplo que conozco bien, Cristóbal Colón le dio a su hijo Diego, el 1 de diciembre de 1504, que de momento no viajaría a la Corte porque, dada su enfermedad, temía quedar muerto en alguna venta. (CODODES, 1994: III, 1676). 

Volviendo al caso que ahora tratamos, una vez verificado el óbito, el siguiente paso fue hacer el inventario de lo que tenía que es muy significativo del oficio que desempeñaba el transeúnte finado:

Tres provisiones sobrecartas, la una para el concejo de esta villa, otra para Vélez-Málaga y otra para Andrés Espínola, vecino de Granada. Otra provisión para el dicho Espínola. Otras dos provisiones para la villa de Carmona. Otra para Málaga. Un poder de Hernando López del Campo, factor general del consejo de Su Majestad, según parece por el dicho poder que se dio a Bartolomé González de la Cuadra, andante en Corte. Una fe en que dice parece por los libros de la escribanía mayor de rentas de Su Majestad que Andrés de Espindola, vecino de Granada, quedó por arrendador y recaudador de las salinas del reino de Granada, y firmada de una firma y nombre que dice Francisco de Laguna. Un memorial que parece que está firmado de Juan López del Campo. Una fe firmada, a lo que parece signada de Alonso Hurtado, escribano de Madrid. Un conocimiento por donde paga merced real por la fe. Un memorial simple, escrito en un pliego de papel. Un medio pliego de papel de unas cuentas. Una carta firmada, a lo que parece, de una firma que se dice Diego de Salcedo. Un libro de notas pequeño, escrito en romance, roto. Un cobertor de pergamino. Cuatro medios pliegos escritos, a lo que parece ser cobertores. Unas escribanías con un tintero y tres plumas.

Por lo que se ve, el fallecido era una especie de procurador con cierta formación académica, pues entre sus bienes se localizó un tintero y tres plumas. Portaba provisiones y documentos oficiales desde Madrid, destinados a ciudades y villas como Granada, Carmona o Vélez-Málaga, aunque también había otros destinados a particulares. Con toda probabilidad, había recalado en Carmona para entregar las dos Reales provisiones que traía para el concejo, algo que no pudo hacer porque enfermó y a los pocos días murió. Dado que también dejó algunos enseres personales, fundamentalmente su equipaje, el corregidor dispuso que se subastasen en almoneda y se vendiesen para con el peculio pagar las deudas que había dejado y financiar su inhumación. La subasta de sus bienes personales fue así:

Un capote de paño negro viejo a un preso que se llama Mafel Gaspar, en siete reales; un sayo negro aforrado en frisa parda al mismo mesonero, en dieciocho reales; un garniel a Lázaro de Briones, regidor, en cuatro reales y medio, con un talabarte con sus tiros; unos calzones azules a otro hombre, en real y medio; un sombrero, en real y medio, lo cual dio a Francisco Pérez, mesonero.

Sorprende que entre sus bienes no figurase un caballo o una mula para su transporte por lo que hay que pensar que se movía a través de los muchos arrieros, muleros, y carreteros que había en la Castilla de aquel tiempo. En cambio, lo que era totalmente habitual es que se vendiesen rápidamente sus bienes personales, pese a que algunos estaban muy usados. Y es que, en aquella época, todos los enseres, domésticos o de uso personal, se usaban una y otra vez y se heredaban de padres a hijos. No hay que olvidar que eran muy caros, lo mismo unos zapatos, que se remedaban una y otra vez, que una olla o un sombrero. Por poner un ejemplo, he visto en más de una ocasión subastar una cama con su colchón, sábanas, almohadas y mantas por un precio similar al de una fanega de tierra de pan llevar.

Como se puede observar la deuda con el mesonero ascendió a 30 reales y 12 maravedís, mientras que lo recaudado por la almoneda de sus enseres personales fue de 95,5 reales. Se decidió que el posadero se cobrase su deuda, sufragase su inhumación y, si sobraba algo, lo custodiase a la espera de que lo reclamase algún familiar. No sabemos nada más, pero cuesta creer que nadie lo echase en falta ya que parecía una persona de cierto status, un procurador, que portaba documentos oficiales. Es posible, aunque no lo sabemos, que finalmente fuese identificado, aunque es seguro que su cuerpo quedó enterrado, quizá, por la ubicación del mesón donde falleció, en la parroquial del arrabal, es decir, en la de San Pedro.

Esta es una pequeña microhistoria sin importancia, una triste anécdota en la que, no obstante, se palpa la realidad que se vivía en cualquier ciudad, villa o aldea de la España de aquel tiempo. El hombre murió joven, incluso para aquella época, una persona anónima para nosotros, pero seguramente muy importante para los suyos. Una historia muy alejada de las historias oficiales, de hechos políticos, económicos, sociales o culturales a los que estamos acostumbrados, pero que también forma parte de nuestro irrenunciable pasado.

Artículo publicado en Revista 75 Aniversario de la Peña los Tranquilotes, Carmona, 2025, pp. 30-32.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Archivado en:Historia de España Etiquetado con:Carmona, Mesones

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Redes Sociales

Facebook

Linkedin

Twitter

 

Aviso Legal

Política de Privacidad

Contador

1466164

Copyright © 2026 Esteban Mira Caballos