El 22 de abril de 1519, hace ahora justo cinco siglos, se produjo un hecho trascendental, la fundación de la ciudad de Veracruz en la costa atlántica de México. Había habido contactos previos, incluso de expedicionarios anteriores, pero la fundación de la primera urbe novohispana supuso el punto de partida de un fulgurante derrumbe del gran reino de los aztecas.
Su protagonista, Hernán Cortés, había nacido en la villa extremeña de Medellín (Badajoz), cabecera del señorío de los Portocarrero, en torno a 1484. Sus padres, Martín Pizarro El Mozo y Catalina Pizarro Altamirano, poseían una ascendencia hidalga y disponían de unas rentas modestas pero suficientes. El futuro conquistador de México vivió su infancia y juventud sin lujos pero también sin las estrecheces extremas con las que convivían muchos de sus conciudadanos. Su padre quería que estudiara y para ello lo envió a Salamanca a casa de su hermanastra Inés Gómez de Paz. Sin embargo, hoy sabemos que no llegó a pisar las aulas de aquella señera universidad. De hecho, no obtuvo ni siquiera el título de bachiller aunque exista cierta unanimidad a la hora de pensar que su grado de formación era más o menos equivalente a la de un bachiller.
Tras pasar tres o cuatro años en la ciudad universitaria, preceptuado por su tío político, abandonó definitivamente sus estudios. Sus progenitores se resignaron, sin ocultar su entristecimiento, convencidos de que sería imposible cambiar la terca voluntad de su intrépido hijo. Deseaba enrolarse en alguna jornada bélica, bien en Italia, a las órdenes del Gran Capitán, o bien, en las Indias Occidentales.
En 1504 se embarcó rumbo a la Española en la nao de Alonso Quintero pero, por motivos que desconocemos, regresó a la Península Ibérica a finales de ese mismo año, para reembarcarse dos años después. En diciembre de 1506 estaba de nuevo en la isla, una fecha muy tardía que explica su escasa promoción social. Vivió -o malvivió- como asistente de la notaría de Azua, cuya titularidad la ostentaba Diego Velázquez. El salario debió ser muy bajo acorde con la escasa actividad notarial de la pequeña villa, completando sus ingresos con una pequeña encomienda en el Dayguao, concedida por el gobernador frey Nicolás de Ovando. No consiguió fortuna, pero obtuvo algo no menos valioso: una relación más o menos interesada con el influyente Diego Velázquez. En 1511 viajó a la vecina isla de Cuba como su secretario, adquiriendo en breve plazo un gran prestigio social y una buena posición económica. En esta isla caribeña sí que ostentó el mérito de ser uno de los primeros conquistadores y pobladores, siendo nombrado en 1512 escribano de la capital, Santiago de Baracoa. En los primeros años mantuvo unas magníficas relaciones con Diego Velázquez, gozando de su apoyo y protección. Disfrutó de un buen repartimiento de indios que usó lo mismo en la extracción de oro que en la cría de ganado. Todo ello le reportó una buena posición económica y un gran prestigio social que le sirvieron para consolidar su liderazgo. Entre 1514 y 1515 se desposó con una de las pocas españolas casaderas que vivían en la isla, Catalina Suárez Marcaida, fallecida siete u ocho años después en circunstancias extrañas.
Sin embargo, su relación con el teniente de gobernador no fue fácil, quizás porque ambos tenían sus propios proyectos expansivos, incompatibles entre sí. No obstante, Diego Velázquez interpretó que el metellinense era la persona que necesitaba para encabezar la expedición. Cuando se quiso dar cuenta del peligro de traición era demasiado tarde. El 10 de febrero de 1519 zarpó con 11 barcos, 550 hombres, 16 caballos y 14 cañones. Tras diez días de navegación llegaron a la isla de Cozumel, donde se encontró con Jerónimo de Aguilar, superviviente de un naufragio, que hablaba la lengua de los mayas. Éste y doña Marina, la Malinche, una india que le fue regalada en Tabasco, se convertirían en sus interlocutores con el mundo azteca. Prosiguieron su viaje hacia San Juan de Ulúa fundando, pese a la prohibición de Velázquez, la ciudad de Veracruz. El poder municipal quedó en manos de sus habitantes, al tiempo que estos nombraron al metellinense como su capitán general. Consumada la traición, envió a dos emisarios a la corte de Valladolid para tratar de justificar sus acciones. Acto seguido desguazó los navíos para evitar que algunos opositores volviesen a Cuba a informar de la defección a Diego Velázquez. Estando en Veracruz, tuvo noticias de la existencia de la confederación azteca y de un soberano llamado Moctezuma. El 16 de agosto de 1519, dejó todo dispuesto y partió en busca de ese fabuloso reino.
Las huestes avanzaron sobre Tlaxcala, un pueblo celoso de su libertad que planteó una gran resistencia. Finalmente, viendo que no podían derrotar a los extranjeros, se aliaron con ellos para vengarse de sus viejos enemigos mexicas. Sometida Tlaxcala, permanecieron allí apenas tres semanas, el tiempo suficiente para reponer fuerzas y reorganizarse. El 11 de octubre de 1519 partieron, acompañados por varios miles de cempoaleses y tlaxcaltecas, con el objetivo explícito de entrar en Tenochtitlán, capital de los aztecas. Antes pasaron por la ciudad sagrada de Cholula, la cual fue saqueada y sus habitantes masacrados, en un acto de barbarie que tuvo como objetivo amedrentar a sus oponentes.
