Esteban Mira Caballos

Blog del historiador Esteban Mira

  • Inicio
  • Blog
    • Historia de America
    • Historia de España
    • Reseñas de Libros
  • Libros
  • Ponencias
  • Sobre Mí
  • Contacto
  • Historia
  • Biografías
  • Todos los Libros

ES IMPOSIBLE ENCONTRAR LOS RESTOS DE LA NAO SANTA MARÍA PORQUE NO EXISTEN

11:41 por administrador1 Dejar un comentario

Periódicamente salta a los medios de comunicación la noticia de que se están buscando -o se han encontrado- los restos de la nao Santa María que perdió Colón en la Navidad de 1492 (Raquel Díaz Herrero, Vandal Randon, 8-I-2026). Es cierto que en su día lo buscó el arqueólogo subacuático Barry Clifford, pero yo creo que la IA hace que la noticia se replique sistemáticamente cada cierto tiempo. Y quiero insistir que es imposible encontrar los posibles restos porque no existen. Pero vayamos por partes. 

En la madrugada del 24 al 25 de diciembre de 1492, la nao Santa María sufrió un grave percance al tocar en unos bajos en la desembocadura del río Yaqui, en la costa norte, en la actual República de Haití. Faltaba una hora para la medianoche cuando Colón decidió acostarse, alegando que llevaba varios días sin conciliar el sueño. Se supone que Juan de la Cosa era el oficial de guardia esa madrugada y que, en cualquier caso, debía velar por que algún marinero con experiencia se quedase al mando del timón. Huelga decir que él era el dueño de la nao, y, por tanto, el menos interesado en perderla, pero, no se sabe cómo, el timón terminó en manos de un inexperto grumete. El propio almirante, dado que había prohibido que estos gobernasen las naves, le reprochó su responsabilidad en la pérdida, aunque la Corona jamás lo tuvo en cuenta. Por tanto, puede achacarse a una negligencia del piloto, aunque es cierto que Colón solía dejar las naves al paire o a la corda, es decir, con las velas arriadas durante la noche, precisamente para evitar percances en aguas desconocidas de las que no había cartas náuticas. Tampoco es que se tratase de una innovación del genovés pues era una ley no escrita de la navegación arriar las velas de noche cuando se navegaba en aguas poco conocidas. Sin embargo, dado que corría una suavísima brisa y había luna llena, esta vez decidió que prosiguiese la navegación, pues el mar parecía una escudilla y todo parecía indicar que sería una noche tranquila. No tardó en levantarse un viento desde tierra al mar, que se conoce como terral, que empujó la nao hacia el norte hasta hacerla encallar en unas peñas. Cuando el inexperto grumete notó el golpe con el arrecife, gritó y despertó con un sobresalto a toda la gente. Colón fue el primero en ponerse en guardia, situándose al frente de las operaciones para desencallarla. Ordenó echar el ancla y el batel por popa para tratar de liberar la proa, pero la operación se demoró en exceso ya que los marineros bajaron los bateles y huyeron hacia la Niña, tratando de salvar sus propias vidas y abandonando a su suerte a la Santa María. Llama la atención que la Niña viajase a media legua de la Santa María, a más de tres kilómetros de distancia, lo que dilató más los tiempos de la posible ayuda. Con muy buen criterio, y con un gran sentido de la lealtad, el palermo Vicente Yáñez se negó a socorrer al batel y los compelió a regresar a la nao para intentar rescatarla, aunque ya era demasiado tarde. De hecho, la marea estaba bajando y la nao quedó varada en seco, azotada por las olas de costado, lo que terminó por abrir las cuadernas. Se ha discutido mucho sobre quién tuvo la responsabilidad en la pérdida, aunque hay que decir que, como ocurre en casi todos los accidentes, se concatenaron varios errores en cadena para provocar el siniestro, que fue totalmente fortuito. Era la primera Nochebuena que unos europeos pasaban en el Nuevo Mundo y el mar estaba aparentemente en calma, por lo que hubo un exceso de confianza. Fallaron todos desde la cúspide hasta la base, desde el capitán, el piloto, el marinero y toda la tripulación, que decidió ponerse a salvo en vez de intentar salvar la nao. Colón se lo pasó por alto a sus hombres y no arrestó a ninguno de ellos, pensando que fue un acto de cobardía, y no de traición.

