Esteban Mira Caballos

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LOS ORÍGENES DE LA DESTRUCCIÓN DE VENEZUELA: LOS WELSER (1528-1546)

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En 1498 Cristóbal Colón tocaba en la costa de lo que luego se llamaría Venezuela y al llegar a las bocas del Orinoco creyó haber localizado el Paraíso terrenal. El estruendo —macareo— que producía el choque del agua dulce con la salada le pareció una prueba evidente de que debían de ser los ríos del Edén. ¿Qué otra cosa podía ser? Las palabras por el extraordinario hallazgo rezuman la emoción del momento: Grandes indicios son estos del paraíso terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos y sacros teólogos, y, asimismo, las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así adentro y vecina con la salada…

Ese paraíso no tardaría en ser destruido. La concesión de la gobernación de Venezuela a una familia de banqueros alemanes constituyó un hecho excepcional en la conquista de América que, además, nunca más se volvió a repetir. Los Welser –o su versión castellanizada, Bélzares- constituían un clan de origen bávaro que habían formado una sociedad en 1476, convirtiéndose en pocas décadas en una de las familias más acaudaladas de Europa. La voracidad de efectivo del Imperio de Carlos V le llevó a endeudarse con varias de estas compañías de crédito familiares, como los ya citados Welser o los Fugger. Ya en 1524, solo las deudas con este último clan alcanzaban casi los 200.000 ducados y, poco después, las aportaciones de estos banqueros fueron decisivas para conseguir el voto favorable de los electores de Carlos I como emperador de Alemania. Estos créditos llevaron al soberano a conceder en 1528 a los Welser nada menos que la gobernación de Venezuela, la cual ostentarían hasta 1546.

¿Para qué querrían estos banqueros una gobernación en Sudamérica? Hay que empezar diciendo que por aquellas fechas tenían ya unos amplísimos intereses comerciales, cuyos tentáculos se extendían por Brujas, Amberes, Sevilla y Santo Domingo, comerciando con todo tipo de tejidos, azúcar, especias, plantas medicinales, joyas, pieles, esclavos, etcétera. Se trataba de una verdadera empresa trasnacional que pretendía expandir su influencia a escala global, uniendo comercialmente a los cuatro grandes continentes conocidos en ese momento: Europa, África, América y Asia. Por ello sus intereses pasaban por ampliar sus negocios desde Santo Domingo a Sudamérica y aprovechar la ocasión para encontrar un paso hacia el Pacífico que facilitase el flujo comercial con Asia. Obviamente estos acaudalados banqueros no llegaron a pisar tierras americanas, delegando la gobernación en sucesivos tenientes que en realidad nunca ejercieron como tales sino como meros agentes comerciales en busca de dinero fácil, es decir, de oro y esclavos.

En estas jornadas, realizadas entre 1528 y 1546, perdieron la vida un millar de expedicionarios europeos, dejando asimismo un rastro de destrucción entre los aborígenes caquetíos o arawacos, jirajaras y ayamanes. El cronista Antonio de Herrera ya denunció en el mismo siglo XVI que estos germanos nunca quisieron poblar, sino atender a hacer esclavos y disfrutar la tierra. Tradicionalmente, se ha usado este argumento como contrapeso a la Leyenda Negra, afirmando que los alemanes en Venezuela, así como los ingleses en Norteamérica, fueron aún peores que los propios españoles. Sin embargo, estos germanos imitaron el modelo de cabalgadas o razias depredadoras que se habían practicado en Tierra Firme desde la llegada de Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa en 1509, y que después se habían extendido a buena parte de Centroamérica.    

La capital de la gobernación era la ciudad de Coro, fundada por el aragonés Juan Martínez Ampiés, una persona curtida en las Indias, pues había sido funcionario real y encomendero en la isla Española desde 1511. El 15 de noviembre de 1526, firmó una capitulación para poblar las islas de Curaçao, Aruba y Bonaire pero se excedió en la concesión y entró en tierras continentales, fundando la ciudad de Coro. Este núcleo poblacional, del que ahora se cumplen los 480 años de su fundación, se mantuvo como residencia de los gobernadores de Venezuela hasta 1576. En los meses que estuvo en la zona de Coro llevó a cabo una relación pacífica con los naturales que se quebró tras la llegada de los teutones.

Pese a la ocupación de facto por el aragonés, y dado que su gobernación se limitaba a las islas, el territorio continental desde el Cabo de la Vela a la ciudad de Coro seguía vacante. El 27 de marzo de 1528 se firmó la capitulación con los delegados sevillanos de los Welser, los también germanos Enrique Alfinger y Jerónimo Sayler, para descubrir, conquistar, pacificar y poblar dicho territorio. En la propia capitulación se especifica que podrían ir cualquiera de ellos u otros que designasen y que el elegido en cuestión ostentaría los cargos de gobernador, capitán general, adelantado y alguacil mayor de aquella gobernación.