Destruida la ciudad sagrada, el soberano azteca sabía que la siguiente parada era en la propia ciudad de Tenochtitlán. Y precisamente allí se encaminaron las huestes a primero de noviembre de 1519, al tiempo que el tlatoani decidía dejarlos entrar en la ciudad. Una opción que no fue descabellada, pues pensó que sería más fácil acabar con ellos dentro que en un combate en campo abierto. Prueba evidente de su acierto fue la derrota de estos en la Noche Triste.
El de Medellín lo tenía todo bajo control hasta que llegó el segoviano Pánfilo de Narváez. A corto plazo supuso un grave problema para el extremeño aunque a la larga significó el empujón definitivo para hacerse con el control de la confederación azteca. A principios de mayo de 1520 supo que el segoviano había desembarcado en la costa de Veracruz, al mando de un ejército de 1.400 hombres. No fue un problema su derrota, aunque sí la rebelión indígena que sufrió Pedro de Alvarado en Tenochtitlán, aprovechando la ausencia del metellinense. Retornó a toda prisa, pero era demasiado tarde. Obligó a Moctezuma a que se asomara a una terraza del palacio para calmar a sus súbditos pero estos lo abatieron de una pedrada, pues habían elegido por sucesor a su propio hermano, es decir, a Cuitláhuac. Los españoles, decidieron huir precipitadamente de la capital, aprovechando la noche. Eso no evitó que 800 hispanos y 5.000 indios auxiliares perdieran la vida, en la mayor derrota sufrida por los europeos en toda la conquista de América. Las huestes consiguieron alcanzar Tlaxcala, donde Cortés reorganizó a sus hombres y los preparó psicológicamente para el combate final. La batalla de Otumba no fue una batalla más, sino la última ofensiva lanzada por el ejército azteca para acabar con los extranjeros. Con razón, Francisco Cervantes de Salazar escribió que Otumba fue la contienda más memorable de toda la Conquista. Derrotados los nativos, ya solo faltaba tomar la gran ciudad de Tenochtitlán, la cual cayó, después de varios meses de asedio, el 13 de agosto de 1521. Se estima que en el sitio perdieron la vida varias decenas de miles de defensores, cifras elocuentes del padecimiento extremo de los asediados.
La caída de la capital no fue el final de la conquista pues, tanto al norte como al sur había infinidad de pueblos no sometidos a la confederación, que no estaban dispuestos a reconocer la autoridad de los extranjeros. El de Medellín no tardó en ponerse manos a la obra para completar su conquista, dominando en pocos años un extenso territorio de aproximadamente unos 300.000 km2.
Mostró un especial interés por la exploración del océano Pacífico, lo que entonces se conocía como el Mar del Sur. Tenía prisas por reemprender la expansión y no le faltaban motivos. En teoría, cualquier vecino podía solicitar licencia para descubrir, rescatar o conquistar territorios, con la única condición de que viajase con ellos un veedor que velase por el quinto real. En la práctica, había dos personajes muy temidos y poderosos que tenían medios para llevar a cabo dicha expansión, se trataba del propio Diego Velázquez y de Francisco de Garay. Dicho y hecho, en el mismo año de 1522 envió a Pedro de Alvarado al istmo de Tehuantepec, llegando al territorio de los Quichés y de los Cakchiqueles a los cuales terminó sometiendo. En 1525 estaba pacificado todo el territorio, pese a lo cual se sintió agraviado y desplazado del poder político por los funcionarios llegados desde la Península, viéndose obligado a acudir personalmente a la Corte a reclamar sus derechos. Lo que todavía no sabía era que detrás de los recortes en sus privilegios y de algunas usurpaciones de sus posesiones estaba la propia Corona quien pretendía preservar la Nueva España dentro de los territorios de realengo. En Castilla, Cortés consiguió que el monarca le otorgara el título de marqués del valle de Oaxaca y el cargo de capitán general, aunque sin funciones gubernativas. El 15 de julio de 1530 estaba de regreso en las costas veracruzanas, estableciéndose en Cuernavaca desde donde exploró el área del golfo de California. Otra vez, en 1540, diez años después de su primer retorno, decidió, regresar a España a continuar la defensa de sus derechos. Lo hizo pensando en volver a Nueva España, la tierra que le dio honra, fama y fortuna, pero las circunstancias hicieron que no viera cumplido este objetivo. La enfermedad evolucionó demasiado deprisa y, pese a que se acercó a Sevilla con la intención de reembarcarse, la muerte le sorprendió en el pequeño pueblo de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), el 2 de diciembre de 1547.
Cortés fue un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
MADARIAGA, Salvador de: Hernán Cortés, Madrid, Austral, 1986.
MARTÍNEZ, José Luis: Hernán Cortés, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.
MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. El fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.
MIRALLES, Juan: Hernán Cortés, inventor de México, Barcelona, Tusquets Editores, 2001.
THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.
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