El contratiempo era muy considerable, no solo porque ya no habría posibilidad de que todos regresaran sino porque perdieron buena parte de su superioridad, al evidenciarse la fragilidad de aquellos castillos flotantes que parecían invencibles. Una vez Colón se dio cuenta de que la nao estaba perdida, envió un batel al mando del alguacil de la armada Diego de Arana y de Pedro Gutiérrez, repostero real, para que informasen a Guacanagarí de lo sucedido y solicitasen oficialmente su colaboración. El desguace de la embarcación tuvo lugar en varias fases, empezando por la carga de cubierta y por los mástiles. Todo el barco fue desmontado hasta el punto que se extrajo «hasta el más mínimo clavo». Incluso, al vaciar el pecio, el casco se aligeró y flotó con la marea, por lo que pudo ser remolcado con los botes y canoas hasta la costa, para terminar de aprovechar su madera. Indudablemente, esto hace imposible que se puedan localizar los restos del pecio en la bahía del Caracol, donde naufragó, pese a las noticias que periódicamente saca a relucir la prensa sensacionalista. Todo lo que se extrajo de ellos, incluyendo la madera y la clavazón, se colocó en unos bohíos del pueblo del cacique, quien además ayudó con ochenta canoas y trescientos hombres en las tareas de rescate.

Acto seguido se pensó en usar sus restos para construir el fuerte La Navidad, denominado así en honor a la fecha en la que sucedió el siniestro, un nombre que, por otro lado, era muy acorde con su perfil providencialista. Su ubicación en la desembocadura del río Guárico, en la costa noroccidental de la actual Haití, muy cerca del poblado del cacique, tenía su lógica, ya que allí se habían guardado los restos del naufragio. Cinco días después, el 30 de diciembre, ya estaba a punto la estructura, aunque cuando salieron de vuelta a España el fuerte aún no se había terminado de construir, pues se esperaba que las obras durasen al menos un mes más. Ni que decir tiene que no se trató de ninguna ciudad, villa o lugar, ni tan siquiera de una fortaleza en el más estricto sentido de la palabra. En realidad, era una estructura muy básica que Diego Álvarez Chanca describió como «un cortijo algo fuerte, con una (em)palizada», mientras que otros la representaron como un simple «castillejo de tierra y madera», con un pozo de donde abastecerse de agua dulce. La utilización de estos cortijos como estructura defensiva fue una constante en las Antillas en los primeros años. Se trataba de un sencillo recinto de planta rectangular o cuadrada, normalmente de cimientos pétreos y muros de tapiería, y sin torres en las esquinas. Su función era muchísimo más defensiva que ofensiva, ya que estaba claramente destinado a servir de refugio en caso de agresión. Aun así, se molestaron en crear una buena empalizada y una pequeña torre central de madera no porque pensara que la necesitarían para defenderse, sino, a decir de Las Casas, porque, conociendo su ingenio, el temor haría que obedeciesen mejor.

Para saber más:

Esteban Mira Caballos: Colón. El converso que cambió el mundo. Barcelona, Crítica, 2025.

Raquel Díaz Herrero: “Ya es oficial, hallan los restos de un barco que parece ser la nao Santa María de Cristóbal Colón encallada en 1492”, Vandal Randon, 8 de enero de 2026.

Esteban Mira Caballos

Archivado en:Historia de America

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Redes Sociales

Facebook

Linkedin

Twitter

 

Aviso Legal

Política de Privacidad

Contador

1453293

Copyright © 2026 Esteban Mira Caballos