Finalmente, el primer teniente de gobernador fue Ambrosio Alfinger, al que acompañaba su hermano Enrique, ambos naturales de Ulm, quienes zarparon desde Sanlúcar de Barrameda a principios de 1528. El 24 de febrero de ese mismo año, tras una breve escala en Santo Domingo, arribaron a la ciudad de Coro. Ambrosio Alfinger era un indiano experimentado, lo que se conocía ya en su época como un baquiano, pues había vivido en Santo Domingo como factor de los Welser. Tan solo seis meses después de su llegada abandonó la capital con ciento ochenta efectivos, adentrándose en el interior de la gobernación. Trataba de encontrar un paso hacia el llamado Mar del Sur –el océano Pacífico- que él ubicaba al lado oeste del lago Maracaibo. Dado que fue rechazado por las acometidas indígenas, regresó hacia la costa fundando la ciudad de Maracaibo, en la orilla del lago del mismo nombre. Tras perder setenta compañeros, regresó a Coro donde se encontró que tras su larga ausencia de diez meses lo habían dado por fallecido y habían nombrado a un gobernador interino. Dada su maltrecha salud decidió viajar a recuperarse a Santo Domingo, regresando pocos meses después con la energía suficiente como para organizar una segunda expedición. De nuevo abandonó la capital de su gobernación en una nueva aventura aciaga de más de dos años en la que alcanzó el valle de Pacabueyes. En ella perdieron la vida buena parte de los expedicionarios, incluido el propio Alfinger que recibió un flechazo en la garganta, falleciendo cuatro días después, exactamente el 31 de mayo de 1533.

A Alfinger le salió todo mal desde el principio, debido a su falta de previsión: primero, desconocía la tierra y su clima. Segundo, no contó con intérpretes por lo que siempre padecieron un grave problema de incomunicación con los naturales que les impidió alcanzar posibles pactos. Y tercero, no previó la forma en que iba a alimentar a su hueste, pues, de hecho, no llevaba un rebaño de cerdos como hacían ya por esas fechas otros expedicionarios españoles. Además, se encontró con unas poblaciones que no eran excedentarias y que para colmo abandonaban sus pueblos antes de que llegasen los extranjeros, quemando o llevándose consigo los pocos alimentos que poseían. Y es que, según declararon algunos naturales capturados, pensaban que eran de los cristianos de Santa Marta que ya habían hecho incursiones y robado, matado y llevado (a) algunos de ellos. Todo ello provocó que todas estas expediciones padeciesen hambrunas crónicas. Empezaban comiéndose a los caballos menos útiles y terminaban ingiriendo todo lo que pillaban: palmitos amargos, hierbas, hojas, caracoles, iguanas y raíces. Demasiada sangre derramada, para tan escaso botín, pues los supervivientes apenas se pudieron repartir un pírrico botín de 16.000 pesos de oro. Por cierto, que el cabildo de Coro, aprovechó el deceso del gobernador para deponer a Bartolomé Sayler, el teniente que aquél había dejado en Coro. El propio cabildo asumió la gobernación interina, confiando en que nunca más se designase a un gobernador alemán.    

Pero se equivocaron; en 1533 fue designado para el cargo al bávaro Jorge Espira quien, al igual que su antecesor, apenas permaneció en la capital, soñando siempre con encontrar el Dorado. Se presentó en Coro al año siguiente, abandonado poco después la ciudad para iniciar una nueva aventura. Recorrió las llanuras al este de los Andes colombianos, pasando por tierras agrestes, zonas selváticas, siendo continuamente hostigado por los naturales. En el pueblo de Mazopides fueron sorprendidos por sus oponentes, aunque con una eficacia tan escasa que no se produjeron bajas. Sin embargo, la respuesta del germano fue absolutamente desproporcionada, pues incendió el poblado, pereciendo buena parte de sus moradores, entre ellos mujeres, ancianos y niños. Según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, al día siguiente era tanto el hedor de los muertos que no quiso parar allí. Pasado un tiempo, los naturales del pueblo de Chogues, asesinaron a un español, el capitán Esteban Martín, y en respuesta Espira ordenó arrasar el poblado, aprovechando la ocasión para robarles el poco maíz que tenían. Pese a la victoria, los alimentos se les terminaron pronto y no tardó en reaparecer el hambre y el desánimo entre sus hombres. Por ello, con el beneplácito de casi toda su hueste, decidió regresar a la capital de la gobernación. Corría el año de 1538; habían estado cuatro años de dura travesía por lo que llegaron exhaustos, famélicos, pobres y fracasados. Dos años después Jorge Espira fallecía en la capital de su gobernación. 

Nicolás Federmann, es el tercero de los grandes aventureros alemanes de Venezuela. Nacido también en Ulm, en torno a 1510, exploró el curso de Orinoco y las estribaciones andinas entre 1530 y 1531. El mismo nos dejó un relato muy detallado de su propia jornada, su Viaje a las Indias del Mar Océano. Sus gestiones ante la Corte dieron como resultado, su nombramiento, el 5 de octubre de 1535, como gobernador de Venezuela y Cabo de la Vela. Sin embargo, tuvo la mala fortuna que antes de zarpar llegaron informaciones contra él y fue inmediatamente destituido, Aun así decidió marchar hasta Coro, consiguiendo que Jorge Espira, autorizase su expedición. Exploró los Llanos venezolanos durante tres años, llegando a la meseta de Bogotá donde se encontró con Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar. De nuevo, su viaje constituyó una gesta titánica, aunque acabó con la muerte de una parte considerable de la hueste y con unos magros resultados económicos.

Y, por último, Felipe de Hutten -Philipp von Utten- fue el cuarto de los grandes expedicionarios nórdicos que se adentró en el interior de la gobernación en busca de la tierra de promisión. Fue uno de los supervivientes de la gran jornada de 1534 lo que le valió su nombramiento como gobernador en 1541. Al igual que sus antecesores no tardó en abandonar la comodidad de su sillón gubernamental para marchar tierra adentro. En esta ocasión el objetivo explícito era la localización de una vez por todas del Dorado. En agosto de 1541 abandonó la capital de la gobernación con ciento treinta soldados, encabezados por el experimentado Juan de Limpias. Siguió las rutas que había recorrido ya en 1534 junto a Jorge Espira. Los naturales estaban ya totalmente resabiados y mostraron una gran hostilidad, especialmente por parte de los omaguas, que lanzaron sobre ellos a quince mil efectivos. Tras ser traicionado por su capitán Juan de Limpias regresó a Coro, donde el nuevo gobernador le acusó de cometer abusos contra los naturales y contra sus propios hombres. Poco después, tras un juicio sumarísimo, fue ahorcado; corría el año de 1546. La expedición de Hutten había sido un nuevo fiasco, aunque eso sí, los supervivientes narraron que los nativos de la tierra usaban adornos áureos, extraído de los placeres auríferos de los ríos de la vertiente occidental de los Andes. Ello mantuvo vivo el mito del dorado hasta avanzado el siglo XVIII.

Poco después, informado el Consejo de Indias de los desmanes, errores y horrores cometidos por los germanos, anuló la concesión hecha a los Welser, acabando con su presencia en Sudamérica. Desde entonces las relaciones de estos banqueros alemanes con la monarquía se deterioraron, debido a los impagos provocados por la bancarrota del imperio que terminaron afectando gravemente a la solvencia de los prestamistas.

El balance de la gobernación de los Welser en Venezuela no pudo ser más desalentador, a saber: primero, un millar de europeos fallecidos, incluidos los tenientes de gobernadores, con la excepción de Federmann que murió en España. Segundo, el mundo indígena quedó asolado, muriendo unos en enfrentamientos bélicos y otros por hambrunas y enfermedades. Y tercero, económicamente fue un desastre pues no hubo botines de consideración. Tampoco la Corona salió beneficiada pues no solo fue escaso el oro obtenido, sino que los alemanes se encargaron de ocultar todo el metal que pudieron, defraudando al fisco.

PARA SABER MÁS

BAYLE, Constantino: El Dorado fantasma. Madrid, Consejo de la Hispanidad, 1943.

CARANDE, Ramón: Carlos V y sus banqueros, T. II. Barcelona, Editorial Crítica, 1990.

FRIEDE, Juan: Los Welser en la conquista de Venezuela. Madrid-Caracas, Ediciones Edime, 1961.

GÓNGORA, Mario: Los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Fisonomía histórico-social de un tipo de conquista. Santiago de Chile, Universidad, 1961.

LIVI BACCI, Massimo: El Dorado en el Pantano. Oro, esclavos y almas entre los Andes y la Amazonía. Madrid, Marcial Pons, 2012.

MIRA CABALLOS, Esteban: “La trágica aventura de los Welser en Venezuela”, La Aventura de la Historia, n. 226, 2017, pp. 36-41.

RAMOS PÉREZ, Demetrio: La fundación de Venezuela: Ampiés y Coro, una singularidad histórica. Valladolid, Casa-Museo de Colón, 1978.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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